¿Por qué se sigue matando la gente en Colombia?

El historiador Jorge Orlando Melo se va muy atrás para responder esta pregunta y encuentra claves en las que avanza en esta conversación con Juan Manuel Ospina

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noviembre 04, 2021
¿Por qué se sigue matando la gente en Colombia?

De Jorge Orlando Melo no se puede decir que sea un experto en historia política, o en historia económica o en historia de la ocupación del territorio o la colonia. Él, con una capacidad de síntesis y análisis que ayudó al renacer de la historiografía colombiana, acaba de publicar el libro Las razones de la guerra después del éxito editorial de la Historia mínima de Colombia en el que hace un esfuerzo de síntesis desde la prehistoria hasta el proceso de paz con las Farc.

Tanto en este libro, como en el último, la obsesión de Melo es intentar explicar el porqué de esa violencia que pone muertos y más muertos cada día por múltiples razones que termina siendo justificados con frases banales hasta como que “se la buscó”. En esta conversación con Juan Manuel Ospina explica su tesis.

Juan Manuel Ospina: La guerra en Colombia está en el corazón de nuestra realidad y hay unos estereotipos con los que nos hemos acercado para entenderla, pero es mucho más compleja. Usted ha abordado de varias formas este tema tan espinoso.

Jorge Orlando Melo: En mi libro anterior, Historia mínima de Colombia, yo digo que el único problema que tiene Colombia sin resolver realmente es la violencia, y ahora escribí un nuevo libro que se llama Las razones de la guerra que trata de buscar esas razones por las cuales Colombia mantiene unos niveles de violencia tan altos a pesar de que hay elementos que podríamos llamar “optimistas” como, por ejemplo, que en el año 2016 se haya firmado un convenio de paz que termina de alguna manera la guerra con las Farc, la guerrilla más fuerte, aunque todavía existan otras guerrillas u otras fuentes de violencia.

J.M.O.: Pero uno podría pensar a la luz de la experiencia que no hay una sola causa de la guerra en Colombia. Hay razones que se encuentran, confunden y refuerzan las motivaciones de la violencia.

J.O.M.: En Colombia hay muchos factores que producen violencia, pero en ciertos momentos son más eficientes y duros. Precisamente, una de las razones por las cuales la violencia se hizo tan fuerte en los últimos sesenta años fue porque aparecieron dos explicaciones simples pero de fondo. Por una parte, el gobierno se convenció de que la violencia en Colombia era el resultado de una conspiración internacional comunista que tocaba frenar de cualquier manera: con violencia, con actos ilegales, todo para acabar con la guerrilla, pero terminó provocando su multiplicación. Y por otro lado, la guerrilla, en la misma situación y en el mismo periodo, elaboró una interpretación en la cual llegaba a la conclusión que toda violencia colombiana era el resultado de la opresión del sistema sobre el pueblo, de tal manera que se vio obligado a responder a esa opresión de forma violenta mediante el uso de la lucha armada para tomarse el poder y establecer una sociedad justa.

Estos dos simples argumentos nos enfrentaron a sesenta años de esfuerzos ilusos para usar la violencia con un objetivo firme. El país quiso usar la violencia, no se le impuso, no hubo una causa externa. Los dirigentes de la guerrilla dijeron que querían usar la violencia porque ese era el camino para tomarse el poder y los dirigentes del Estado llegaron a la conclusión que había que enfrentarse con toda la fuerza a la guerrilla para acabar con la conspiración internacional que quería acabar con la sociedad colombiana.

Por supuesto, esto funcionó porque había otras causas que podemos llamar estructurales como la injusticia social, formas de la propiedad, de tradición, del abandono del estado que es incapaz de ofrecer justicia o es incapaz de manera el tema de la tierra. Pero, además, están las causas coyunturales. Una muy grave para Colombia fue el narcotráfico. La Colombia de los años 70 está marcada por los grupos y carteles que se aliaron con sectores rurales para luchar contra la guerrilla y fue cuando fundaron el MAS (Muerte A Secuestradores) y después los paramilitares que tuvieron la ayuda de los funcionarios del Estado mismo. Así que esos niveles, estructural y coyuntural, generaron argumentos que justifican la violencia como esas frases que dicen: “eso se lo tenía merecido” o “si le pasó eso, por algo será”. Se formó la idea de que matar comunistas no era tan grave y matar oligarcas no era tan grave.

J.M.O.: Entonces, no es que una violencia haya secuestrado la realidad colombiana, sino que se aprendió a vivir con unas dinámicas de violencia y esta tiene gran capacidad de autorreproducirse. Eso nos ayuda a entender ese factor de continuidad y en las negociaciones de La Habana se resolvió un componente de la violencia y la guerra, pero se dejaron otros sin resolver y hoy se mueven y recrean nuevos escenarios de guerra.

J.O.M.: Hay dos narrativas que justifican la violencia como lo acabo de explicar, pero yo sí alcanzo a pensar que hay algo nuevo en el convenio de La Habana. Mire, en el convenio del 91, la constituyente, varias guerrillas firmaron la paz: el M-19, el Quintín Lame o el EPL. Pero las Farc un año después se reunieron y dijeron que las condiciones del país eran favorables para la toma del poder a través de las armas porque las elecciones constituyentes habían mostrado un fracaso de los partidos tradicionales. Creyeron tener el apoyo popular, entonces la guerra siguió porque se tuvo la ilusión. Lo acordado en La Habana es, precisamente, porque se borraron las ilusiones de los últimos años de querer acabar al otro totalmente. Por un lado el gobierno perdió en parte la ilusión de acabar con la guerrilla a punta de represión, y las Farc llegó a la conclusión que todos estos 60 años de esfuerzo habían sido una ilusión sin base.

Recuerdo que cuando estudiaba en la universidad en los años 60 y 70 muchos estudiantes decían “yo me quiero ir para la guerrilla porque es la única lucha posible para lograr justicia”. Yo francamente creo que es muy difícil que uno encuentre hoy en Colombia una persona en las ciudades que diga yo me voy para la guerrilla porque es la manera de lograr justicia social. Ya nadie cree en eso. El acuerdo de La Habana sí cerró esas justificaciones. Queda, por supuesto, el viejo esquema de la sociedad occidental de que el Estado tiene el derecho a ejercer el monopolio de la violencia, pero yo creo que ya es claro que en Colombia la violencia no se ve como una solución sino como una mala respuesta. Puede que haya que acudir a ella en algún momento, pero no se va a producir nada.

J.M.O: Con los acuerdos de La Habana la violencia quedó sin su motivación política, y lo que ahora queda es una violencia basada en un elemento delincuencial que se fue integrando a la lucha política. Pero queda la gran pregunta: ¿el ELN tiene una motivación económica, sigue soñando con una realidad inexistente o bajo la excusa política busca otros objetivos? Es que ha sido imposible negociar con esa guerrilla.

J.O.M.: Muchos dirigentes del ELN siguen pensando que se puede tomar el poder para hacer la revolución, pero la mayoría de sus integrantes ya no creen en eso, están metidos en la lógica de generar poder en determinados lugares. En general el problema del ELN es que no hay una resonancia política de lo que está haciendo. Puede que ellos pongan una bomba y la respuesta va a ser unánime: “Estos locos qué están haciendo”. El problema es que para los dirigentes tradicionales del ELN es muy difícil pensar estos problemas colombianos en su vieja doctrina que en tres o cuatro años entrará en conflicto con los nuevos dirigentes que están pensando en otra cosa. Al ELN le pasará algo que ya le pasó a las Farc y es que sus viejos dirigentes solo lucharán diez años más.

J.M.O.: ¿Se pueden encontrar elementos comunes de esta guerra con las expresiones de violencia de nuestra historia? ¿Hay una línea de continuidad o son elementos invariantes que se expresan en nuevas violencias?

J.O.M.: Esta última violencia se apoya en relatos que vienen de la historia antigua. Parte de eso trato de explicarlo en mi libro, precisamente, cómo en Colombia el nivel de debate fue muy alto y se justificó tanto la violencia. Y no es que se hayan mantenido las mismas causas porque los españoles durante la colonia a los indígenas los mataron de formas muy fuertes: los empalaban, hacían que los perros se comieran a los indígenas homosexuales. Y durante la Nueva Granada esos debates fueron importantes sobre si se justificaba o no usar la violencia contra los indígenas. Se llegó a la conclusión de que sí pero en condiciones especiales, por ejemplo, cuando eran rebeldes, cometían pecados o no se comportaban bien. Se creó una argumentación que justificó la violencia contra un sector popular del pueblo, ignorante y atrasado. Todo esto se montó sobre algo injusto porque la regla básica de convivencia era aceptar el poder de los españoles que lo habían tomado por la fuerza, pues esto nunca se organizó dentro de una convicción real de que uno podía vivir sin violencia.

Y la independencia también nos creó un argumento similar. Los criollos llegaron a la conclusión que tenían derecho a rebelarse contra un rey tiránico. Así, los dirigentes de ambos partidos tomaron ese derecho de levantarse contra la tiranía como algo fundamental para el pensamiento del siglo XIX. Los conservadores pensaban que si el partido liberal iba a violar el derecho fundamental de los conservadores, por ejemplo, estableciendo una educación laica y contraria a la religión, entonces decían que había derecho de hacer la guerra contra esos dirigentes. Hicieron la guerra civil con el apoyo del clero y de todo el mundo. Los liberales decían lo mismo, cuando sentían que el estado conservador trataba de imponer unas reglas un poco violentas mediante el fraude electoral entonces decían, “tenemos derecho de levantarnos contra el tirano”.

Yo creo que aunque la situación era totalmente diferente, los motivos eran diferentes, siempre hubo una tradición para poder hacer la guerra, cuando el otro se sale de ciertas reglas y eso se hizo en el siglo XIX y se volvió a hacer en el siglo XX.

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