Opinión

Peste, humo, guerra: Cúcuta, la ciudad de todos los males

Hace tres días una nata de humo cubre Cúcuta, dicen que es un incendio en Ureña, pero peor que esto, el coronavirus, la guerra o la asfixia, es el desempleo

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abril 01, 2020
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Peste, humo, guerra: Cúcuta, la ciudad de todos los males
Dicen que el humo viene de un incendio de caña en Ureña, estado Táchira. Del otro lado de la frontera no dan razón

Los vi a los cucuteños en Facebook gritando su alegría. Por fin caería el tirano, el narcotraficante. Trump anunciaba la esperada invasión a Venezuela. El cucuteño promedio no conoce la historia, no sabe de los muertos en Granada, de los inocentes que cayeron en la invasión a Panamá para sacar a Manuel Antonio Noriega. No saben de Irak, de Afganistán. Su única maestra de historia ha sido Claudia Gurisatti. El único presidente, Uribe. Por eso votaron por el que les dijo él. Por eso votaron No, en casi un 70 %, al plebiscito por la paz. El contrabando y el olvido del estado colombiano los convirtieron en lo que son: avivatos sin plata, arribistas de invasión. Por eso les parece un sueño cumplido que Estados Unidos inicie una guerra contra Venezuela, se excitan con sólo imaginarse como será arrastrado el inmenso cuerpo de Maduro por las calles de Caracas. No hay mejor noticia en tiempos de peste que el anuncio de una guerra. Otra vez el uribismo cumplía sus promesas.

Hace tres días una nata de humo cubre Cúcuta. Ya ni el cerro de Tasajero se puede ver. Dicen que es un incendio de caña en Ureña, estado Táchira. Del otro lado de la frontera no dan razón. La gente tiene una preocupación más grande que el coronavirus, la guerra o la asfixia de este incendio infinito: el desempleo. La tasa de desocupación roza el 16 %, nadie puede medir la informalidad. Los puestos son casi todos políticos. Allá la única empresa grande es Cerámica Italia. De resto todos viven de las promesas y de lo que los optimistas llaman emprendimiento pero no es otra cosa que rebusque. Por eso las calles de Cúcuta están llenas de gente, prefieren contraer la enfermedad que morirse de hambre.

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En el parque Santander se agolpan los venezolanos después de las 10 de la noche. Para ellos no hay cuarentena. La policía pasa y no los mira. Ya no hay celdas para meter tanto venezolano

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En el parque Santander, el que queda al frente de la alcaldía, se agolpan los venezolanos después de las 10 de la noche. Para ellos no hay cuarentena. La policía pasa y no los mira. Ya no hay celdas para meter tanto venezolano. Ya no hay quien pueda medir la enfermedad. Hablan de ocho casos pero el virus supura en las calles en el calor del atardecer. ¿Quién podría pagar 350.000 pesos por una prueba? Igual ellos creen que es una gripita cualquiera, para lo que ha sufrido el cucuteño, ¿qué importa una epidemia más?

A comienzos de este siglo hubo esperanza. Tirso Vélez, un poeta de izquierda, iba a ganar las elecciones hasta que los paracos lo mataron frente a la gobernación. Y no solo a él lo mataron, también a Gerson Gallardo, Edwin López a una generación aguerrida que fue masacrada y desplazada con el beneplácito de la putrefacta clase política que aprobó desapariciones, hornos crematorios.

Por esa ciudad ha pasado el hambre, el crimen, los campesinos desplazados de las masacres de La Gabarra, El Tarra y Tibú, los cientos de miles de colombianos que salieron huyendo de la Venezuela chavista. Y ahora pasarán Trump y sus marines y el pueblo, devastado, cansado, embrutecido, tan sólo aplaudirá y sonreirá.

En Cúcuta lo único que no ha pasado es el estado colombiano

 

 

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