Todas las historias, todas las miradas, desde todos los rincones

Palabras en el lanzamiento del libro “La pasión de escribir”

Por: Joaquìn Bretón Fajardo.
Noviembre 15, 2013
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2Orillas.

Muy buenas tardes, queridos amigos y amigas de las letras, no de las letras cambiarias, que ellas son harinas de otros costales, muy onerosos por cierto. Estamos hoy aquí en este cálido recinto reunidos para departir en general del oficio de escribir y en particular para hablar del poeta Antonio Acevedo Linares. Hay quienes se creen poetas, aferrados al vaivén de la casquivana iluminación momentánea y al frío calor de sus sentimientos, casi siempre municipales y no universales, pero en mi opinión, que puede estar errada sin hache, no hay tal. Quienes son poetas de verdad verdad y no de mentirosa verdad no dependen de la inspiración ni de sus sentimientos. No. Ellos son poetas a todas horas, aun dormidos beatíficos en jergones o sentados estípticos en sanitarios, pues la poesía vive en ebullición dentro de ellos, en sus dendritas y neuronas, en sus ventrículos y aurículas, en el tacto de sus manos y sus dedos y sus uñas, en su respirar y sus pestañas. Tal sucede con el caballero aquí sentado a mi derecha, respira poesía, así muchos no lo detecten o presientan. En términos generales no me agrada la buena poesía, me mueve a envidia: un buen poeta es capaz de con un párrafo asir el universo con manos de seda, con una palabra como hacha derribar un árbol y con otra como abono levantarlo intacto. Yo no puedo. Y, créanme o no, lo he intentado. Me placen los poetas que generan beldades abstractas en silencio y sin esperar zalemas o pleitesías. El poeta genuino ha de maniobrar con su pluma todos los días y todas las noches, bien o mal, bello o feo, caso contrario se intoxica, se ahoga en la hermosura que genera y al mundo le importa poco. Me atraen los poetas malditos, esquizofrénicos, como Verlaine y Baudelaire, los extravagantes, pintorescos, musicales e innovadores como León de Greiff, los caseros y profundos como el tuerto de la Cartagena de Indias, quienes bordean el precipicio del suicidio, el alcoholismo y el crimen como Poe, discriminados y enjaulados por su sexualidad errónea pero válida como Oscar Wilde, drogadictos a la manera Thomas De Quincey, místicas como las monjitas aquellas y para no aburrirlos más, apesadumbrados y certeros como el peruano César Vallejo, a quien venero, en cuya presencia me quitaría el sombrero, gran parte de la ropa y en cuyo honor un equipo de balompié con buen suceso participa en la liga profesional de su país. Antonio no cabe dentro de ellos, es de carne y hueso, es real, puedo hablarle, hacerlo sonreír e intuirlo. Los otros no, para mí tan solo existen en sus páginas y en las biografías que otros escribieron y así ¡¿qué gracia?!
Voy a salirme un tantillo del tema del oficio de escribir en el sentido general y voy a particularizar para contarles mi experiencia como escritor expuesto al público y no oculto en la penumbra vaga de su pequeña alcoba. Aquí hablaré de lo sucedido en la casa del libro total, anécdotas, angustias, dudas, etc. Gracias por oírme, ahora tiene el verbo nuestro amigo Antonio. Aplaudámosle ahora y aplaudámosle al final.

Por Guillermo Reyes Jurado
Escritor santandereano y ex Cónsul en Venezuela.

Maestro
Antonio Acevedo L, poeta y escritor
Maestro
Joaquín Bretón, escritor y cuentista.

Respetable público.

Asistimos hoy, jueves 14 de Nov del 2013, al lanzamiento de un libro escrito y publicado por Antonio Acevedo L, titulado La pasión de escribir. Es una obra bien escrita, de 128 páginas, papel fino, y elegante caratula. Contiene artículos, ensayos y entrevistas y un magnífico prólogo del también poeta y escritor Ramiro Lagos. Escribir un libro es tarea un poco difícil. Publicar ese libro un poco más difícil. Por qué? Voy a explicar las razones. Para escribir un libro se necesita inteligencia, una buena dosis de voluntad, un poco de papel blanco, y un lápiz bien afilado. Para publicar el libro se necesita, a más de lo anterior, algo que no tienen sino muy pocos escritores. Qué es? Pues sencillamente dinero. Y dinero en abundancia algo así como un millón de pesos. Ni el gobierno, ni la clase política, ni la clase empresarial, ni la iglesia católica, ni los hacendados contribuyen a la publicación de un libro. A toda esa gente le importa un comino que se publiquen o no se publiquen libros. Ellos no leen nada. Lo único que les interesa es hacer negocios o llenarse de plata. También concurrir a los centros sociales a comer, charlas pendejadas, tomar trago y bailar rumba.

Ahora si entremos en materia. El más prodigioso invento del hombre, el que más denuncia su condición espiritual y su inteligencia, ha sido el libro. Los primeros libros fueron en los ladrillos cocidos de los asirios, en signos grabados en piedra como el código de Hamurabi, o en los grandes murales policromos como las inscripciones egipcias, en las tablillas enceradas de los romanos, en pergaminos o en papel, prodigiosamente miniado por los frailes medievales o toscamente impreso por la máquina primitiva de Gutember. El libro conservó y difundió el conocimiento, registró los esfuerzos por la superación moral y material de la especie, inspiró nuevos procesos, fijo las normas del derecho, invitó a meditar a las personas, hasta el punto de que el hombre fue capaz de construir un cerebro electrónico y una nave especial. Ciertamente, como lo anota Antonio Acevedo L, escribir es un pasión. Una pasión de envuelve al hombre, lo ata, lo subyuga, lo acompaña hasta la hora de la muerte. Cuando el escritor publica el primer libro, empieza la fiebre. Quiere escribir y publicar el segundo libro. Y luego el tercero, y el cuatro y cincuenta libros más. Lo digo yo, que escribí y publique veinticuatro libros entre novelas, cuentos, biografías etc. Deje de escribir porque la vejez me lo impidió. Las ganas siguen intactas.

No será más por ahora. Si quedaron satisfechos con mis palabras, aplaudan (risas). Si no le gustaron mis palabras, aplaudan también (risas y aplausos). El ruido me hace feliz. A quienes les fastidia el ruido es a los muertos. Yo estoy vivo todavía.

ColomboAmericano Bucaramanga. Nov 14 de 2013.

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