Plazas o la gran injusticia
Opinión

Plazas o la gran injusticia

El martirio de este gran oficial es como el de muchos otros. Como el del general Uscátegui, el del general Del Río, el del general Arias Cabrales, el del coronel Mejía Gutiérrez

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diciembre 21, 2015
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Acaba de ser absuelto por la Corte Suprema de Justicia el señor Coronel del Ejército de Colombia Luis Alfonso Plazas Vega. Durante más de 8 años hubo de sufrir persecuciones, afrentas, condenas y prisiones por la desaparición de empleados del Palacio de Justicia. La Corte ha dicho lo que Plazas sostuvo a lo largo de su vía dolorosa. Y es que lo suyo se contrajo a la batalla campal contra los narcoinsurgentes que pretendieron un golpe de Estado, que empezaba en la destrucción de todos los expedientes levantados para extraditar a los enemigos del género humano, los que financiaron el asalto, hacia los Estados Unidos.

Pero la sentencia de la Corte, que exonera a Plazas y lo devuelve a la libertad que no debió perder un solo día, no da por concluido el asunto, que apenas empieza.

Mientras Plazas estuvo en cautiverio, la Fiscalía comprobó que tres de los 11 supuestos desaparecidos habían sido asesinados en el asalto y sus restos fueron descubiertos allá donde Plazas dijo por años que se encontraban. Parece que cuatro más están plenamente identificados y a poco que se haga aparecerán los restantes. De modo que solo queda una persona desaparecida, la guerrillera Irma Franco, por cuya muerte atroz no hay un solo detenido. ¿Será, por ventura, que los acusados saben cosas que no son para tratadas en público?

Si no hubo desaparecidos, elemento fáctico que integra lo que llamamos el cuerpo del delito, ¿cómo pudo la juez Jara proferir sentencia condenatoria? ¿Y cómo pudieron los dos magistrados del Tribunal que le hicieron mayoría al único que sí estudió el proceso, Hermas Darío Lara, confirmar esa sentencia?

Pero las cosas no se limitan a los llamados jueces de conocimiento. ¿De dónde sacó la fiscal Ángela María Buitrago pruebas para acusar a Plazas? Pues del mismo almacén de infamias del que salieron pruebas contra tantas víctimas de la guerra política. Hablamos de las cárceles que proveen ese inmundo material que nutre la justicia colombiana.

Tirso Sáenz es un pobre bellaco, de los que pululan por nuestro infectado mundo de falsarios. Eso es normal. Lo que no lo es, es que haya tenido la desfachatez de escribirle a la señora Buitrago que si no le cumplía sus promesas se retractaría de su falaz testimonio y le contaría al propio Plazas por qué había dicho tantas estupideces en su contra. En una carta que es capaz de sorprendernos, Sáenz dijo todo aquello, y la carta reposa en el expediente levantado contra Plazas. Solo queda por preguntar cómo es que su destinataria no ande desde hace rato por pasillos y celdas del Buen Pastor.

Pero las cosas son peores. Porque la señora Buitrago no se limitó a fabricar un testigo, a lo que parecemos acostumbrados, sino que llevó su osadía a fabricar una diligencia judicial completa, para poner a declarar contra Plazas a un cabo del Ejército que nunca conoció a Plazas, que no estuvo en Bogotá, ni cerca, en las horas de la toma al Palacio de Justicia, que nunca fue a la Escuela de Caballería a rendir testimonio y que nunca puso su firma en diligencia alguna. Y el Cabo Villamizar, que así se apellida nuestro hombre, se murió de un infarto con su verdad en la boca, diciéndola bajo juramento ante el Procurador General de la Nación, repitiéndola ante jueces de la República y confirmándola en reportaje que tenemos grabado y sacamos al aire en La Hora de la Verdad. Y la fiscal Buitrago goza de la inmunidad que le otorga la complicidad del mundo judicial nauseabundo en que nos movemos y somos.

La estrategia de Juanpa es demasiado obvia:
equiparar los héroes con los villanos,
para regalarles a todos lo mismo, una libertad en ambos casos inicua

La libertad del coronel Plazas no es un punto de llegada. No es el final de este drama. Es el comienzo de uno mucho más grave, más repugnante, más inquietante. El martirio de este gran Oficial del Ejército de Colombia es como el de muchos otros. Como el del General Uscátegui, el del General Del Río, el del General Arias Cabrales, el del Coronel Mejía Gutiérrez. Ellos, como diría nuestro poeta eximio, “inician la cadena de los que pisan el erial humano, roídos por el cáncer de su pena”.

Decenas y millares de nuestros hombres, de esos “uniformados”, como los llama despectivamente la prensa pro-Farc, pasan sus días en calabozos de oprobio, sin que nadie los escuche, sin que se recuerden sus nombres, su pesadumbre, su amargura.

El país tiene que hacer un alto en el camino. Tiene que revisar su conciencia y su conducta. La estrategia de Juanpa es demasiado obvia: equiparar los héroes con los villanos, para regalarles a todos lo mismo, una libertad en ambos casos inicua. Dársela al inocente declarándolo culpable, es tan detestable como dársela a la fiera a cambio de la sangre de la víctima propiciatoria.

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