Opinión

¿Paz con guerra?

Si la paz se nos vuelve el motivo para la nueva guerra, es oportuno que vislumbremos los costos de semejante situación, porque si los dos bandos no pactan unas reglas mínimas, para allá vamos

Por:
agosto 02, 2016
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Lo que acaba de suceder con Navarro Wolff en Antioquia es una señal contundente de que podemos llegar al peor de los mundos en Colombia, "Paz con Guerra". Esta sería la prueba de algo inaceptable: que este país no está listo para la paz.  Antes de que esta nueva versión del conflicto avance, es hora de analizar no solo lo que está detrás de estos enfrentamientos verbales en medio de la campaña por el sí o por el no al plebiscito, sino plantear algunas de sus funestas consecuencias.

Ni el expresidente Uribe ni el presidente Santos pueden ser los símbolos de esta campaña y podemos adquirir el compromiso los que apoyamos el Sí de sacar al presidente Santos y su gobierno del centro del debate y no hacer una campaña contra el expresidente Uribe. Pero con mucha pena, le corresponde a este último que cuenta con la obediencia ciega de sus seguidores, hacer que la promoción del No se desprenda del odio hacia las Farc, hacia el presidente Santos y hacia todo el resto de Colombia que sí quiere la paz. ¿Será demasiado pedir a los dos grupos un poco de generosidad, de ponderación, de verdadero patriotismo?

¿Será demasiado pedir a los dos grupos
un poco de generosidad, de ponderación,
de verdadero patriotismo?

Por el bien de este país que se merece entregarle a las próximas generaciones un país sin guerra, concentrémonos en la discusión apropiada sobre las ventajas de una e inclusive de la otra posición, respetable porque se supone que somos una democracia. Pero juguemos limpio; el tema es cómo en medio de dificultades económicas, con un mundo en desaceleración, con conflictos sociales, con terrorismo, podemos prepararnos para aprender a vivir de manera distinta. Y lo primero que habría que recuperar es la tolerancia que la hemos perdido, la solidaridad, la verdadera convivencia, el respeto por la vida, y porque no, el amor a nuestros semejantes.

Si esto no lo logramos y la paz se nos vuelve el motivo para la nueva guerra, es oportuno que vislumbremos los costos de semejante situación. Además de todas las consecuencias negativas internas, una que poco se valora en este momento es la pérdida definitiva de imagen de nuestra sociedad ante los ojos del mundo. Precisamente, esa opinión internacional que ha mostrado más entusiasmo y más apoyo que nosotros por la salida del conflicto, nos daría la espalda con la misma fuerza que han demostrado a favor de la paz.  Y no es Colombia la que quedaría sin ninguna credibilidad, sino seríamos nosotros, la sociedad colombiana la que ante todo el mundo quedaría como un pueblo salvaje, suicida, irracional y violento por naturaleza que solo pude vivir matándose entre sí.

No solo le bajarían la calificación a la economía colombiana, a su sistema financiero, sino que nos podían agregar a la lista de países indeseables porque solos, nosotros mismos, aniquilamos la oportunidad de vivir de manera civilizada. Y eso se traduce en menor inversión extranjera, menor turismo y podríamos llegar al extremo de menores ventas de nuestros productos, los pocos que exportamos.

Ahora que muchos empezamos a conocer la verdadera historia de nuestro país, lleno de páginas oscuras, a muchos nos produce temor que si despreciamos la oportunidad de pasar esta página de muerte y violencia, salgan a la luz muchas de nuestra profundas equivocaciones y perdamos el respeto que todavía nos tienen algunos países más civilizados que nosotros. Por ejemplo, muchos de lo que impulsan el seguir divididos, se olvidan que ya ante el mundo somos el primer país en términos de desplazamiento y le ganamos a países africanos como Somalia.

Por el contrario, si Colombia ha logrado avances relativos en medio de tanta confrontación, una verdadera democracia que invierta sus recursos en desarrollar al país y a esa población marginada que son millones, sería el motor que necesitamos. Además, seriamos la sociedad que daría ejemplo a todos aquellos que quieran caer en la tentación de matarse entre sí.

No es el momento de solo salvar responsabilidades. Es el momento de plantear los inmensos costos de una paz con guerra. Y si los dos bandos no pactan unas reglas mínimas, para allá vamos y esto sería el peor legado que nuestra generación le dejaría a nuestros nietos.

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