Otra misa…
Opinión

Otra misa…

La vida es sagrada. Pero no, en las calles de Bogotá sigue valiendo un celular

Por:
septiembre 07, 2017
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El dato. Más de 770 000 celulares se han robado en Bogotá en lo que va del 2017 y cada treinta segundos se roban un celular en la ciudad según la Policía del Distrito.

Leyendo esta cifra, recordé que ya van más de dos años cuando con profunda tristeza escribí sobre la muerte de Santiago Blanco, compañero de apartamento y amigo, a sus 22 años, quien perdió su vida por robarle su celular. Esperando no quedará como un papel más, con una denuncia más de las muchas que llegan a los despachos de la Fiscalía nuevamente escribo, y aún más cuando es un delito que va en aumento.  A la investigación, tan prometida por la Fiscalía desde ese entonces, ni le han asignado fiscal responsable. Y todo sigue como si nada, supe esta semana cuando en el centro conversé con su madre.

Aunque en la Constitución, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en otra cantidad de papeles dice “la vida es sagrada”, en las calles de Bogotá sigue valiendo un celular. El lunes pasado recibí invitación a una nueva misa en su nombre. Mientras el país no se desconcentra de la venida de Francisco, el papa al que se encomiendan Maduro, los Castro y al que me negué ir a ver. El Partido de las Farc, su baile, los magistrados, bla, bla, bla yo recuerdo a este costeño alegre, que soñaba con ser alcalde de su natal Cartagena.

 

Lo mató un país que nos duele en las entrañas.
Su luz la apagó una historia que se repite una y otra vez
como si no fuese un disparate

 

Lo mató un país que nos duele en las entrañas. Su luz la apagó una historia que se repite una y otra vez como si no fuese un disparate. Pedir justicia es elemental, otro desatino más sería la impunidad. Ahora, no puede cesar allí la indignación. En Colombia donde lo absurdo se confunde con lo normal, la moraleja debe trascender una condena judicial. ¿Que caminar de noche en Bogotá, en Medellín, Cali o en cualquier otra ciudad colombiana es imprudente? ¿Qué Santiago “dio papaya”? Me niego a aceptar tales comentarios. La necedad no es de quien camina en las calles de su ciudad a la hora que le venga en gana.

Lo inconcebible es que no se pueda hacer, que Bogotá esté corroída por el delito y que los delincuentes sean premiados en un mercado negro que funciona como el más legal de los negocios, ¡y a los ojos de todos! Si la sociedad no se rebela contra la ilegalidad, los homicidios persistirán. Aquí las instituciones y los ciudadanos saben bien dónde se venden los bienes robados, el celular de Santiago.

Si el Estado no decide desmantelar las mafias y la gente insiste en adquirir elementos hurtados, el crimen se mantendrá intacto. Por suerte caerán algunos de sus actores, pero el sistema seguirá campante. En memoria de Santiago la legalidad nos debe convocar a todos. Colombia no puede seguir arrodillada ante el delito ni debe permanecer sumergida en la desigualdad social. ¿Cambio de tema? No, el coste murió víctima de la ilegalidad, pero también de un mal que hace décadas padece este país, y que bien describió su madre, doña Sofía: una juventud sin esperanza.

El colegio que se cae, el recorte a Colciencias, el partido político que nace millonario con secuestrados a bordo,  el desayuno que falta, el hogar sin padres, la casa de ramas, la droga y el alcohol, piezas de una crónica triste, que encierran la vida de miles de jóvenes colombianos, de jóvenes como esos que sin parpadear, y sin mayor dificultad, le quitaron la vida a Santiago.

Pedir justicia penal a los que cometieron el delito es un deber. Clamar justicia social para quienes están en el límite de ejecutar estas atrocidades es una obligación. Como lo señaló doña Sofía con profunda sabiduría: “El golpe más contundente a las fuerzas del mal —que le arrebataron a su hijo— sería las oportunidades que pudieran dársele de verdad a la juventud nacional, oportunidades que hoy no encuentra”. Pasan y pasan los días y todo sigue igual.

La frase que se repitió nuevamente esta semana, como ya varios años, se sigue escuchando con frecuencia en toda Colombia: “Descansó en paz a otro joven con sueños”.

Ojalá el fiscal Néstor Humberto, a quién admiro profundamente, pueda poner el dedo en la llaga, sobre este delito que está disparado en nuestro país. Mientras algunos se emocionan con las cortinas de humo, la realidad muestra la descomposición que campea en nuestra  sociedad. Esas cifras del diario vivir y sin distinción de posición política alguna, no cuentan. Todo sigue tan campante. Ramplonamente campante.

@josiasfiesco

 

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