El pasado del río Magdalena y su impacto en la actualidad

"Se estima que el río Magdalena, buscando su equilibrio gestacional, derramó más de veinte mil millones de metros cúbicos de sedimento"

Por: VÍCTOR HUGO MARENCO BOEKHOUDT
marzo 06, 2017
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El pasado del río Magdalena y su impacto en la actualidad
Foto: Archivo eltiempo.com

No hay duda que el río es más que una artería fluvial para la República de Colombia. Durante el período precolombino, las diversas poblaciones ancestrales y raizales lo frecuentaban y viajaban por ella; mercadeban, socializaban y, en síntesis, eran felices. Se frecuentaban y en síntesis, eran felices. La conquista con sus barbaries y demás aflicciones, entró por asalto por ella misma. Luego de la Independencia, el río fue objeto de las primeras privatizaciones concedidas, como por ejemplo, la cesión en exclusividad de su navegación al alemán Elbers, por parte del Libertador Simón Bolívar.

Sin embargo, de acuerdo a nuestras investigaciones de muchos años establecimos, con base en métodos indirectos, que en un intervalo de tiempo de unos veintidós a trece mil años antes de nuestra era, el río era un lago inmenso; una especie de mar interior que concentraba sus aguas, las de los ríos Cesar, San Jorge, el Cauca y de los demás arroyos (ver figura 1). La explicación de tal fenomenología obedece a la interacción de una tectónica de placas compleja, que hoy día se sigue expresando en el Caribe, junto con un ambiente climatológico lluvioso y húmedo. El deshielo de los grandes glaciares que cubrían los picos de las cordilleras y la Sierra Nevada de Santa Marta, también influyó.

Figura 1. Representación del lago o embalse antiguo que estaba represado por los Montes de María entre Guaquirí (Magdalena) y El Yucal (Bolívar) en lo que hoy conocemos como Depresión Momposina.

Para hacernos a una idea de lo que ocurría, eso era lo que se conoce actualmente como una condición extrema. Un lago o embalse, recibiendo grandes cantidades de agua de cuatro afluentes, padeciendo evaporaciones, filtraciones y tectonismo. La explicación de tal fenomenología obedece a la acción de una tectónica de placas compleja, que hoy día se sigue expresando en el Caribe, como también a un ambiente climatológico con muchas precipitaciones y con un deshielo incipiente, pero importante. Toda esta condición especial se enmarca dentro del llamado período de la Última glaciación del Pleistoceno Tardío. Se estima que hace veintidós mil años a.d.n.e. los casquetes polares empezaron su retirada, tal como lo hacen hoy día y el nivel del mar ascendió (como hoy día lo hace). En resumen, los Montes de María le cerraron el paso a un flujo de agua que bajaba, subía de nivel, se estabilizaba erráticamente y proseguía su ritmo ascendente. El tectonismo al tiempo, aumentaba la esbeltez de los Montes y por ende toda esta situación terminó en una competencia de dos efectos: Por un lado el agua se encontraba embalsada, buscando un escape, mientras que el diastrofismo (conjunto de procesos de deformación, dislocación y alteración a causa de la interacción de la tectónica de placas) limitaba y confinaba sus flujos inherentes.

El equilibrio se rompe de forma pausada, por medio de unos pequeños raudales que parten desde el sector de Guaquirí (Magdalena) a El Yucal (Bolívar). Posteriormente, producto de una acción erosiva violentísima los raudales se transforman en un sistema de cascadas que inicia un rompimiento geomorfológico severo aguas arriba o dicho de otro modo, en dirección contraria a la corriente del río Magdalena, buscado su nacimiento. Este llamado "desvase" de ese antiguo lago o paleoembalse, generó un "geocatastrofismo" de vastas dimensiones sin parangón en la historia geológica del País y la Región Caribe.

Figura 2. Representación de un salto cascada entre El Yucal y Guaquirí, después de Calamar río arriba.

Se estima que el río Magdalena, buscando su equilibrio gestacional, derramó en el norte del actual departamento de Bolívar y en el sur del Atlántico más de veinte mil millones de metros cúbicos de sedimento (lodos, arenas finas, gruesas y gravas). Esta es una cantidad descomunal de material que fué vertida junto con una inmensa cantidad de agua (alrededor de unos seiscientos kilómetros cúbicos del precioso líquido). El desvase terminó ocurriendo por espacio de un año y medio ininterrumpidamente. Apenas estas estimaciones iniciales brindan una idea clara del tamaño y magnitud de un fenómeno sin igual, dentro del contexto geomorfológico del país.

Obviamente que en la Conferencia presentada en La Sociedad de Ingenieros del Atlántico, el pasado 23 de febrero del 2017, se entregó un detallamiento más exhaustivo de las diferentes instancias que componen esta fenomenología. Se describen los diferentes escenarios de extensión de las cascadas, la reorientación del curso del río en sus etapas iniciales, el mega relleno sedimentario y otras particularidades geomorfológicas que no vale la pena citar, para no saturar al lector, con tecnicismos y terminología a veces incomprensibles hasta para los mismos expertos en la materia. Lo cierto es que la ocurrencia de un desvase o desembalsamiento de un cuerpo hidráulico de dimensiones extremas como las descritas anteriormente, generó una regeneración o reorientación de las unidades sedimentarias en las zonas afectadas, como también el surgimiento de nuevos paisajes geográficos; pasando de una llanura lomosa, seca y con vegetaciones de tamaño medio a un nuevo paisajismo sedimentario extendido y consolidado en el sur y suroriente del departamento del Atlántico, como también en el norte de Bolívar, cerca a Arjona y otras poblaciones.

Un hallazgo de este estilo implica influencias en otros campos científicos. Sin duda alguna, una de ellas son los encuentros de restos fósiles de mastodontes, megaterios y otras especies de grandes mamíferos, que poblaron esos espacios y los cuales desaparecieron de forma inexplicable. Todos los fósiles ha sido hallados dentro de arenas gruesas, finas, gravas y clastos en poblaciones como La Peña (Corregimiento de Sabanalarga, Atlántico), Arjona (Bolívar) y en Juan de Acosta (Atlántico). Precisamente esas arenas y piedras encontradas, que son frecuentes por los sitios anteriormente citados, conforman los vestigios geológicos del geocatastrofismo descrito. Sin duda fue uno de los tantos causales que generaron la extinción de esas especies. En geología las conocemos como "Formaciones Trazas" ya que indican el paso y la existencia de un fenómeno relevante.

Por tanto conocer y determinar un ambiente geológico, geomorfológico y geográfico de este estilo, con ribetes que sobrepasan nuestros actuales puntos de referencia y con las consecuencias que se han podido determinar hasta el momento, marcan el derrotero de una nueva concepción, asimilación, evaluación e investigación de todos los elementos que se adosan al río Magdalena y a sus entornos. El río es muy joven si es que a la temporalidad nos habremos de referir. Apenas recientemente fue que alcanzó a radicarse en el Mar Caribe en Bocas de Ceniza. Divagó por Mahates, por María La Baja, transitó con fuerza y furia por el Guájaro, inundó Luruaco, buscó curso y desaguó por debajo de Barú, dejó vestigios de un delta portentoso y potente frente a Galerazamba donde hoy día, existe una isla testigo llena de cascajos. Se calmó, rellenó y se reorientó por el Cerro de San Antonio hasta consolidar su curso en dirección a su actual desembocadura. Un río sui generis, veleidoso, rebelde, contenido... Un río que insistió e insistió, hasta que finalmente encontró su forma de expresión, llevándose por delante un sistema montañoso y explayando un relleno notable, que nos cambió para siempre.

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