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Monseñor Epalza: la voz de la cordura en Buenaventura

En sus 13 años en el puerto ha hecho de su sotana no sólo un símbolo, sino el abrigo de la gente desesperada de Buenaventura

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Mayo 16, 2017
Monseñor Epalza: la voz de la cordura en Buenaventura
Foto: Elpais.com.co

Doña Ermegilda se llamaba. Había enloquecido porque le habían dado veinte mil pesos para limpiar una de esas casas de pique. Creyó que podía quitar, de entre las rendijas de las baldosas, pedacitos de cráneo sin perder la razón. Pero no pudo. La sangre se le metió dentro de las uñas y el olor de la muerte se le incrustó en la piel. Monseñor Héctor Epalza Quintero le contó a todo el mundo el relato de la loca pero nadie le creyó.

Había llegado a Buenaventura en  mayo del 2004 reemplazando a monseñor Valencia Cano, quien era conocido como el Obispo Rojo por poner en práctica el único credo que sabía: la teología de la liberación. Ese mismo año el Bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia, al mando de H.H, se desmovilizó. Buenaventura se desangraba. Según la CNMH entre 1990 y el 2014 163.277 habitantes del puerto, la mitad de la población, fue víctima del conflicto armado. Se cometieron 4.799 homicidios, 475 desapariciones forzadas, 36 masacres y 152.837 personas estuvieron obligadas a desplazarse del lugar por la intensidad de la guerra. El desempleo era parte del orden establecido y superaba el 60 por ciento de la población. A Monseñor Epalza no le quedaba de otra que defender a su rebaño.

El terror de las Bandas Criminales que quedaban de la desmovilización de los paras se esparcía por el puerto. Entre mayo y junio del 2006 se encontraron 10 cuerpos desmembrados. El relato de Doña Emergilda tenía un asidero real. Pidió reunirse con el alcalde Saulo Quiñonez pero no pasó nada. Nadie hizo nada. Solo lo acompañó, con valentía, la comunidad religiosa asentada allí. Los grupos de la Pastoral Social, las lauritas, los franciscanos, los redentoristas, los salesianos, los javerianos de Parma, las misioneras del Sagrado Corazón de Jesús hicieron un frente en torno a él. Los pedacitos de los muertos seguían flotando en bolsas de plástico en el pacífico y todos volteaban la cara para no ver. Entonces, en octubre del 2006, se anunció un Consejo de Seguridad del Presidente Álvaro Uribe en el puerto.

Después de prometer un gran Complejo Industrial Portuario, un Malecón en Bahía de la Cruz, Centros internacionales de negocios y hoteles de lujo, se bajó del escenario a donde lo esperaba Monseñor Epalza. El obispo le contó sobre los gritos desgarradores que se escuchaban en los palafitos del Barrio Alfonso López, del Barrio San José. Gente que era desmembrada a punta de machete y motosierra. Le pidió al Presidente que tomara cartas en el asunto sin armar escándalo en los medios pero Uribe no lo escuchó. Al otro día las denuncias estaban en las portadas de los periódicos del país. Furioso Monseñor Epalza dijo que los consejos que promovía Uribe eran más de Inseguridad que Seguridad. Nadie dijo nada sobre los desaparecidos, sobre el horror de las casas de pique. Todos se quedaron con la imagen de un obispo al borde de la ancianidad que estaba histérico. Para colmo de males su cabeza ahora tenía un precio.

Dos semanas después cinco hombres llegaron a una escuela manejada por las monjas lauritas en las afueras de la ciudad, en plena Comuna 12. Entraron con la cabeza gacha y les mostraron un maletín lleno de plata. “Esto fue lo que nos dieron por matar a Monseñor. Es mejor que se vaya porque no queremos matarlo”. Un día después al propio Epalza le llegó una carta diciéndole que su destino sería el mismo que el de Monseñor Isaias Duarte Cancino asesinado en Cali en el 2002. Le pusieron un cuerpo de seguridad algo que lo molestaba profundamente –“Quien le va a creer a un cura que da la misa con escoltas”-  A la diócesis no le quedó de otra que trasladarlo. Duró un año fuera del Puerto y desde el exilio escuchaba las noticias de como los Urabeños, los gaitanistas y los narcos se disputaban el territorio. En el 2008, a sus 68 años, regresó a Buenaventura sordo a las súplicas de todos los que le señalaban el peligro. Ahí se quedó y se convirtió en la luz de un puerto en donde los hombres se estaban acostumbrando a morir jóvenes.

En el 2013 por fin sus denuncias tuvieron eco. Mientras estaba en Bogotá en la asamblea de Conferencia Episcopal, lo llamó el periodista Antonio José Caballero. Le preguntó por las casas de pique y el obispo le contó sobre Doña Emergilda. La noticia salió al otro día en El Tiempo y en todos los noticieros del país. Siete años después la barbarie por fin quedaba a flote. Las palabras de Eparza empezaban a tener eco: “Buenaventura es un puerto que le ha interesado al gobierno pero la ciudad no es más que un cero a la izquierda”.

El 21 de enero de 2014, en el aniversario de monseñor Gerardo Valencia, su inspiración en la Teología de la liberación, en plena homilía, Eparza gritó en la catedral del puerto ¡Buenaventura despierta!. La sangre en el puerto seguía corriendo: en el 2012 se registraron 122 asesinatos. En el 2013 la cifra subió a los 140. Por eso, el 19 de febrero del 2014, más de 30 mil personas desafiaron a los Urabeños, los Gaitanistas, las Bacrim que se disputaban el puerto y salieron a marchar para gritarles al país la crisis en la que estaba sumida Buenaventura. Un plantón, promovido en marzo desde ese mismo año por Epalza, paralizó a la ciudad.

La situación, tres años después, no ha cambiado. En los barrios siguen existiendo las fronteras invisibles y, de cuando en cuando, siguen apareciendo los muertos, las amenazas. Los jóvenes ponen los muertos mientras los políticos se ocupan de saquear el presupuesto, turnándose de grupo en grupo con un único propósito: robar. Monseñor Epalza no claudica. Insiste con sus misas  con escoltas y aunque las amenazas y la muerte lo ronda le preocupa más la vida de los otros. Su gente, la gente de Buenaventura, del Pacífico todo. A los 77 años el miedo quedó atrás hace mucho rato.

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