Opinión

Placeres digitales

¿Cuántas veces al día mira usted la pantalla de su celular?

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abril 11, 2021
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Placeres digitales
Hoy no existe un soporte más adecuado para el placer humano que la pantalla, escenario y plataforma ideal de la obra artística. Imagen: Graffiti Digital, Santiago Castro (WORD), 2021

Cada vez son menos los placeres de la carne. Al comienzo de la pandemia, y temiendo una escalada del dólar y el inminente cierre de las librerías, compré un Kindle. Un dispositivo de almacenamiento de textos que además sirve un oficio milenario y carnal: la lectura. Aunque son innegables sus atributos como la portabilidad, el peso, el precio y el acceso a ciertos títulos, la pérdida de la experiencia física es dolorosa. El olor del libro nuevo se esfuma, el baile de las hojas entre los dedos desaparece y, sobre todo, el culto al objeto que es el libro, a su presencia física, se anula por completo. No conozco al primero que se jacte de su biblioteca digital o que la convierta en el centro de conversación de su vida. En ese sentido, también algo de su caracterización social se ve minada. No obstante, es una tecnología exitosa y en ascenso, que vaticino de ninguna forma señalará el final del libro físico. O al menos eso espero. Ojalá no.obra de arte

De la misma forma, me costó unos meses entender el concepto del arte digital (tan célebre en estos días por la venta de una obra de esta categoría por más de 40 millones de dólares). Y me costó por asumir como premisa de la experiencia artística (y su mercado adyacente) el culto al objeto físico. Ese fetiche milenario, pariente cercano de la adoración religiosa, que convierte un pedazo de tela o una piedra curtida en un artefacto más caro que un avión privado. Sin embargo, dicha condición física y tangible no era, es, ni será suficiente. Siempre es necesario contemplar que para que la obra pueda hacerse trascendental (¿elevarse?) debe contar con la presencia de al menos dos factores intangibles y en principio, imperceptibles: la reputación y el deleite. Llegué tarde, pero llegué.

Por esta razón es que puede concluirse que algunas personas compran con los oídos y no con los ojos. Sin duda, el arte es un mercado de rumores y reputaciones. Hace poco lo comprobé. Subí a las redes sociales la fotografía de un papel en blanco (la obra en vísperas) anunciando un próximo lanzamiento de una serigrafía seriada de un artista urbano célebre. Sorprendentemente, recibí tres ofertas por una obra que aún no existía. Cierto público estará dispuesto a obviar el objeto en sí y a preferir el rumor. Y de esa manera, ponderar mejor la reputación misma del artista, su trayectoria y evidencias previas que incluso la materialidad precisa de su creación. Un acto de confianza insólito pero valioso. El aceite de toda una industria multimillonaria: el arte.

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Basta revisar las páginas de las principales galerías del mundo para comprobar que ese placer carnal ha sabido traducirse con enorme éxito a los escenarios digitales

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No obstante, para comprender con entereza el fenómeno del arte digital también es preciso detenerse ante el componente sensorial y espiritual que tradicionalmente causa la “verdadera” obra artística. El deleite, como lo bautizó Aristóteles, es fundamental en la experiencia placentera del público y sin duda, es lo que provoca (y evoca) su atención y su interés. La atracción improbable ante la imagen, el gesto o la palabra. El placer es lo que causa el apetito.  Esa pasión por adquirir y apropiarse del arte y verlo consumirse en las fauces del egoísmo y la codicia. Basta revisar las páginas de las principales galerías del mundo para comprobar que dicho placer carnal ha sabido traducirse con un enorme éxito a los escenarios digitales. Parte del mercado del arte se ha mudado al negocio de lo perceptible pero intocable. El tradicional aviso de “Ver y No Tocar”, parece el anuncio de lo que se avecina.

En la actualidad no existe un soporte más adecuado para el placer humano que la pantalla. Ese espejo infinito en el que se encierran secretos, orgullos y envidias sirve también de escenario y plataforma ideal de la obra artística. Y aunque el objeto de arte mutó, las reglas milenarias parecen seguir siendo las mismas: reputación y deleite. Si a mis lectores mis palabras no terminan por convencerlos, les hago la pregunta que un experto en realidades digitales me hizo hace algunas semanas: ¿cuántas veces al día mira usted la pantalla de su celular?

@CamiloFidel

 

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