Política colombiana: Sociedad aporética

Por: Juan Pablo Valderrama Pino
mayo 26, 2014
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2Orillas.
Política colombiana: Sociedad aporética

Con la poca autoridad que tengo sobre el tema de la política procedo a opinar como un ciego que le describe un paisaje a unos cuantos sordos. Por culpa del ambiente revuelto a causa de las elecciones presidenciales del 25 de mayo de este año 2014 siento la necesidad de decir algo sobre esta «vaina» que muchos insisten en llamar política, y sobre todo, de manera más absurda, política colombiana, como si algo así existiera y mereciera el título que le atribuyen.

Aquí, en Colombia, la política solamente funciona renunciando a su esencia, es decir, siendo todo lo contrario a lo que se supone que debe ser. La existencia de la política sólo es posible en forma de no-política. ¿Por qué? ¿De dónde he sacado esta idea tan descabellada? Analicemos un poco el panorama.

Tenemos una magnífica y honorable Constitución que funciona, en el mayor de los casos, para ser acomodada a los intereses particulares, principalmente y de forma más efectiva, por los políticos y abogados de alto nivel. Vivimos en un país donde la verdadera oposición (no la de Uribe versus Santos) no tiene derecho a gobernar, donde debe ser oprimida con el desprestigio y el derramamiento de sangre, donde los grupos armados al margen de la ley terminan influenciando la dinámica política, donde el Estado persigue, asesina, y en el mejor de los casos, obliga al exilio, a los intelectuales que por diferentes motivos se llenan de algún tipo de valentía para decir unas cuantas verdades.

En cuestión de ejemplos ya existen muchos expertos que podrán precisar qué tan podrida está la política colombiana: recordemos por un momento a algunos personajes que han llegado a ser figuras inmortalizadas por la injusticia que cayó sobre ellos en forma de asesinato: Jorge Eliécer Gaitán, Luis Carlos Galán, Jaime Garzón. Esto por mencionar los más conocidos (como trazando una línea histórica), sin olvidar que hay miles de colombianos, algunos de los cuales no recuerdo el nombre y otros que simplemente no conozco, pero si queremos hablar de materia de terrorismo de Estado y conflicto armado auspiciado por las guerrillas, grupos esencialmente paramilitares y, por supuesto, el honorable Ejército Nacional, nuestros hermanos campesinos viven inmersos en dicho infierno, en una zona de indiferencia pura, nadando entre balas y agresiones por parte de todo aquel que porte un arma, sin importar el uniforme.

Al decir que la política en Colombia funciona en forma de no-política queda expuesta la aporía que brota del centro de esta palabra tan malinterpretada como mal aplicada. La masa llamada colombianos cree profundamente que son ciudadanos con derechos, que son «libres», que realmente en épocas de elección alguien puede ser representante del «cambio» (esto, es decir, el cambio, debe realizarse en cada uno de nosotros; cada uno de nosotros debemos ser verdaderos representantes del cambio y no un político en campaña). En fin, el colombiano se alimenta de ilusiones, cree en ellas, las defiende y está dispuesto a dar su vida por ellas, empezando por el ideal patriótico representado por una selección de fútbol que no sirve para más nada que entretener el morbo de cuánto psicópata social prefiere hundirse en un olvido profundo para masturbar sus ojos con el movimiento del balón. En este país las ilusiones son la realidad más aplastante que limita las mentes de todos los que somos, no sé si por desgracia, ciudadanos. Intentar ver más allá de la ilusión, no para gozar de lo que hay detrás, sino para opinar en contra, es sinónimo de profundo sufrimiento, y si no me creen, que hablen los que hoy pueden testificar, es decir, los desterrados.

Y esto que he dicho es más redundante y viejo que mis años de vida multiplicados por 10.

Todos saben perfectamente quiénes son los corruptos, paracos, narcos, y muchos más criminales que terminan en «os» y a nadie le importa, con tal de que el delincuente entregue dinero para contentar algunas necesidades superficiales todo está bien. Ahí está el que construyó un barrio y regalaba unos cuantos pesitos, que a pesar de las muchas muertes que provocó, y a pesar de que reclutó una cantidad sorprendente de menores de edad para que sirvieran de sicarios (así como los demás narcos), no importa, algunos tienen el descaro enfermizo de decir: ojalá siguiera con vida, alguien así no podía ser tan malo. Y no nos vayamos tan lejos, con tal de que «el innombrable» haga lo mismo que el personaje anterior (sobornar y engañar), todo está bien y, nuevamente repito la palabra enfermizo, pero esta vez para enfatizar que, a pesar de los gravísimos pecados del innombrable, éste se mantiene santo y conserva su esencia mesiánica para sus ovejas, quienes, sumergidas en el cinismo, defienden histéricamente a su fiel pastor. Pero, daré un ejemplo más cercano aún, aquí en mi tierra caliente, en Cartagena, ¿a quién le importa que el candidato a la alcaldía sea medianamente bueno? Lo único que le interesa a la mayoría de la ciudadanía es que éste personaje reparta dineros a los líderes comunales, que prometa puestos en las diferentes secretarias distritales (y quién sabe cuántas cosas más harán para conseguir esos voticos). No sé con qué «hijuemadre» cara reclaman después por la cantidad de problemas que nos aqueja a los cartageneros, y agrandando el asunto, no sé de qué nos quejamos los colombianos, si lentamente vamos permitiendo todo, ya sea que en muchos casos las cosas se den por presiones y amenazas (donde realmente no hay otra opción que dejarse joder); sin embargo, en otras ocasiones, la gente permite que se cometan injusticias tan sólo por sinvergüencería, y es a esta última situación a la cual recae la gran mayoría de mis ideas.

Todos somos, en últimas, corruptos, cínicos e hipócritas al pretender que alguien gobierne con pulcritud y transparencia, como si nosotros en nuestra vida diaria fuéramos realmente así. Basta caminar por el Camellón de los Mártires para sentir el hedor de nuestra maldad maquillado con perfume barato. Incluso los que piensan que son personas de bien, que no tienen manchas, incurren en facilismos anti-éticos, anti-constitucionales, más de alguno ha pagado a tramitadores para reducir sus impuestos o ha hecho un chanchullo para tener televisión de cable sin pagar, más de uno le ha dado de 20 mil a 50 mil (dependiendo del carro) al policía de tránsito para que no le ponga una multa o le inmovilice el automóvil.

Y si todos sabemos, o al menos tenemos idea, sobre quienes gobiernan a los políticos (pues si pensamos que aquí son ellos los que mandan, de hecho, ya empezamos a pensar muy mal), entonces, ¿por qué ahora se ha puesto de moda la absurda lucha contra la corrupción? ¿Por qué en un país donde todos mienten se busca eliminar la corrupción del Estado? Eso es como entrar a una cárcel y preguntarle a un grupo de sicarios drogadictos (sin olvidar, por supuesto, los casos más particulares e individuales ejemplos de un cambio sincero): ¿me prometen que no matarán, robarán ni se drogarán más nunca, que se portarán bien? Tal vez, lo único que debería pasar es que la corrupción deje de ser tan vulgar y encuentre maneras más elegantes de funcionar.

Nadie quiere aceptar que somos como un ganado mal administrado, pues, la esencia misma del poder político es la arbitrariedad, sin embargo, en este territorio (para no hablar de otros) la arbitrariedad está enfocada al beneficio de los miembros del Estado, y no, nosotros los del común no somos miembros del Estado, somos los animalitos que sustentamos la hacienda y a la familia del ganadero.

La política aquí funciona de la siguiente manera (y esto aplica para tantos países que sería absurdo hacer una lista): 1) hay que conseguir unos voticos para hacer ganar las elecciones a X candidato, ¿cómo conseguirlo? No me digan que no saben, si explico el procedimiento sería yo más estúpido que ustedes que ahora se harán de la vista gorda, nada más pensemos en todos los votos conseguidos por paracos y narcos para tales o cuales candidatos. 2) Algún atrevido denuncia hechos irregulares realizados por miembros de la elite estatal… luego lo amenazan, si es que no lo matan, u opta por irse con su familia del país. 3) Los funcionarios públicos de alto nivel han logrado el sueño de todo hombre flojo, ser un mantenido a costa del menor esfuerzo posible. 4) hay que mantener pobre a los pobres para sigan recibiendo con hambre y deseo las migajas de pan que los señores de la casa derraman de la mesa.

Adoro la teoría política, las ideas, las estructuras metafísicas, por eso estudié filosofía, para alejarme precisamente de la realidad y no maltratar mucho mi mente, para seguir creyendo que de algún modo es posible seguir soñando que, quién sabe cuándo, si es que es realmente posible, las cosas puedan cambiar, así sea un poco. Sin embargo, al mirar lo que sucede en realidad, confirmo más aún que las leyes son una payasada inevitable, que el derecho mismo es un artificio que domina tan sólo una parte del horizonte que podemos denominar aquí «realidad». Muchos inocentes creen que el derecho nos sacó del estado de naturaleza y nos llevó a la comunidad política, a la sociedad, a lo humano, a la justicia, y no ven que vivimos en un estado de naturaleza puramente virtual, ficticio, vivimos en la excepción de la ley, en la no-funcionalidad del aparato jurídico, en la degeneración del discurso, en el centro de un problema de distinción entre lo humano y lo animal, entre el ciudadano con derechos efectivamente satisfechos y aquel que aunque un papel diga que los posee, no logra ni siquiera saborear una gota de éstos.

«País de mierda», así se refirió a Colombia César Augusto Londoño tras la muerte de Jaime Garzón. «País de mierda» donde, como dijo este difunto personaje (a manera de paráfrasis), la gente se escandaliza (hasta el punto de solicitar la expulsión del vulgar) cuando alguien dice «hijo de puta» en la radio/televisión y no cuando ven niños y niñas pidiendo limosnas en los semáforos (y permítanme expandir la reflexión); prostituyéndose o siendo prostituidos, por ejemplo, en el Centro Histórico de Cartagena (como para dar un ejemplo de mi conocimiento); niños y niñas sufriendo maltrato familiar en barrios donde los políticos y los ciudadanos que se creen de alta sociedad no se atreven a entrar; la gente se escandaliza cuando alguien se baja los pantalones frente a un grupo de estudiantes en una universidad importante y no cuando, por ejemplo Cartagena otra vez, a quince minutos del maravilloso corralito de piedra existen lugares con índices de pobreza tan agudos, donde los niños sufren de desnutrición, viven en calzoncillos caminando a pie descalzo por calles sin pavimentar. Me da vergüenza y angustia existencial pensar que esta ciudad se haga llamar la heroica, y de manera más estúpida «la fantástica», recordando de manera muy ridícula un pasado del cual no nos hemos podido independizar, pues seguimos en la inmundicia y la porquería de esta sociedad.

«País de mierda»… donde no nos basta con jodernos los unos a los otros, sino que hemos arrojado a un infierno aún más insoportable a los seres vivos que nada entienden (porque de hecho no les interesa) de la política humana, es decir, esos que una y otra vez denominamos –como si cuya existencia no importara nada– animales.

«País de mierda», donde seguimos pensando que esta política defectuosa y anti-política es la solución de los problemas sociales, donde esperamos religiosamente las elecciones para ver qué payaso tendrá el descaro de decir que luchará contra la corrupción, que ejecutará un gobierno transparente y que de verdad, por fin, con él empezará el cambio. «País de mierda» donde nos da flojera hacer algo por el otro, porque nos importa más nuestro egoísmo y la satisfacción de nuestras necesidades personales, creyendo que «comunidad» es estar aglomerados en un territorio.

(Autor: Juan Pablo Valderrama Pino)

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