Opinión

¡Pobres ventanas!

Son como huecos tatuados en las paredes del infinito. En el inconsciente de los suicidas

Por:
junio 20, 2019
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¡Pobres ventanas!
Alguien que cante la soledad de las ventanas; su intensa soledad de luz y agonía. De gasa y levedad.

Así son las ventanas. Un pedazo cuadrado o rectangular o redondo de emociones. De incitación perpetua a la profanación de los espacios. Una tonalidad indefinible del cielo.

No tienen colores. Pero saben a luz, huelen a tiempo. A incertidumbre.

Son como huecos tatuados en las paredes del infinito. En el inconsciente de los suicidas.  En el incierto vuelo de pájaros que extravían sus alas por los estropicios del medio día urbano.

Se parecen en sus formas a los retratos las ventanas. A esas impresiones que se quedan en la quietud del tiempo; entre sombras envejecidas y extensas soledades.

Pedazos de pavorosa frontera del vacío; de frágil puente entre la nada y lo que existe, son las ventanas. Inmenso, profundo, laberíntico adentro –afuera.

Líneas que no dividen nada, que lo limitan todo. Que todo lo disuelven en la caótica luz del infinito.

Uno va por las ventanas como se va por la misma calle de todos los días sin fijarse en ellas. Sin darse cuenta de su existencia más allá de los dintornos que las definen. De los trazos y colores que las distinguen entre tantas y otras ventanas; sin detenerse a acariciarlas, a susurrarles una canción; a imprecarles una maldición.

A pedirles cuenta por su mansedumbre de piadosas vírgenes antiguas.

Como si no los merecieran, nunca reciben besos las ventanas. Ellas, estación alborozada de los adioses, sufren el incesante duelo de los besos. La dolorosa resignación de los amantes.

A veces, se parecen a la muerte las ventanas. Tal vez en el olor de la madera; en su quietud horizontal; en las grietas que insinúan en la levedad de los muertos otros reinos, otros caminos. El tedio agónico de la eternidad, tal vez.

O la luz inmóvil de la gloria.

Siempre corteja la muerte a las ventanas con su tonada y su silbo de pájaro arcoíris.

Con un aire que convoca los párpados de luna de los que sueñan la muerte poblada de azucenas y lirios morados.

Dolorosa, larga hasta la nada, es la soledad de las ventanas; su martirio de señales sin retorno. De escupitajos y maldiciones que pudren el aire, que carcomen los ojos.

Hay ventanas como las quebradizas paredes que las llevan a cuestas, como las miradas que se anclan furtivamente en ellas para entrar y salir en otros cuerpos, otras miradas, otros adioses.  En la íntima, doliente congoja de otras vidas.

¡Pobres ventanas!

Siempre habrá una ventana que se abra, una ventana que se cierre.

Una larga ventana para mirar por última vez la tiniebla o la luz. Que transparente la lluvia y la detenga para siempre en el ocaso de una tarde de indefinible aire.

Y alguien, que cante la soledad de las ventanas; su intensa soledad de luz y agonía. De gasa y levedad.

Que diga de su extraña pesadumbre labrada en la memoria de los muertos. En los párpados azules de luna de los muertos. En los labios resecos de los ahorcados que cuelgan de las ventanas con nudos corredizos en el cuello.

 

Alguien que convoque una oda a las ventanas olvidadas;
que cuente la fábula triste de los que han sucumbido a su caricia crispada,
a la mágica atracción de sus abismos

 

Alguien que convoque una oda a las ventanas olvidadas; que cuente la fábula triste de los que han sucumbido a la caricia crispada de las ventanas; a la mágica atracción de sus abismos.

Al encantamiento de espejos que niegan a los ojos el doble que indaga por nosotros.

Y que cante y cuente, como el poeta, la última tarde en que las ventanas se cierran para siempre y se llevan, como los ojos de los muertos, la luna entre sus párpados azules.

Y se van para siempre, tras los ventanales de miedosa blancura de la muerte.

Poeta

@CristoGarciaTap

 

 

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