Pasar la página

Por el trabajo social que realizaba en una comunidad, Felipe fue intimidado. Ahora se refugia en la literatura con la esperanza de dejar atrás ese capítulo y escribe para resistir

Por: Felipe Lozano
septiembre 17, 2019
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Pasar la página
Foto: Pixabay

Leer a Alejandro Gaviria ha sido inspirador. Voy por la mitad de su libro Hoy es siempre todavía y justo antes leí Alguien tiene que llevar la contraria. Títulos poderosos y reveladores con contenidos pertinentes para este momento en el que estoy tratando de reponerme de lo más difícil que he vivido.

En la contraportada de Hoy es siempre todavía está destacado un párrafo de Alejandro Gaviria. Lo cito: "Escribí este libro, como dice el poeta, desde el tiempo presente, con la urgencia de contar mi historia. Tal vez esa sea la esencia de todo, de los días y los años de nuestras vidas: tener al final de cuentas, una historia que contar y contarla a tiempo".

No sé cuál sea el tiempo de contar la historia que algunos ya conocen y que se me ha dificultado escribir. Tal vez es ahora, pero aún tengo miedo. El otro asunto es que debo cumplir una tarea para que mi psicoterapia resulte como lo buscamos mi psicóloga y yo, o por lo menos para que sea el punto de inicio de un desenlace que desconocemos y ese camino incierto puede ser (espero) benéfico. La tarea consiste en hacer mi biografía. Vaya cosa... Si me enredo cuando me piden una reseña de mi trayectoria profesional, la idea de contar mi vida, que implica otros aspectos además de los laborales, me resulta una vaina complejísima. De hecho, cuando mi psicóloga me puso la tarea lo primero que pensé fue de dónde carajos debía comenzar. Y eso es pensar en un tiempo, el de contar mi historia, tal vez, la que he intentado escribir muchas veces y he dejado a medias.

Mi esposa y yo hemos tenido discrepancias porque ella ha sido más reflexiva con lo vivido en el pueblo. Yo, en cambio, quería ir lanza en ristre. Y hay algo dentro de mí que persiste en esa idea, pero no puedo ser egoísta: aunque los amigos y conocidos que saben por qué salimos del pueblo me alientan a hablar en medios de comunicación, soy consciente de que cualquier decisión que tome también afecta a mi hija y a mi esposa, o puede afectar la vida de otros que están en ese pueblo hirviente o están por ir.

Lo que muchas veces no me deja dormir es esa urgencia de contar la historia, esa "esencia de todo", como dice Alejandro Gaviria. Paradójicamente, la he contado tanto de forma verbal que le he cogido tedio. Cuando me encuentro con alguien, lo primero que me dice es "Pero yo te hacía en el pueblo, ¿qué pasó?". Entonces repito lo que desde hace dos meses largos les he contado a las autoridades, a nuestros familiares y a algunos amigos en el pueblo. 

Lo que me hace falta es escribirla. He callado tanto, por miedo y por tedio, que siento la necesidad de gritar. Pero debo ser responsable con mi familia, aunque también honesto conmigo y con otros, y lo más honesto es escribir la historia, que significa para mí, en este momento, una liberación.

Antes de la tarea puesta por la psicóloga, lo intenté muchas veces, pero he olvidado palabras. También se me ha dificultado hilar las ideas, darle coherencia a lo que quiero decir, una forma a la rabia contenida para liberarla con sentido narrativo. Ya ni sé cuántas veces he iniciado la narración y la he dejado inconclusa por no recordar palabras. Han sido las consecuencias de lo que los médicos nombraron fugas disociativas por trastorno de ansiedad, originado por estrés. 

Aunque no he investigado a profundidad sobre este diagnóstico que todavía me parece curioso, lo relaciono con lo que en la Primera Guerra Mundial llamaban "mal de trinchera", después conocido como estrés postraumático. Puede que me equivoque en esa relación, pero no en la metáfora de estar atrincherado, defendiéndome de ataques y lanzando otros. Es una guerra contra las instituciones y no tanto contra los que nos intimidaron en el pueblo por hacer nuestro trabajo.

Mi esposa y yo nos destacamos por brindarle acceso a la cultura a niños amparados por madres sustitutas, habitantes de calle, vendedores ambulantes, personas con discapacidad cognitiva y auditiva, trabajadoras sexuales y personas privadas de su libertad. Permitimos que en el pueblo reconocieran una de sus danzas ancestrales y los jóvenes aprendieran a bailarla. Proyectamos, con sus respectivos permisos, obras de arte en espacios públicos, presentamos películas y exposiciones de otros países para que el pueblo dejara de verse tanto a sí mismo y se comprendiera como parte de un departamento, de un país, de un mundo. No llegamos para destacarnos, pero lo hicimos y fuimos líderes en cultura, hasta una importante entidad en el pueblo me dio un reconocimiento. Pero tres tipos llegaron un día a decirnos que dejáramos de trabajar de la forma en la que lo estábamos haciendo: subimos a una camioneta blindada (que nunca habíamos visto en el pueblo) y nos llevaron a pasear por todas partes a una velocidad tan lenta que les dio el tiempo suficiente para decir que trabajar con vendedores ambulantes era promover la anarquía en el pueblo, que no deberíamos hablar de afrocolombianos ni del Día de la Afrocolombianidad y que generar reflexiones sobre las reformas laborales y trabajo en el campo no tenía sentido. "Miren, muchachos: a nosotros no nos gusta lo que hacen. Dejen de promover ideas de izquierda en el pueblo".

Para ellos, trabajar con poblaciones vulnerables, ampliar la oferta cultural y llevar a cabo procesos pedagógicos era promover ideas de izquierda.

Hicimos lo que nos pareció lógico: acudimos a las instituciones en las que podíamos encontrar un respaldo para contarles lo ocurrido, pero, paradójicamente (aunque hoy lo miro sin sorpresa), nos dieron la espalda. Guardaron silencios que nos generaron incertidumbre frente a lo que debíamos hacer, nos quedamos esperando instrucciones, encerrados en nuestra casa con mucho miedo en las noches y saliendo de ella en las mañanas para continuar con nuestro trabajo. Nos dejaron solos.

Ellos, los de las instituciones, parece como si hubieran encontrado en las intimidaciones la ocasión perfecta para desquitarse conmigo por haber hecho público el atraso de nuestros honorarios durante tres meses. Una emisora con gran audiencia dio a conocer la noticia a principios de este año y los pagos los hicieron a los pocos días, después de que los periodistas indagaron bastante sobre las razones de los atrasos. Recibí llamadas en las que me manifestaron que la queja no era necesaria y que se debían evitar "ruidos" (el término que suele emplear uno de los tipos que dirige una de las instituciones cuando alguien hace pública una irregularidad) y otras en las que me dijeron que les parecía el colmo que yo haya reclamado algo semejante cuando a uno de ellos (al de los "ruidos") le habían pedido la renuncia semanas atrás y mi queja afectaba su estabilidad. Luego vinieron impedimentos por parte de esas instituciones que supuestamente nos amparaban para la realización de actividades en el pueblo: ponían cualquier traba burocrática para retrasar aprobaciones y dineros destinados para las acciones planeadas, no respondían peticiones durante meses y se tiraban las responsabilidades unos a otros. Luego hubo llamadas clandestinas para indisponer a mi equipo de trabajo con chismes y otras historias de ficción, por cierto bastante inverosímiles, pero el equipo entró en su juego... Y luego ocurrieron las intimidaciones.

Quiero pensar que lo uno no está relacionado con lo otro, que las molestias por la queja que se hizo pública no tienen ningún vínculo con las advertencias de estos tres seres que después desaparecieron del pueblo. Nombro los hechos, muy por encima, en el orden que ocurrieron.

Pasó un mes y dos semanas de silencios por parte de las instituciones con respecto a las intimidaciones y nuestra seguridad en el pueblo. Cuando la vida está en peligro o existe (siempre existe) la incertidumbre de perderla, uno busca soluciones por donde sea. Lo único que se me ocurrió por la urgencia, el miedo y la incertidumbre, fue recurrir al presidente del sindicato de una de las instituciones para contarle lo ocurrido. El hombre hizo lo que otros no quisieron hacer: organizó una reunión urgente con los que estaban callados para saber cómo se iba a actuar para proteger mi vida y la de mi familia, y además cómo se nos aseguraría el trabajo. Los mudos se comprometieron a hacer dos cosas: facilitar nuestra salida y brindarnos un traslado a otra ciudad. Se plantearon unos tiempos para cumplirlos. Esos tiempos pasaron y nada se cumplió. Llamé a uno de los mudos para saber qué había pasado y por qué habían vuelto a callar. Resulta que no era tan mudo y habló:

—Ustedes tienen que poner la denuncia ante la entidad competente. 

—Pero mi esposa y yo les dijimos que otros organismos nos habían recomendado poner la denuncia ante la entidad competente y salir inmediatamente del pueblo, porque los que nos intimidaron podían conocer a los de la entidad... Nosotros no tenemos a dónde llegar. ¿Qué va a pasar con nuestro trabajo al fin? Ustedes nos aseguraron que continuaríamos en algo desde otra parte, no podemos quedarnos sin nada que hacer.

—Ustedes tienen que poner la denuncia ante la entidad competente y salir del pueblo entonces. Continuar con el trabajo en otra parte no se puede, ya consultamos y es imposible.

Mientras tanto, los chismes continuaban circulando entre los pasillos y las oficinas, las llamadas y los mensajes eran frecuentes por parte de las instituciones para entorpecer nuestro trabajo, pero nunca para mostrar ninguna preocupación por nuestras vidas y ayudarnos a encontrar una solución para salir del pueblo; cambiaron la clave de mi correo oficial sin consultarme, quedé sin acceso durante un día y cuando reclamé pude ingresar para ver qué habían borrado varios correos que envié, entre ellos prácticamente todos los remitidos al sindicato.

Luego, mi familia se fragmentó: apenas salió a vacaciones del colegio, mi hija se fue del pueblo a la casa de una de sus tías, a quien le conté la situación. Se fue engañada, pensando que iba a pasar otras vacaciones con su familia materna y luego volvería, pero no fue así... Se quedó con sus tías. Mi esposa y yo permanecimos en el pueblo.

Luego vino el delirio de una tarde en la que saqué una bolsa de basura de la casa y justo después desperté sobre una camilla, de medio lado y con un dolor de cabeza insoportable. Tenía el cuello entumecido y espasmos en toda la espalda. Vi a mi esposa, medio borrosa, sentada en una silla frente a la camilla, con los brazos cruzados, pálida y con el rostro desencajado. Yo intentaba hablar, pero no recordaba las palabras, era como si todas hubieran entrado en pánico dentro de mi cabeza y hubieran escapado a quién sabe dónde. Para mí es un acontecimiento difuso y confuso, porque no recuerdo prácticamente nada. Lo llamo delirio de una tarde, porque lo único que recuerdo es el absurdo de encontrarme en una vía ancha, tenuemente iluminada a los lados. Después todo se oscureció y un murciélago ocupó todo mi campo visual. Venía hacia mí a toda velocidad. Di vuelta y hasta ahí me da la memoria.

Lo que puedo narrar fue lo que me dijeron quienes me encontraron caminando por la carretera rumbo a otro pueblo al occidente, me recogieron y ayudaron a mi esposa a llevarme al hospital. El cuerpo médico me hizo los exámenes para determinar si estaba bajo los efectos de alguna sustancia. Salieron negativos. Después tuve un par de encuentros con unos psiquiatras que hicieron otros exámenes y determinaron que había originado fugas disociativas por trastorno de ansiedad, originado por el estrés proveniente de las amenazas y un probable acoso laboral. Si las situaciones seguían afectándome, podía perder la memoria definitivamente. Digamos que sigue siendo probable, así que puedo perder la memoria. 

De toda la situación ya se están ocupando otras entidades y se encuentran haciendo las investigaciones pertinentes. Por ahora, como lo dije antes, prefiero no ahondar más en otros hechos por miedo. Hago un recuento y siento una mezcla de rabia, tristeza y desconcierto al pensar que resultaron peores victimarios los de las instituciones que los tipos que nos llevaron a pasear en la camioneta.

"¿Sabe cómo se llama lo que les hicieron a ustedes? Re-vic-ti-mi-za-ción", nos dijo, sílaba por sílaba, un amigo que trabaja en una institución que se encarga de escuchar, recopilar y divulgar historias de víctimas de los conflictos en Colombia. Creo que, de alguna manera, todos los colombianos somos víctimas del conflicto. Y también creo que, de cierto modo, uno es víctima hasta donde quiere. Yo estoy cansado de ser víctima.

Tengo la fortuna de estar vivo, de poder abrazar a mi esposa y de hablar con mi hija, así sea por teléfono. Quiero vivir y ojalá me dejen. En este país, esa decisión no depende completamente de uno, sino de la voluntad de otros. Todos los días me levanto y pienso en lo que me dicen muchos: "hay que pasar la página". La de esta historia aún me cuesta trabajo pasarla, pero por ahora paso las de los libros. Recuerdo que en 'El libro salvaje' de Juan Villoro un personaje afirma que uno no debe buscar los libros, sino dejar que los libros lo busquen a uno. Hace poco iba camino a la casa y me desvié para entrar a una librería que me encanta. Quise tomarme cinco minutos para mirar qué había en los estantes y se me presentó, muy provocativo, Siquiera tenemos las palabras, el libro más reciente de Alejandro Gaviria. En el libro que estoy leyendo, él dice que la vida está hecha de conexiones. Sin duda. Me dejé provocar y tomé la publicación del estante y le di una mirada. Estaba sin ese plástico protector que le ponen para que los libros no se abran. En otras palabras, se me presentó desnudo. Pasé sus páginas un rato y luego le di la vuelta para leer la contraportada. Cito: "La literatura no podrá salvarnos, pero es uno de nuestros principales mecanismos de defensa; un refugio, un consuelo, una forma de resistencia".

Me refugio en la literatura para recordar las palabras, con la esperanza de poder pasar la página.

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