Ocho mil segundos infernales en una sala prioritaria de COVID-19

Ante los primeros síntomas, Edgar se fue al Hospital La Misericordia de Calarcá. Así fue su experiencia

Por: Edgar Augusto Torres Sotelo
febrero 03, 2021
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Ocho mil segundos infernales en una sala prioritaria de COVID-19
Foto: Leonel Cordero / Las2orillas

Horrible pensar en un contagio. Son las 11: 40 a.m. Una blanca sala de urgencias alberga una mujer embarazada y a un hombre con un dolor abdominal infernal. Pasa un abuelo en una camilla con tres enfermeras, cruel.

Cada vez que alguien se acerca pego un salto para evitarlo, para tratar de cumplir con dos metros de distanciamiento. Pese al calor, no me quito los dos tapabocas que utilizo. Me echo gel en las manos cada que me acerco al dispositivo.

Estoy en el Hospital La Misericordia de Calarcá, departamento del Quindío. El doctor Navarro, uno de los apóstoles del lugar, me recomendó ir a la zona de COVID-19. Un lugar al lado de urgencias. Salí, caminé tres pasos y obturé un timbre.

Mi carraspera, algo de dolor de garganta y en ocasiones jaqueca son un diagnóstico poco alentador en estas épocas.

Una enfermera medio abre la puerta con un palo en la mano. Me dice: "Buenos días".

Empiezo con mi rosario de explicaciones. Me hace entrar, me indica dónde sentarme, toma la presión y nuevamente le cuento una y otra vez los síntomas. Mis signos vitales están bien.

Siempre siento miedo de ir al hospital local por sus nefastos antecedentes. Esta vez estoy en manos de sus especialistas. A las doce del medio día miro la foto de mi hijo. Tiene seis años y medio. Se quedó esperándome... me acuerdo de sus pilatunas y de mi esposa, lloro.

Estoy a unos cuatro metros de una joven que le dio un ataque de tos, de esos que duran hasta tres o cuatro minutos, como una alergia. Qué miedo, pienso.

Timbran para sacar la basura. Me doy cuenta de que no están acatando los nuevos colores. La pobre trabajadora de la salud tiene las tres bolsas repletas que logra entregar a no sé quién.

Completo silencio en el lugar, salvo algunas voces al fondo. Todo es blanco allí. En las sillas letreros de sí o no. Un estetoscopio, un viejo termómetro rojo, un aparato para tomar la presión, computadoras, fotocopiadoras.

La encargada pide su almuerzo a domicilio. Están acostumbrados ya a jugarse la vida todos los días de esta pandemia y lo mejor es tener fuerzas.

El personal médico es digno de admiración. El propio doctor Navarro estuvo en el filo entre la vida y la muerte. Un amigo suyo no tuvo suerte y murió por COVID-19.

Tosen, tosen y una señora pide un baño. Estoy paniquiado. iQué es esto, por diossss! Me froto las manos. Quiero salir corriendo. Abren esa maldita puerta y entran tres más.

Me llaman por celular y no contesto.

Insisten. No quiero hablar ni mierda... No entienden...

Solo hablé a mi pequeño hijo y a mi esposa. Estuve fuerte. No tuve ánimo para contestarle a nadie más. Recordé el relato de un amigo que casi muere y me entró un corrientazo.

En Calarcá la gente está exigiendo más control policial en la calle. Tienen en parte razón, pero es que con la vida no se juega y hay que cuidarla. No puede haber un policía por cada ciudadano. Todo depende de cada quién.

En mi caso lo hago, por eso me da rabia estar allí. No me reúno con nadie, uso el tapabocas y no me mezclo en tumultos. Cumplo todo, pero otros no.

Todos estamos sentados y miramos el celular. Me siento febril... Lina tiene dolor de garganta. Ella es una administradora de empresas y está así desde el viernes. No ha viajado. También se le ve el susto en la cara. Se sienta y nos repasa de reojo a todos.

Los enfermeros entran y salen. No dicen nada. Luz es una adulta de unos 64 años, acaba de ingresar. Adriana responde también el interrogatorio. Todos los nombres son de pacientes reales. Afuera de ese salón pasan sombras blancas. Gente que circula a la entrada de urgencias esperando un triage.

Esta es la sala prioritaria de La Misericordia. Me pidieron la cédula para fotocopiarla. Sigue la gente queriendo un diagnóstico y en últimas, la prueba. Abren y dan explicaciones. El acompañante de una señora empuja una silla de ruedas y en ella, una mujer desgonzada, sin fuerzas. Dicen tener síntomas.

¿Cuáles? Si uno se hace la prueba del test y sale positivo. Porque sí o porque no.

Una simple tos es una alerta con altas posibilidades de tener el virus. Es horrible estar allí sentado.

No funciona la fotocopiadora. Les digo que la desconecten. Me miran como diciendo: "Podría ser".

Recuerdo cuántas veces me he jugado la vida como periodista. Fui detrás del bloque de búsqueda tras imágenes de los capos de la mafia en el norte del Valle para el noticiero AMPM. Me amenazaron, me pusieron un oxidado cañón de fusil en la frente, logré escapar varias veces hasta de sicarios, en fin. De todas salí. Ahora no será diferente. Voy a luchar, pero tengo miedo.

Pintadito murió hace poco... Qué tragedia. Era un reportero gráfico y amigo entrañable. Él es el ejemplo ante una alerta. Para muchos, ante un solo síntoma, es mejor acudir y salir de dudas.

Un nuevo cliente del COVID-19 que entra al lugar dice haber tenido contacto con un contagiado... Tiene 46 años. Allí todos son personas relativamente adultas jóvenes.

Los segundos se hacen eternidades allí. Todos están tristes, preocupados.

Me llaman a la prueba. Trato de hablar con la enfermera. Es un acto desesperado... No quiero. Ella me sienta y pide que tire la cabeza para atrás y me destape solo la nariz y no descubra mi boca. Cosquillas. Menos de 40 segundos y el copo salió con mis mocos.

En Calarcá hubo nueve contagiados ese día y Quindío llegó a los 30.000 y más casos. En cinco días seré parte de la estadística negativa o positiva.

Salgo y me siento de nuevo en mi silla. Todos me miran. Me fastidia la nariz. Afuera hace un calor infernal. Contrasta con el frío que siento en la sala de espera prioritaria.

No quisiera salir a nada. Me gustaría que me llevaran a mi casa y ya.....

Me entregaron tres hojas. Dos con la prescripción y otra con las recomendaciones. Me levanto y salgo del lugar y solo busco a Navarro, no está. Ahora solo quiero hablar con papá. Lo llamo, pero no contesta, lo busco. Para que preocuparlo.

Con las manos en los bolsillos y evitando gente avanzo por la calle. Me siento en un andén y leo las fórmulas, suelto una carcajada, me recetaron acetaminofén. Alzo la cara y todos me parecen enfermos.

Cinco días tendré que esperar.

Cinco eternos días, un límite para la vida o la muerte, para saber sí estoy o no contagiado. Maldita sea.

No esperemos nunca llegar a esos sitios. Da un miedo inmenso, taquicardia, desespero. Cumplamos las normas y evitemos a quien no. Ahora a esperar los resultados. Una llamada vía celular. Otra tragedia porque el temor persistirá todos estos días, estará ahí.

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