No toda frustración es un daño. Si resolvemos cada dificultad por nuestros hijos, quizá también les estamos quitando la oportunidad de descubrir de qué son capaces

 - ¿Por qué queremos evitarles a nuestros hijos toda frustración?
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Desde hace un tiempo mi hija y yo hemos tenido que estar separadas. Ella ha comenzado a enfrentarse sola a algunos de los problemas de la vida adulta y yo estoy aprendiendo una de las cosas más difíciles de la maternidad: escucharla cuando algo le cuesta sin correr inmediatamente a solucionárselo.

No siempre lo consigo. Hay problemas que podría ayudarle a resolver en una llamada, decisiones que podría facilitarle y situaciones en las que mi primer impulso sigue siendo el mismo de cuando era niña: déjame hacerlo por ti. Es un impulso que nace del amor y que, precisamente por eso, resulta difícil cuestionar. Pero he empezado a comprender que cuando resuelvo cada dificultad por ella no solamente le quito un problema del camino; también puedo estar quitándole la oportunidad de descubrir que tiene las habilidades para encontrar su propio camino.

Quizás por eso, cuando leo como profesora los resultados de las pruebas PISA, no puedo evitar pensar en mi propia dificultad para aprender a no intervenir. Lo que esas pruebas intentan mirar no es solamente cuánto saben nuestros estudiantes, sino qué son capaces de hacer con lo que saben cuando se enfrentan a algo que no les resulta evidente: comprender una situación, relacionar información, interpretar, formular una respuesta, resolver un problema, aplicar lo aprendido a un contexto diferente. PISA pone el foco, justamente, en aquello que ocurre después de que dejamos de darles la respuesta.

La pregunta que me resulta cada vez más difícil de ignorar es cómo esperamos que nuestros hijos desarrollen esas capacidades si, al mismo tiempo, estamos construyendo a su alrededor una vida en la que los adultos intervenimos cada vez que algo se vuelve difícil.

Resolver un problema complejo exige permanecer en él. Hay que probar, equivocarse, descubrir que una estrategia no funciona, tolerar por un momento la sensación de no saber y volver a intentarlo. No es un proceso cómodo. En esa incomodidad se ejercitan la perseverancia, la flexibilidad, la capacidad de aprender del error y la confianza que surge cuando finalmente encontramos una solución que no nos fue dada, sino que conseguimos construir.

Tal vez hemos olvidado algo esencial: la frustración también se entrena. No hablo de someter a los niños a sufrimientos innecesarios ni de recuperar una educación basada en el miedo, el castigo o la humillación. Hablo de algo mucho más cotidiano: dejar que una tarea cueste, permitir que una respuesta equivocada permanezca el tiempo suficiente para descubrir qué falló, qué debe ajustarse o qué otro camino puede intentarse. Aceptar que un hijo puede perder, equivocarse, recibir una corrección o no conseguir lo que quería sin que eso signifique que alguien le ha hecho daño también es una forma de educar.

Una cosa es proteger a un niño de la violencia, del abuso o de la arbitrariedad. Otra, muy distinta, es intentar protegerlo de toda experiencia que pueda resultarle incómoda. Hay una diferencia fundamental entre evitar un daño y evitar una dificultad: mientras lo primero es una responsabilidad de los adultos, lo segundo puede terminar privándolo de la oportunidad de aprender a resolver, decidir, insistir y encontrar alternativas por sí mismo. Si cada frustración encuentra rápidamente a un adulto dispuesto a intervenir, ¿cómo aprende un niño que también puede atravesarla, equivocarse, cambiar de estrategia y encontrar una solución?

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Quizá ahí comienza una de las contradicciones de nuestra época. Queremos niños y niñas resilientes, pero muchas veces intervenimos antes de que tengan la oportunidad de descubrir que pueden superar una dificultad. Queremos adultos autónomos, pero resolvemos por ellos problemas que justamente podrían enseñarles a serlo. Queremos personas capaces de trabajar en equipo, negociar, escuchar otras perspectivas y aceptar una crítica, pero nos cuesta permitir que nuestros hijos atraviesen los conflictos cotidianos en los que esas habilidades se aprenden. Les exigimos capacidades que solo pueden desarrollarse cuando se ponen a prueba, mientras intentamos evitarles precisamente las experiencias que podrían ayudarlos a construirlas.

Como padres, no actuamos así necesariamente por negligencia. Muchas veces hacemos justamente lo contrario: intervenimos porque amamos a nuestros hijos, porque conocemos el dolor de equivocarnos y queremos evitarles ese sufrimiento. El problema aparece cuando, en nuestro deseo de protegerlos, terminamos resolviendo por ellos aquello que necesitan aprender a resolver por sí mismos. Si cada dificultad encuentra una solución en manos de un adulto, ¿cómo podrán descubrir de qué son capaces?

Un niño que tiene un conflicto con otro necesita, en algún momento, aprender a hablar con él y buscar una solución. Un estudiante que recibe una mala calificación necesita tener la oportunidad de preguntarse qué ocurrió, qué pudo hacer de otra manera y, si es necesario, conversar con su profesor antes de que un adulto intervenga por él. Quien incumple una regla necesita comprender que sus decisiones tienen consecuencias. Y cuando un hijo cuenta una versión incompleta de lo ocurrido para evitar una consecuencia, también necesita adultos dispuestos a escuchar, preguntar y comprender antes de tomar partido. No se trata de desconfiar de nuestros hijos, sino de confiar lo suficiente en ellos como para permitirles asumir aquello que les corresponde.

A veces, acompañar significa estar ahí sin intervenir. Significa escuchar sin solucionar y poder decir: entiendo que esto te duela, pero creo que puedes resolverlo. También significa soportar como padres una incomodidad que no es nuestra, porque sabemos que, si la eliminamos inmediatamente, podemos estar eliminando también la posibilidad de que nuestros hijos descubran de qué son capaces.

Los colegios enfrentan diariamente esa misma tensión. Los profesores tienen que enseñar, explicar, acompañar y crear las condiciones para que los estudiantes puedan aprender, pero también necesitan poder exigir. Señalar un error, pedir que se vuelva a intentar, poner un límite o establecer una consecuencia no significa ejercer una autoridad incuestionable. Significa reconocer que aprender implica encontrarse con algo que todavía no sabemos hacer y permanecer allí el tiempo suficiente para comprenderlo, equivocarnos, corregir y volver a intentarlo. La exigencia, cuando está acompañada de orientación y respeto, también es una forma de enseñar.

Esto se vuelve todavía más complejo en una época en la que la inteligencia artificial puede ofrecernos una respuesta antes de que hayamos terminado de formular la pregunta. Podemos pedirle que explique, resuelva, escriba, organice, corrija y proponga. Puede hacerlo extremadamente bien. El desafío educativo no consiste entonces en prohibir estas herramientas, sino en saber cuándo ayudan a aprender y cuándo nos permiten evitar el esfuerzo que hacía falta para aprender.

No es lo mismo recibir una pista que recibir la solución. No es lo mismo utilizar una herramienta para comprender que utilizarla para no pensar. No es lo mismo tener un apoyo mientras resolvemos un problema que entregar el problema para que alguien, o algo, lo resuelva por nosotros.

Quizá por eso los resultados de PISA deberían llevarnos a una pregunta que va más allá de las aulas: ¿qué oportunidades estamos dando a nuestros hijos para desarrollar las capacidades que después les exigimos? Si queremos que puedan resolver problemas complejos, pensar críticamente, perseverar, trabajar con otros y ser resilientes, tendrán que haber tenido la oportunidad de equivocarse, frustrarse, cambiar de estrategia, recibir una corrección y volver a intentarlo.

Como madre, estoy aprendiendo que no siempre ayudar significa resolver. Como profesora, cada vez estoy más convencida de que enseñar tampoco significa eliminar todas las dificultades del camino. Hay un momento en el que acompañar consiste precisamente en dar un paso atrás.

Quizá uno de los actos más difíciles del amor sea ese: estar cerca sin hacer por el otro lo que puede aprender a hacer por sí mismo. Detrás de una dificultad atravesada hay algo que no podemos regalarles, por mucho que los amemos: la satisfacción de descubrir que son capaces de encontrar sus propios caminos y soluciones frente a problemas que, al principio, parecían demasiado difíciles.

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