Opinión

Lo de siempre, implacable

Fotografía directa de Hernán Díaz donde jamás hubo manipulación y donde la aproximación humana era el único objetivo

Por:
octubre 17, 2015
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Hernán Díaz fue de la generación de los grandes artistas. Colombiano que logró ser parte de la modernidad de la mitad del siglo XX  junto a Fernando Botero o Alejandro Obregón.

La niña del molino, Bogotá, 1968

La niña del molino, Bogotá, 1968

Trabaje con él y supe sus caprichos y rebeldías  en la revista Cromos cuando el director era Alberto Zalamea. También conocí al ser humano con enorme talento que respetaba la vida y la condición de las personas sin querer  dignificar sus condiciones. Que  en la exposición de la nueva Galería Lamazone, trata de rescatar esa bella humildad que puede ver un ser sensible ante una realidad donde todo tiene las características de un mundo pobre con alma, a pesar de que fue el retratista de los grandes de Colombia.

Vendedor de perritos, Bogotá, 1963

Vendedor de perritos, Bogotá, 1963

Hernán Díaz tiene una exposición bella que nos cuenta cómo fue formándose  con los mejores y más modernistas fotógrafos de su época: Cartier Bresson, Irving Penn o Richard Avedon quienes  fueron los máximos exponentes de la fotografía norteamericana. Por eso Hernán Díaz superó su rango, dejó testimonio de lo que hoy es una evidencia contundente donde la fotografía es un arte. Cosa que hoy, es inevitable.

Pero él  construyó su mundo a su manera. Resteando la idea directa de la imagen, respetando el universo de la  luz y mil sombras donde el culto a la luz natural fue su principio básico. La luz y sus mil grises en blanco y negro y donde los  reflejos fueron sus únicos argumentos. Fotografía directa donde jamás hubo manipulación y donde la aproximación humana era el único objetivo. La fotografía estaba en contacto con su realidad.

En la circunvalar, Bogotá, 1971

En la circunvalar, Bogotá, 1971

Lejos de la riqueza y la arrogancia de los poderosos  —de la cual él fue parte— esta exposición muestra su lado más humano. Paisajes que como nadie los de la Guajira, catatumbas silvestres, niñas campesinas que muestran la pobreza con dignidad, sus amores que fueron los pescadores en el mar. Las niñas campesinas que logran su dignidad dentro de la pobreza del trabajo o las mujeres negras que conquistan la imagen bella de ese mundo que él llamó Cartagena Morena que en su mesura construyen una imagen de honor  de la siempre pobreza infame mientras se ríen alegremente debajo de una sombrilla o, mientras caminan por la calle colonial con su palangana de frutas en la cabeza.

 

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