Opinión

No podemos dejar así

Por:
diciembre 15, 2014
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Los azarosos acontecimientos que protagonizó el señor General Alzate, componen una de esas cosas que no podemos dejar así. Por el bien de Colombia. Por la dignidad del Ejército. Por la claridad que nuestra vida política merece. Y por todo ello, que es mucho, no estamos dispuestos a dejar ir el novillo con la soga entre los cuernos.

La operación del supuesto rescate del General y sus acompañantes, una abogada experta en ingeniería hidráulica y generación de energía, y un buen señor cabo que llevaba, desarmado, por toda compañía y socorro, tuvo inmensos costos para la Nación.

Empecemos por los menos significativos. Los que se tasan en dinero. Centenares de horas de helicópteros y aviones, desplazamiento de tropas para buscar y luego para dejar de buscar, tiempo de oficiales, suboficiales y soldados, medios de comunicación, despeje de todo un sector del Hospital Militar, el tiempo de cinco personas redactando el imbécil comunicado que el General leyó como suyo, en fin, que un analista de costos tendría un buen rato de trabajo y nos sorprendería con una cifra asombrosa. Esto, además de ridículo, incomprensible e inverosímil, salió muy caro. Y precio tan alto no tenemos que pagar los colombianos en silencio.

Pero vienen los costos morales. El Ejército es la institución más apreciada, y con toda justicia, por los colombianos. Esta aventura del General Alzate, en bermudas, sin armas, sin medios de comunicación, sin escolta y sin sentido, golpea el corazón de la gente y nos hace aparecer ante el mundo como guardados por un ejército de insensatos y payasos. Lo que no es tolerable, en modo alguno.

Y rematamos con los costos políticos. El episodio le dio una ventaja inmensa a las Farc. Publicidad universal, mal ganada, pero ganada fama de ecuánimes y generosas, ocasión para lucirse con sus peores bandidos, Alape y Lozada como si de héroes se tratara, cuentas por cobrar en la famosa mesa, a cargo del país y su futuro, en fin, que el precio político del paseo del General fue inmenso.

Sumen a la cuenta las ganancias de Cuba y de los países garantes o facilitadores o como se llamen, posando de desvelados guardianes de nuestro sagrado derecho a la paz, posando impunemente para las cámaras de Telesur, la televisión comunista de América y mostrándose como salvadores de la última esperanza que los colombianos tenemos para vivir en paz. La presencia de un miembro del G2 cubano, la tenebrosa policía secreta de los Castro en el Chocó, en nuestro territorio y transportado con nuestro dinero, en nuestros aviones, valdría solo para calificar este estropicio como una gran vergüenza y un gigantesco peligro para Colombia.

Por todo ello, no descansaremos hasta que nos digan la verdad. El cuento compuesto por el Señor Ministro de Defensa, que definitivamente no sabe mentir y por eso lo hizo tan mal, y por el Alto Mando y por Juanpa, es de lo más idiota que nos hayan puesto a oír dentro de este melodrama de las conversaciones en La Habana.

Un General, en plena guerra, como la llaman ahora, abandonando sus tropas para darse un paseo por las turbias aguas del Río Atrato con una compañera de aventura y un cabo por todo testigo, no es una mentira. Es una monstruosidad.

El uso grotesco que el Gobierno le dio a esta patraña, nos pone en la pista de la verdad. La “madurez” del proceso de paz, su fortaleza, la dureza y valentía de nuestro Presidente, la grandeza de alma de Timochenko, son rendimientos enormes que pretenden obtener de este sainete. Y la impunidad con que dejan salir a Alzate de su estupidez, nos obligan a ver el enorme gato que está guardado en este costal. Si lo que dijo el General tuviera algo de verdad y se hubiera comportado de manera tan absurda como dijo que lo hizo, y como le creen que lo hizo, ya estaría, y desde hace rato, ante un Consejo de Guerra.

Los expertos se recrean sumando los delitos y contravenciones disciplinarias en que el General habría incurrido. Y por todo castigo, una baja con honor, silencio y olvido de parte de sus superiores y callada pero inocultable gratitud de Juanpa y sus corifeos de La Habana. ¡A otros perros con ese bulto de huesos!

Esto no se puede quedar así. Al General lo usaron, con lo que hablamos muy mal de quien lo hizo y peor del que se prestó a la farsa, y recibió órdenes que cumplió con aparente lealtad y evidente demostración de que nunca debió llevar  soles en su uniforme.

Tenemos derecho a la verdad. Exigimos la verdad. Que aparezca el que dio la orden y que todo esto no quede en el ridículo y la humillación del que en mala hora resolvió cumplirla.

 

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