Opinión

¿Por quién suenan las campanas de Salcedo?

Las fotos de los 70, las cajas blancas de los 80, el paisaje de acero de los 90, sus últimas iglesias-objeto, una mirada a la obra del gran Bernardo Salcedo

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noviembre 09, 2019
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¿Por quién suenan las campanas de Salcedo?
Bernardo Salcedo, el maestro creador de ficciones que oscilan entre lo lúdico y lo irónico

Cuando Bernardo Salcedo era niño, jugaba sólo haciendo maquetas que después eran las escenografías de sus historias imaginarias. En el ejercicio solitario de la creación, Salcedo se instaló para siempre creando ficciones en sus objetos artísticos que, oscilan entre lo lúdico y lo irónico.

Este creador de objetos, en la década de los setenta, construyó parábolas con unas fotos que encontró en un mercado de pulgas en Praga.  A las fotografías sepias, les sobre impuso un objeto, a manera de acotación. A la imagen de una señora, por ejemplo, le añadió un pequeño cepillo de una vieja aspiradora y la enmarcó. Y como el elemento doméstico le tapa la cara, el objeto se convierte así en un antiretrato. O, podría entenderse como un retrato conceptual, donde el ser humano está atrapado en la cualidad de lo limpio.

 

Después en los años ochenta vinieron cajas blancas que armó con pedazos de muñecas. A la manera de Francis Bacon, Salcedo ahoga la referencia humana dentro de la obra. Para esta serie utilizó fragmentos de muñecas plástico – que se asemejan a pedazos descuartizados de bebes- para encajonarlos en una armadura geométrica de madera.

En la década de los noventa, Bernardo Salcedo entró al tema del paisaje.  Realizó mares de acero cuyas pacíficas olas salen de los bordes de un serrucho; unas flores hechas con las cerraduras viejas de casas demolidas donde la entrada o salida de una puerta, pierde su identidad, para convertirse en entes aislados o, ha creado árboles en hierro que son metapaisajes geométricos.

 

"Alameda". en Alameda el Porvenir, Bogotá

Por eso en su trabajo, la única premisa posible es la sospecha. Porque sus obras son producto de un complot de entes subversivos entre los que se están el espíritu de los poetas malditos, el alma gris de Baudelare y la poesía inconsolable de Fernando Pessoa. A esos imaginarios solitarios, los reúnió Bernardo Salcedo.

Construyó iglesias-objetos que pueden ser observados desde diversos puntos de vista: una evocación a la arquitectura católica o construcciones abstractas que siguen el caos de una geometría personal.  Me gusta ver esta obra desde la geometría abstracta. Como si fueran estructuras imaginarias que atraviesan trayectos que pueden ir desde el bizantino romántico al gótico utópico.

Cada fachada me recuerda la obra de la escultora rusa-norteamericana Louise Nevelson quien en su obra buscaba con su geometría, la cercanía de lo sagrado. Pero Bernardo Salcedo buscó lo contrario: la fuerza humana que nace desde la ironía más incrédula.

Salcedo compartió su creación con pedazo de un retablo del siglo XIX y con listones de marcos del siglo XX.  En el ensamblaje de las partes, como Edgar Negret, dejó a la vista el tornillo como elemento. El de Negret que funciona como una connotación industrial. En el trabajo de Salcedo, funciona como reacción ante el miedo al anacronismo. Pero siéndolo y los instrumentos de la carpintería, funcionan como elemento arquitectónico.

 

Por otro lado, a las esculturas aparece del negro como franja de color y como un elemento que puede ser también, una severa sombra irreverente.  El negro es funcional, contrasta tonalidades y posibilita texturas.

Algunas fachadas dejan en evidencia la reconstrucción. Aparece el síndrome de la decadencia en unas columnas sin apoyo o, la presencia plana del color aluminio a manera de retoque, resulta dando la sensación de plástico moderno.

Las iglesias, dejan en el aire la idea de lo inconcluso. Condición que nos presenta una doble lectura de lo que puede ser decorativo interrumpido o el adorno mutilado. En cualquiera de los dos casos, el ornamento funciona como complemento directo, al atributo de la carencia.

La simetría en desorden que nos deja la presencia de religiones. Que hoy conocemos de cerca y con quienes compartimos paraísos. Esos territorios conquistados por el hombre que lleva a cuestas la necesidad de una fuerza superior que lo acompañe ante la adversidad y el miedo. O la representación, como la vió Ricardo Reis, cuando anotó que la “Religión era una metafísica recreativa”.

Pero estas iglesias son construcciones, son territorios prohibidos. El objeto construido no tiene entrada porque el hermetismo sin credo, dejó por fuera a los hombres.

 

 

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