Opinión

Palíndromo

“Voces de Chernóbil”, de Svetlana Alexievich es una polifonía de monólogos y coros, un canto profundo sobre la dificultad de leer el drama de la explosión de la central nuclear

Por:
octubre 18, 2015
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Leer correctamente. Todo lo que mejore la capacidad de visión y comprensión. Nuestros sentidos, confiamos en ellos. Sentados ante la nave espacial del oculista viajamos al fondo de la percepción y tratamos de adivinar o leer si esa pequeña O es más bien una cé minúscula… decimos, preguntamos… sí lo es, y luego quien nos ausculta pregunta: cómo ve mejor, así (un click) baja el espejuelo… o así (otro click), otro espejuelo… es casi igual, imperceptible, con uno de ellos, supuestamente veremos mejor… dudamos, decimos… sí, con este… igual dónde decía amor, tal vez se lea roma.  Y no hay gafas para ello, no hay curso, solo conciencia.

Svetlana Alexievich, premio novel de literatura 2015, en su libro Voces de Chernóbil – crónica del futuro, presenta una polifonía de monólogos y coros, una especie de canto profundo sobre la dificultad de leer el drama de la explosión de la central nuclear desde el dolor oculto e insondable que se esconde debajo de la apariencia, abajo en la tierra, invisible en el agua, sigiloso. Es una escritura de la tragedia del progreso que se agazapa en la infinitud de la partícula perenne, de las pequeñísimas partes que escaparon del reactor y que andan sueltas, volátiles, viajando, llevando u  mensaje de destrucción lenta y en modo infinito, sin prisa, a través de las exhalaciones y de los años. Esta vez, los hombres habremos de leer aquello que está escrito sin mensajes legibles, para siempre y colorín colorado.

Svetlana-Alexievich

Ella es periodista, nació en 1948, es bielorrusa. Cultiva el género de la “novela de voces”, de testigos comunes que a partir de la construcción de una especie de monólogo conforman un coro, un collage en donde la ficción y la realidad se sobreponena partir de una entrevista, de un largo perfil a la manera del periodismo pero también es claro que ella da un paso más allá del género y de ello surge un lirismo mesurado que se expresa en frases cortas, silencios y suspiros en medio de las ideas,  y el narrador, siempre ahí, contando, pero diciendo como un médium,  como un guía a las zonas más oscuras de la rabia, del dolor y de la duda.

Tal como en Chernóbil hoy,  en esta “novela” todo se narra tan bello, todo se muestra hermoso, pero cada monólogo es una faceta de lectura profunda sobre el sentido de la vida que duele, y tanto. Hay narraciones como la de quien tenía que irse de la casa, y más que del lugar, de la memoria expresada en una puerta que fue el soporte donde descansó el cuerpo inerte de los abuelos, y también en donde se apoyaron las cabezas una vez vivaces de los niños para constatar el crecimiento… pero de eso ya nada más, solo el silencio, de los hombres y de los animales. De esas historias sabemos tanto allá como aquí.

Una pregunta se hace durante todo el libro, una que no tiene respuesta: ¿quiénes somos?  ¿Porqué el aspecto de las tragedias cobra tantas veces la misma faceta? Primero actuamos como si nada pasara, leemos sin leer, nos negamos a ver, y luego, como en el Titanic, se brinda por vivir mil años más, los músicos tocan sin parar, hay parejas de baile, las mesas están llenas, y abajo, en lo profundo, el agua corre violenta, asciende, rompe obstáculos, hace pesado los pies, y también, como en los naufragios, los animales no saben que para ellos no son los botes salvavidas, que no hay para la vida, que en últimas tal vez no es la vida la que se está salvando, que finalmente no sabemos qué estamos sacando a flote, que se hunde.

La tragedia siempre altera la lectura de la frontera. Chernóbil, como una de esa lista terrible,  lo ha hecho con la relación con el tiempo, con lo visible, y en especial con la naturaleza y con el miedo. Hoy en la belleza del bosque florecido se oculta el temor consciente de una tierra que se ha transformado, que trata de asimilar la radiación pero que oculta la enfermedad en medio de su esfuerzo, y por eso se ha quedado sola, resistiendo con los que se han refugiado en esa porción enferma del planeta, buscando arraigo donde no hay raíces, no como las de antes.

Pareciera que hablamos y leemos sobre otra esfera, sobre un momento de otro planeta lejano, distante, porque el nuestro es  esta porción verde y tropical. Pero y si cambiáramos las palabras por otras, si leyéramos detrás de las señales, tal vez este libro, distinguido hoy como una pieza fundamental de la literatura, nos trajera un mensaje de botella sobre el sufrimiento todo, sobre el cambio todo, sobre lo irreversible todo, sobre el fuerte deseo de que todo cambie pero que nada se transforme, o al revés. Roma o amor. “A hombres como los que aparecen en los libros, yo no los he visto. No me he encontrado a ninguno. Todo es al revés. El hombre no es un héroe. Todos somos vendedores del apocalipsis”, dice Serguéi Gurin en el libro. Pero también, hay milagros, y actos heroicos, y creaciones,  y jardines y bailes, arte y vida.

He pensado en el juego del palíndromo, en lo divertido que es leeradán, amar, animal, odio, oír, atar, notar, arroz… ante el espejo, de derecha a izquierda, click, otra cosa… ¿ves mejor así? Lees mejor así. Capicúa de la vida, con gafas o sin ellas.  Lectores del derecho y del revés, también eso somos.

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