Opinión

Para hablar del Carnaval (I)

Noticias de la otra orilla

Por:
marzo 07, 2020
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Para hablar del Carnaval (I)
El Carnaval no puede seguir siendo igual al que se hacía en el villorrio que era Barranquilla hace cincuenta años. Foto: Haroldo Varela

El carnaval es una enorme fiesta colectiva. Sí. Pero cuando esa fiesta termina siendo la única razón de ser identitaria de una ciudad está claro que además de gozarnos esa fiesta con todo lo que un carnaval implica, está claro que también hay que pensarla para que se constituya en un elemento crucial de creación ciudadana y de desarrollo humano.

Por eso para hablar de carnaval habría que tener claro que esta gran fiesta está inserta en un fenómeno de importantes connotaciones políticas, sociales, económicas, históricas, geográficas, estéticas y folclóricas. Y por todo ello fundamentalmente culturales.

Es decir, lo cultural es una resultante de todas esas implicaciones, y no un aspecto que se pueda aislar para mirarlo independientemente. Por eso en nuestro medio la Cultura es una dimensión que suele estar desarticulada de todos los demás componentes y de allí surge su precaria importancia institucional, que se refleja especialmente en los presupuestos.

Rostro o máscara el Carnaval nos representa a todos en el Caribe colombiano. Esa es sin duda una verdad de fundamentos culturales y existenciales que pocos darían en discutir. Más allá de que personalmente nos guste o no hay una esencia cultural  que es irrenunciable.

El Carnaval es una entidad cultural del Caribe. Foto: Haroldo Varela

Barranquilla tiene entonces que ser consciente de que  el Carnaval es una entidad cultural del Caribe por la que a ella le toca responder.  Por eso  el Carnaval, además de  sus incidencias como fiesta, como forma de estar juntos en la ciudad, debe pensarse  como expresión, como destino, como experiencia, como producto. Y el nuestro está pidiendo a gritos desde hace rato una revisión de su concepción, su vivencia y su manejo.

Y este es un compromiso que exige a fondo una posición cultural de principios y una capacidad de revisión y crítica más allá de todo interés que no sea el del intento de arrojar luces, producir ideas y  enfrentar prejuicios, en la búsqueda de una noción clara que concilie Carnaval, educación, cultura y desarrollo.

Por eso la tarea es entonces la de intentar una serie de abordajes de aspectos  cruciales al momento de mirar el Carnaval como una compleja estructura de símbolos y procesos culturales de alcances políticos, administrativos, económicos, de organización urbana y de manejo de orden público, entre otras repercusiones.

Y una empresa de esta envergadura involucra no sólo a la institución creada especialmente para que se encargara de administrar y darle cauces culturales a esta fiesta, sino a todos: a los habitantes comunes y corrientes, a las entidades gubernamentales a la luz de los nuevos aportes legales y constitucionales referidos a la cultura en el país.

Es definitivamente urgente una mirada que tiene que revisar lo pasado, mirar la historia, las experiencias de las diferentes generaciones, las instituciones educativas, las autoridades, la industria, el comercio, los trabajadores del arte y la cultura,  para poder tener una noción de fondo de lo que el Carnaval puede ser como celebración que signifique profundamente una forma de ser y sentir no sólo para todos los habitantes de la ciudad, sino para que todos aquellos que lo viven de manera excepcional como una experiencia turística.

El Carnaval permite la interacción y la mezcla de las diferentes clases sociales. Foto: Haroldo Varela

 El Carnaval, como escenario cultural del anónimo, del que no tiene pergaminos, permite la interacción y la mezcla de las diferentes clases sociales en medio de una particularísima dinámica de la diversión, la burla, la trasgresión, y la “mamadera de gallo”, que es lo que en el fondo permite que esta fiesta sea en verdad un espacio de sana convivencia, y en este sentido sea un modelo casi indiscutible a nivel de otras regiones del país, especialmente en el contexto de las múltiples violencias del país.

Sin embargo, hay que revisar también la idea que ha ido tomando cuerpo, de que algunas manifestaciones populares, como los bailes en las calles de los barrios, por ejemplo, han empezado a ser considerados como un factor de peligro y como elementos generadores de problemas de orden público.  Es necesario entonces definir una clara posición institucional y una consulta  amplia nivel de los diferentes estamentos del carnaval.

El problema de esos bailes populares está dado por el hecho de que viene, o bien desapareciendo con las limitaciones y las prohibiciones legales, o bien su sentido solidario de la diversión en la vecindad se ha ido desdibujando y deformando, hasta el punto de generar cierto rechazo de la propia comunidad.  Aquí sería muy útil tener bien en cuenta, especialmente para llamar la atención de los puristas y a la vez la de los progresistas e innovadores, de que el Carnaval no puede seguir siendo igual al que se hacía en el villorrio que era Barranquilla  hace cincuenta años.

Hay que estar preparados para conciliar sabiamente la nueva circunstancia histórica, económica, social y cultural de la ciudad, para ir dándole forma a un carnaval que no se divorcie de sus raíces, pero que tampoco se detenga la dinámica imprevisible de su desarrollo, que tiene que estar necesariamente referida a la vida de la ciudad día a día durante todo el año, y en el marco de las turbulencias del mundo contemporáneo.

 

 

 

El Carnaval permite la interacción y la mezcla de las diferentes clases sociales

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