¿Por qué nunca fui mamerto?

"Los miembros de los grupos de izquierda siempre estaban en plan de conspiración. Se reunían en grupitos hablando en voz baja y muy atentos a que nadie escuchara"

Por: David Fernández
agosto 22, 2017
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¿Por qué nunca fui mamerto?
Foto: Vía Twitter

Estudié en un colegio católico con un cura-rector que no le temblaba la mano para ponérsela encima a quien osara portarse mal.  Eran los tiempos de la santísima trinidad de la disciplina escolar: el reglazo, el coscorrón y el manotazo. No había psicólogo ni los servicios de coaching, porque el cura ejercía esas labores de manera omninoda. Sus pequeños pero iracundos ojos azules y su piel blanca como papel de fotocopia lo perfilaba como si fuera un nazi. Su alzacuello clerical ahorcaba su regordete pescuezo que parecía una placenta rosada a punta de explotar. Aunque todos le temían cuando caminaba por los pasillos con su sotana blanca, nadie lo respetaba.

Fue célebre la muñequera, con patada voladora y todo, que se dio con un díscolo compañero de clase, que le respondió un coscorrón con un tremendo puñetazo en el pecho. Ese fue, a mi juicio, el episodio más dramático que yo viví en el bachillerato, porque, para esa época, pegarle a un cura, no solo era un irrespeto, sino una ofensa  contra el mismísimo Dios, por lo menos eso me dijo mi abuela, que me obligó a que me confesara por andar celebrando en silencio el puñetazo que le dieron al padre.

Que yo recuerde, el susodicho cura nunca entabló ninguna conversación con estudiante alguno, ni siquiera para convencernos de la doctrina católica. Así que éramos  católicos por nominación y no por convicción.

El cura era refractario hasta para el arte. Resulta que nuestro compañero Gustavo Anaya tenía la costumbre de pintar con su lápiz lo que su imaginación le dictaba. Y lo hacía en las paredes del baño y de la escuela. Un acto de vandalismo, por supuesto, pero los artistas son como los que tienen apremiantes necesidades fisiológicas, si no hay baño a la vista cualquier lugar es bueno. Un día lo hizo, como era natural, en el pupitre. Cuando el cura-rector  le preguntó con su rostro enrojecido quién había hecho “el mamarracho”, Anaya no le contestó porque él sabía las motivaciones y las consecuencias de la pregunta. Así que calló y borró (con sonrisa burlona en su cara) su obra de arte. Nunca en la escuela se dieron a la tarea de explorar a los estudiantes con talentos, porque los únicos talentos  que se reconocían eran a quienes dominaban el libro de Aurelio Baldor.

—Cojan ejemplo de Páez, o de Lagos, que son capaces de pasar al tablero y resolver los ejercicios de matemáticas sin problema-, gritaba con su voz ronca el cura rector.

Los que no teníamos la habilidad para las matemáticas éramos unos parias: unos seres infrahumanos que no cabíamos en el planeta del cura rector.

La escuela jamás hizo una genuina semana cultural para exhibir los talentos de muchos estudiantes. Nadie sabía que Gustavo Anaya era pintor hasta que lo vimos participando en una bienal muchos años después  y abriendo su propia escuela de pintura.

¿Pero eso qué tiene que ver con mi rechazo al mamertismo? Pues que la libertad que nos dejó el cura rector de escoger nuestra propia formación intelectual nos permitió volar por la ruta excitante del conocimiento sin prevenciones de ninguna naturaleza.

Cuando llegué a la universidad me sedujo el pensamiento de izquierda y me gustaba el espíritu contestatario de los líderes estudiantiles. Me leí juiciosamente los siguientes libros, que, según un ilustre profesor, eran los textos básicos que todo estudiante tenía que leer: el Capital de Carlos Marx, los libros de Engels, el librito de Economía Política de Nikitin, el librito de Lenin (Qué hacer) y el libro rojo de Mao, amén de muchos otros que crearon en mí una conciencia social interesante.  Pero lo que no me cuadraba era el espíritu sectario de los voceros de cada partido. Como si fueran misioneros protestantes hacían proselitismo sin dejar títere con cabeza.  Los de la Juco decían que los del Moir eran unos adúlteros de la fe comunista y criticaban los acercamientos entre China y USA. Los del Moir se despachaban con copiosos argumentos contra todos. Los Trotskistas se declaraban depositarios de la verdad y atacaban con dureza a los de la Juco.  Los del grupo Firmes, un poco más moderados, exponían sus argumentos sin atacar a nadie, pero en privado descuartizaban, intelectualmente hablando, a todos los grupos de izquierda. Los liberales y los independientes eran los que pertenecían al establecimiento y se les sindicaba de estar comprometidos con la descomposición política y moral del país. ¿Cuál era el grupo políticamente correcto? Vaya a usted a saber. Como en las religiones, cada quien vendía su producto  a su gusto.

Recuerdo que un seguidor de la Juco me encerró en el cuarto piso de la universidad para explicarme  por qué ellos representaban la verdad verdadera y los demás eran unos desorientados que estaban confundiendo a la comunidad estudiantil. Lo escuché atentamente, más por cortesía que por interés. Era un muchacho buena gente que creía de buena fe en su discurso y pretendía que todos pensáramos como él. Me citó tantas frases de Marx, Engels y Lenin en las dos horas de reunión, que sentí como si me estuviera haciendo un exorcismo. Al final me preguntó: “camarada, si tiene preguntas, este es el momento para hacerlas, para eso estamos, para concientizar a los compañeros”. Pero cada vez que le hacía una pregunta, se tomaba una hora en responderla. Calculé el tiempo y me di cuenta que íbamos a salir tarde y mi demonio antijuco no salía. Le propuse que continuáramos al día siguiente y aceptó a regañadientes. Al día siguiente, muy temprano, me abordó y me regaló un ejemplar de Voz Proletaria, y me dijo: “tenemos una reunión pendiente, compañero”. Para ponerle un poco de gracia le contesté: “yo pensé que habíamos terminado la tarea”. Y él, retirándose  raudo a su clase, y devolviendome humor por humor, pero me dijo: “esto es de varios polvos, compañero”.

Los miembros de los grupos de izquierda siempre estaban en plan de conspiración. Se reunían en grupitos hablando en voz baja y muy atentos a que nadie escuchara sus conversaciones. Si uno los abordaba cambiaban de tema,  salvo si uno pertenecía a la cofradía. A mi me simpatizaban todos, pero yo no le caía bien a algunos, porque me veían conversando con líderes de otros grupos y eso alimentaba la sospecha de que trabajaba para alguno de ellos. Esa prevención partidista me desesperaba y alejaba la posibilidad de cualquier militancia con ellos. Si repartía chapolas o pasquines de la Juco, era porque ya estaba matriculado con ese grupo; si hablaba en la cafetería con Toño Díaz (asesinado cobardemente por paramilitares en los 90s) era porque era un miembro de Firmes. No podía existir una amistad sino pertenecía a la aldea.

Un día, los de la Juco, que no se cansaban de buscar la forma de  llevarme a su redil,  me invitaron a dos eventos: uno cultural y otro a una fiesta de integración. El primero era con dos ajedrecistas rusas jóvenes que estaban de visita en la ciudad y la Juco aprovechó para invitarlas a su sede. Una de ellas tenía unos bellísimos ojos azules, nariz de reina y un cabello negro que contrastaba con su bien cuidada piel de porcelana. Mi percepción fue que  no estaban cómodas con la reunión. Estaban tensas, quien sabe si por cansancio, o porque no hablaban español, o porque el rostro severo de los camaradas las contagiaban, o porque su rostro reflejaba los primeros síntomas de la perestroika.

Luego nos fuimos a la rumba de integración, la cual se celebró en la sede de un conocido sindicato local. Yo estaba convencido que íbamos a rumbear y a pasarla rico, pero no fue así. Habían más hombres que mujeres, y estas últimas no eran universitarias, sino obreras llevadas allí para catequizarlas con el mensaje marxista. La música estaba buena: Salsa brava con Rubén Blades y su Pedro Navaja, la Sonora Ponceña, Benny Moré, Héctor Lavoe, etc. Pero nadie bailaba. Solo veía grupitos reunidos por todas partes arreglando el país y contando el trabajo adelantado en los sindicatos y en las universidades. Cuando pregunté si íbamos a bailar, un jerarquizado miembro de la Juco me miró con aire compasivo y me lanzó la siguiente expresión: “Compañero, no permita que el pequeño burgués que llevas dentro  te domine. Aquí estamos para divertirnos, pero también para integrarnos”. Descubrí entonces que yo era un burgués, pero sin plata ni tierras. Un burgués mental, y esa era una ofensa mayor contra un eventual miembro de la Juco y sus grupos afines. Mejor dicho, era lo que hoy sería un gomelo que lo está absorbiendo la brutalidad que ofrece la farándula y la llana información. Entonces me puse a leer, pero fue peor. Si me veían leyendo El Espectador, me criticaban porque era el espacio informativo de la burguesía.

“Compañero, aquí le regalo un ejemplar de Voz Proletaria. Y léase el artículo de Julio Silva Colmenares sobre Quiénes son los verdaderos dueños del país.

Si me veían leyendo a Marcel Proust, y su maravillosa obra El tiempo perdido, me decían que estaba perdiendo el tiempo. Eso me llevó a tomar distancia de los grupos de izquierda radical y a seguir por el camino de la libertad del pensamiento y el conocimiento.

Cuando me encuentro con algunos de ellos, nos burlamos de esos tiempos, pero otros siguen con su seriedad y creyendo que Marx, como Jesucristo, volverá a reinar el universo después que ocurra la “ fase superior del capitalismo: el imperialismo”.

¡Que Dios y el cura rector nos coja confesados!

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