Pensando la violencia con estudiantes de Uniminuto

La crónica de un país incendiado toma revuelo en todas las regiones del país con actos violentos donde la sangre de los ciudadanos marca con desesperanza la calle

Por: Samuel Astor Bahos
septiembre 14, 2020
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Pensando la violencia con estudiantes de Uniminuto
Foto: Las2orillas

¡Violencia!, ese manido concepto de un exceso de fuerza indebida, la que le cerró los ojos a Garzón, voló edificios en la década de los noventa, marginó a miles de compatriotas y acabó con partidos políticos enteros. La violencia perniciosa que se ha gestado como un cáncer en la historia de un país que se debatió entre Bolívar y Santander; la misma que apuñala a jóvenes por el color de su camiseta deportiva, masacra líderes sociales o tortura a ciudadanos hasta morir en plena vía pública. La lucha civil ante la dificultad para progresar ha llegado a confundirse con el hacer violento por lo que la impotencia que produce destrucción y el vandalismo más allá de desanimar, puede ser reconducido a un interés por entender la situación en perspectiva de la ilustración.

Es de temer que el dolor de país, aunque necesario, no es suficiente para remediar tantas situaciones que causan pesadumbre; quizá tampoco lo sea el intentar comprender el mal de la violencia en Colombia desde la universidad, pero mientras se comparten en redes sociales videos y comentarios de indignación, ruido, lloro y gritos sobre la evidente injusticia, se está formulando un ambiente de insatisfacción generalizado que beneficia a los caudillos emergentes casi siempre pertenecientes a la oposición. Por otro lado, al intentar comprender la situación en medio del desconcierto, lo que se intenta es cambiar actitudes de base que pueden tener escalada social, por esto los ilustrados requieren jugar un papel determinante en la forma de ver la realidad; porque es la luz del conocimiento la que puede brindar esperanza en tiempos donde hemos llegado a ver como enemiga del pueblo a la fuerza policial.

Esto es tremendo; lo que ha tenido que pasar durante décadas en Colombia para que hoy tengamos muertos a manos de uniformados y cientos de heridos de la fuerza pública que se repiten una y otra vez en los medios de comunicación. Lamentable lo que ha tenido que pasar para que los comandos de acción inmediata se conviertan en epicentro de la devastación y para que el uso obligado de mascarillas y tapabocas se encumbre como símbolo del vandalismo. La violencia social se genera a partir de dinámicas de base, de poder y periféricas o contextuales. Las primeras resultan de la inconformidad social ante las desigualdades y la insatisfacción relacionada con las oportunidades negadas y la opresión causada por el desmerecimiento de la pobreza y todas las problemáticas que se le relacionan, esto hace que la identidad ciudadana no se sienta representada sino amenazada por las élites, y es desde tal identidad insatisfecha que se generan reacciones impetuosas en contra del gobierno.

Desde arriba hacia abajo los determinantes de la violencia pasan por lo que Max Weber denominaría la dominación del cuadro administrativo, donde la jerarquización política como racionalización de la dominación actúa a menudo de forma insensible con un sometimiento a la presión del deber. La función de los servidores públicos a menudo se centra en el cumplimiento y no en la aceptación del otro y menos en el amor, de tal manera que su desempeño se circunscribe al cumplimiento frío de objetivos y a su ideal misional, que puede ser altamente peligroso para un par de policías que se extralimitan en el ejercicio de su rol, para los que avanzan por la vía del atropello o para el que ordena una masacre en presencia de mujeres y niños. Así pues, lo que se demostró en el experimento de la cárcel de Stanford se cumple cuando reformas tributarias desventajosas para las clases baja y media, o la intención de reprimir las manifestaciones libertarias desde escenarios burocráticos, azuzan hoy la indignación de los sectores lastimados de la sociedad.

En el mismo sentido, hay aspectos de periferia que hay que tener en cuenta por cuanto influyen directamente en el comportamiento violento en Colombia. Se trata del impacto de una pandemia en la conducta de las personas cuando se ven aseguradas por medidas restrictivas como el aislamiento social y las cuarentenas obligatorias. Por supuesto, este panorama hace parte de la discusión en tanto los niveles de desempleo han descendido rápidamente, los ingresos están limitados en una gran mayoría de familias, el encierro abruma, la salud pública claudica y las oportunidades son escasas en perspectiva de lo que se teme será un tiempo lento de recuperación de la economía que podrá tardar varios años. El COVID-19 predispone emocionalmente a miles de personas respecto a las decisiones gubernamentales por el deterioro en la calidad de vida y el aumento de impuestos, de ahí que los resentimientos sobre muchas de las decisiones se dejan ver en las primeras planas de los diarios. Este es como un caldo de cultivo para la manifestación violenta tal y como sucedió en EEUU por el caso de George Floyd, y como nos sucede a nosotros por el caso de Javier Ordóñez.

Sin duda el instinto de lucha bien descrito por el psicoanálisis freudiano se va transformando hasta convertirse en una forma de acción reactiva y fogosa en la que se toma partido y se generaliza el daño percibido. Un león hambriento que ha sido enjaulado por algún tiempo saldrá a matar, igual el toro cuando toca la arena en busca de su libertad. La sociedad ha estado tanto tiempo en opresión, insatisfecha y reprimiendo flujos de indignación, que ya ha madurado en la configuración ideológica destructiva que busca un cambio que no se vislumbra. La desesperanza clava las banderillas en el lomo de la sociedad haciendo que esta canalice sus esfuerzos en el marco de la polarización donde la lucha de clases permanece.  En ese caso como lo enseñaría Martín Baró, cada acto de violencia requiere ser comprendido desde los intereses que lo promueven y desde su implicación histórica, de tal manera que nos es preciso detener el carrusel ideológico que asegura una perspectiva negativa del vandalismo detonado por otros sin tener en cuenta el propio.

Un gran problema que se evidencia en el discurso popular es el de la justificación de las violencias, a menudo con la repetición de frases como: “a usted no le han matado un hijo en la guerra o somos colombianos y nos duele la injusticia”. Es un problema gigante porque quien justifica la violencia engendra la proliferación de la misma. Hablamos de violencias porque los grandes sectores de la historia: religión, política, moral y ciencia han sido históricamente ocasionantes de ella. La religión con su versión simbólica y de sacrificio ya postula imaginarios que tienen que ver con la guerra justa, el dogmatismo, la justificación de la esclavitud, la batalla final, el apocalipsis y el derramamiento de sangre. La política asegura la violencia desde las relaciones de poder, la exclusión, la desconfiguración de orden y seguridad, los abusos, el autoritarismo y la generación de división de la opinión pública ante políticas principalmente tributarias. La moral por su parte al imponer discursos por vía de aprobación o reprobación, al hacer críticas en busca del bien de las mayorías, la pretensión del sometimiento conductual y la anulación de la criticidad sucumbe a menudo ante el privilegio de las libertades y en tal sentido se ha constituido en un foco amplio de violencia psicológica.

La ciencia es capítulo aparte en esta discusión, ante todo cuando está al servicio de intereses particulares y engrosa el repertorio devastador que dejó el fascismo en el mundo; la ciencia en su transitar intelectualista que ve la viga en el ojo ajeno ocultando la viga en el propio. Los crímenes de la ciencia en nombre de la anatomía y la psiquiatría son de conocimiento público y sumado a esto, las teorías racistas y la segregación racionalista de las pruebas de inteligencia o los atropellos generados por la industria tecnológica y armamentística, son solo algunos de los aspectos que podrán revisarse con todo el rigor metodológico que amerita el racionalismo.

El fondo ideológico en cualquiera de estos casos mencionados permanece a la raíz del árbol de problemas, ante todo cuando nos abordamos como sujetos políticos, pues donde hay política hay ideología. Como es de nuestro conocimiento las conductas destructivas y reprobables están siendo perpetradas en gran parte por personas ideologizadas que incluso pueden tener principios correctos, personas que se resienten ante medidas arbitrarias cuando se viola de algún modo sus derechos. Su forma de reaccionar ha sido punitiva ante ese peligro considerado, basta con mirar los últimos sucesos para darse cuenta que empiezan a ser muchos los que sufren por las acciones de vengadores que están dedicados a erradicar el mal por su propia mano. Siguiendo a Bandura, las actuaciones legitimadas por imaginarios de tipo ideológico reflejan un mecanismo de defensa consciente en contra de la arbitrariedad asumida.

Lo que estamos presenciando no son acciones impensadas, el vandalismo no se improvisa, por el contrario, toda forma de violencia se planifica con cuidado, toda forma de terror requiere de planificación y de actores que generen caos. Así las cosas, hay víctimas y también beneficiados; hay actores materiales y actores intelectuales de los hechos, hay gente privilegiando la ciudadanía y hay líderes magnificando el discurso del caos … sería propio pensar en ello. Para el caso de la fuerza pública es probable que las matanzas se estén ejecutando por la influencia del rol que se extralimita de la forma como fue descrito por Festinger, Zimbardo y Diener en sus experimentos; La psicología sabe que el exceso de poder corrompe; pero la reacción ciudadana nos muestra un patrón de búsqueda de soluciones fantásticas a situaciones de angustia; son fantásticas por la existencia de atribuciones de supuestos enemigos en cuya base persisten creencias estrafalarias y paranoicas que esconden un problema que debe abordarse desde la educación y la salud mental: la sensación de vulnerabilidad.

Atacando por causa de la sensación de vulnerabilidad, necesitamos con urgencia modificar nuestras creencias para derribar las ilusiones que conllevan actitudes defensivas y agresivas, fracasaremos si no conseguimos cambiar las circunstancias y si los líderes de las fuerzas en conflicto no transforman sus modelos de acción para derogar una realidad simbólica repleta de reacciones, imágenes y escenas teñidas de sangre y desesperación que para el país desde hace décadas son paisaje.

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