"Para el ateo Dios no existe...pero es el culpable"

"Cada época tiene su pandemia, el Coronavirus es el producto de la globalización y una industrialización descarnada"

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abril 16, 2020
A Antonio le oí “De haber sabido que esta vida sería así mejor ni nazco”. Foto: Leonel Cordero/Las2Orillas

Algunos agoreros  ven en esta pandemia, en el cambio climático y en otras alteraciones de la tierra, una manifestación de las profecías del Apocalipsis, como si fuera éste un libro de “futurología” destinado a entretener la curiosidad de los posibles lectores. Este escrito que cierra la Biblia, solo revela las glorias del Señor Jesús, especialmente desde el punto de vista de su victoria final al término de los tiempos, cuando “el bien triunfe sobre el mal”, pero “nadie sabe ni el día ni la hora” (Mr 13:32). Otros están gritando los signos de los tiempos, que muestran la furia de un Dios vengativo ante una sociedad que parece haberle dado la espalda. Desde la ciencia quizás podamos decir que estos “virus” han existido siempre;   pero, desde la fe, sabemos que estos males terribles por nadie deseados, han llevado al ser humano a mayor solidaridad al considerar que cada persona que sufre, puede ser objeto de nuestro amor y ayuda.

Ahora; cada época se destaca por una enfermedad. Quizás el coronavirus es la más famosa en este momento, -aunque no es la más cruel-, porque en ella se imponen las consecuencias del mundo globalizado, la desproporción entre lo rural y lo urbano, la desigualdad entre países, el impacto de las redes sociales, el poder de los medios, y también la velocidad de la información,  alguna veraz sí, pero que pierde credibilidad en medio de la avalancha de noticias falsas que ocultan la triste realidad del submundo que a nadie le interesa.

Es que, a quién le importa por ejemplo que en tiempos normales sin pandemias, alrededor de 24.000 personas mueran ‘cada día’ de hambre o por causas relacionadas con el hambre; que hoy en día, aparte del Covid 19, un 10% de los niños de los países en desarrollo mueren antes de cumplir cinco años; que unos 800 millones de personas en el mundo sufren de hambre y desnutrición?  A quién le importa que de acuerdo con datos de UNICEF, 151 millones de niños y niñas son víctimas del trabajo infantil; y casi la mitad (72,5 millones) ejercen alguna de las peores formas de trabajo infantil, como esclavitud, trata, trabajo forzoso o reclutamiento para conflictos armados?

Paradójicamente esta información es proporcionada con una frialdad pasmosa por  la ONU y los organismos internacionales que de ella dependen y que son quienes dan a conocer solo estadísticas y estudios con las terribles cifras de pobreza y desigualdad a las que son sometidos los niños y niñas, pero que no hablan de lo que deberían hacer para erradicar los males de raíz los 7 G o los 20 G, países que sostienen a esos organismos creados solo para mantener a una burocracia compuesta por  privilegiados amigos de los Gobiernosde turno.mundo.

La invasión mundial del coronavirus está haciendo resonar sirenas estridentes de alerta máxima en todos los cerebros humanos a través de la información metódica de infectados y  muertos a escala planetaria; información masiva que incrementa angustias y preocupaciones.

Ante tantos sufrimientos y tantos miedos acumulados saltan con fuerza interrogantes hirvientes: ¿Quién es el responsable de tanto desastre? ¿Hasta cuándo durará? Hasta dónde? ¿Es todo esto un castigo de Dios? ¿Es verdad que Dios nos está probando? Así lo afirman algunos muy serios personeros religiosos.

¿Qué papel entonces desempeña Dios ante esta pandemia? ¿Cómo se comporta? ¿Le podemos pedir su ayuda?

En primer lugar tenemos que ser conscientes de que Dios respeta a la Naturaleza que él mismo creó. Respeta las energías que él mismo le infundió. Pero si nosotros no respetamos esas energías, este pequeño planeta azul castiga a sus trasgresores. Hemos destrozado la capa de ozono que nos defendía. Las selvas las estamos convirtiendo en desiertos. Los hidrocarburos, sacados de las entrañas de la Tierra, asfixian a nuestra atmósfera. Por todos lados pululan gérmenes que desarrollan los genes cancerígenos. Realizamos manipulaciones genéticas imposibles de controlar a la larga. ¡Irracionalmente culpamos a Dios de muchos de nuestros males siendo nosotros los irresponsables!

Dios respeta la libertad humana, que él mismo nos otorgó, como condición indispensable para poder amar… Si los humanos nos empeñamos en realizar disparates, él no nos ataja: nos respeta con pena…

Jesús afirma que él sufre con los que sufren y espera que los no infectados sepamos ayudar a los enfermos, como si fuera  Jesús mismo. También amamos al prójimo si nos quedamos en nuestras casas evitando el contagio...y por qué no decirlo, también honramos a Dios lavándonos las manos…y usando tapabocas.

Ahora bien; para el ‘ateo’ Dios no existe...pero El es el culpable.!

 

 

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