Opinión

Petro contra Uribe y contra las Farc

En su libro reconoce que la transformación sustantiva del orden autoritario y excluyente en Colombia, no fue posible por la vía armada. Yo creo que está ocurriendo

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noviembre 10, 2021
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Petro contra Uribe y contra las Farc
Ahora el contendor del “establecimiento” no es la insurgencia armada; por eso Uribe y sus muchachos no pueden convocar más a la guerra heroica contra el terrorismo y el comunismo

Uribe tuvo su cuarto de hora en la historia nacional colombiana cuando las FARC representaron una amenaza real al Estado burgués. Esta guerrilla se constituyó en un retador no institucional, con capacidad creíble de poner en crisis el funcionamiento de núcleos fundamentales de la economía nacional y creó espacios de poder dual en varias regiones del país, con ordenes territoriales alternos: justicia, tributación y ejercicio de violencia no institucional, guerrillera. Entonces Uribe se erigió en gestor o promotor eficiente de la retomada del orden, para lo que utilizó todas las formas de lucha desde el Estado. Ahí están las denuncias de los crímenes de Estado conocidos como falsos positivos. Más importante aún: Uribe logró imponer en la sociedad un relato mesiánico sobre la lucha contra la insurgencia, que denominó “terrorismo”, con el cual cautivó a las élites y luego a los sectores populares: el “embrujo autoritario”. En la práctica lleva 20 años gobernando a Colombia.

Con el Acuerdo de Paz de 2016, la dejación de armas y el abandono político de la lucha armada por parte de las Farc, la razón eficiente para mantener el embrujo autoritario de Uribe ha perdido paulatinamente momento histórico. Se mantienen el militarismo y la doctrina del “enemigo interno” para actuar desde el Estado contra todo asomo de inconformidad y protesta ciudadana, pero eso también ha entrado en cuestión.

Los analistas políticos, y aún algunos académicos, embelesados –como es obvio– con los fulgores y tragedias de la guerra y los nueve millones de víctimas, han pasado por alto la existencia y persistencia de un retador institucional al orden económico, social, político, cultural y ambiental prevaleciente en Colombia. El humo de la guerra no solo no dejaba ver el poder de la corrupción, como denunció Fernando Carrillo, sino que ocultó la inequidad, las injusticias sociales, la tragedia ambiental del extractivismo, la cultura del rentismo y del “todo vale”, cierto, pero sobre todo, el humo de la guerra ocultó que en Colombia había un proyecto político de transformación dentro de la institucionalidad, valido solo de las armas de la palabra y de la razón.

Este proyecto de transformación política institucional tuvo su mayor expresión con Jorge Eliécer Gaitán, pero no se agotó con su asesinato.

Los analistas e historiadores que “olvidan” las luchas legales de obreros, sindicalistas, maestros, campesinos, estudiantes, indígenas, afrodescendientes, curas progresistas y miles de miembros de la sociedad civil y de la intelectualidad, por construir otra nación, falsean la historia.

Esa falsificación no va más. Ahora mismo el interlocutor, contendor, del “establecimiento” y su régimen autoritario y corrupto, no es la insurgencia armada. Ese es el desespero de Uribe y sus muchachos: no pueden convocar más a la guerra heroica contra el terrorismo y el comunismo. Colombia ya no acepta esa narrativa como panacea. A este régimen de terror le conviene, le resulta funcional, la persistencia de las guerrillas del ELN y las Disidencias de las Farc. Uribe preferiría mantenernos en esa dimensión: la guerra eterna. Y las insurgencias sobrevivientes le hacen ese juego macabro.

De alguna manera,  el libro de Petro que vengo comentando, Una vida, muchas vidas, a partir de narrar como un thriller el periplo de su vida en el M-19, llega a la misma conclusión: El M-19, pero también el EPL, la Corriente de Renovación Socialista del ELN, el Quintín Lame, el PRT, etcétera, y antes que ellos Ricardo Lara Parada, el exguerrillero del ELN asesinado por sus compañeros cuando en los años setenta acogió la lucha política dentro de la institucionalidad, todos ellos, al final de la tragedia, entendieron que la lucha armada solo favorecía al enemigo que intentaban derrotar.

Petro describe en detalle la forma como en Colombia el poder terrateniente terminó aliándose con el narcotráfico, y luego con los poderes políticos clientelares en las regiones, con las Convivir, el MAS (Muerte a Secuestradores) y las Autodefensas, AUC, hasta convertirse en el poder militar que, aliado con el Ejército y otros órganos del Estado y los Estados Unidos de América, contuvieron el militarismo de las Farc. Pero esa dinámica militar contó con un estratega político que le dio sentido: Álvaro Uribe Vélez. Todo esto es sabido por la opinión colombiana informada y por los tribunales. Lo importante del libro de Petro es que cuenta cómo, para labrarse un espacio en la política, más allá de la insurgencia derrotada o cooptada, terminó jugándose la vida denunciando en el Congreso la forma como el Paramilitarismo y Uribe intentaban “refundar la patria”. Producto de sus debates y de la acción de la Corte Suprema de Justicia y la Corte Constitucional, el proyecto uribista perdió vigencia histórica, pero mantuvo el poder.

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Un aspecto más complicado en el relato de Petro es su distancia y confrontación con las Farc

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Un aspecto más complicado en el relato de Petro es su distancia y confrontación con las Farc. En efecto, cuenta que, en 1989, casi por azar, a la orilla de una quebrada en Natagaima, logró convencer a Carlos Pizarro, entonces comandante del M-19, de no hacer una ofensiva militar ya pactada con las Farc y el EPL, traicionar a las Farc e iniciar los diálogos de paz con el gobierno Barco. Ese proceso al final da paso a la reincorporación del M-19 y otras insurgencias, sigue con la Constituyente de 1991 y luego con lo que Petro llama el abandono del proyecto revolucionario por parte de Navarro y otros dirigentes.

En la lógica analítica de Petro, las Farc, cuando optaron por la escalada militarista desde 1993, “ya no tenían nada que ver con la revolución”. No solo por los vínculos con el narcotráfico sino porque supuestamente se amañaron con la guerra.

Tal vez la desconfianza de Petro con las Farc, que debe ser mutua, lo llevó a vacilar frente al proceso de negociación de la paz entre esa guerrilla y el gobierno Santos. Aunque Petro no lo dice en su libro, yo, iniciando mi gestión como Secretario de Desarrollo Económico de Bogotá en 2012, le propuse a Petro hacer una alianza con Santos.

–Como sería –me dijo.

–Él nos apoya en lo del Metro y nosotros en las negociaciones con las Farc–.

–Él no nos necesita –me contestó.

–Creo que sí, y nosotros lo necesitamos porque si el Confis no lo aprueba, y nos dan cupo de endeudamiento, no podemos hacer el Metro–.

–Pues sacamos la gente a la calle –fue su respuesta.

Sí, sacamos la gente a la calle, pero para revocar la decisión de monseñor Ordóñez de destituir a Petro.

En suma, el libro de Petro termina reconociendo que la transformación sustantiva del orden autoritario y excluyente en Colombia, no fue posible por la vía armada. Yo creo, además, que a pesar de la insurgencia, la transformación está ocurriendo.

Continuará…

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