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Nosotros, los desarraigados

“Los jóvenes necesitan una formación multicultural que abarque lo laboral, ecológico, humano, social y académico”

Por: José Rubio Martínez
Agosto 13, 2014
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Nosotros, los desarraigados
Imagen Nota Ciudadana

A partir de una reflexión sencilla podríamos decir que la cultura es una cuestión que debe ser abordada en una perspectiva esencialmente histórica y que es una condición sine qua non de cualquier proyecto humano, de cualquier búsqueda de sentido, de cualquier idea que se pretenda como punto de encuentro o exclusión, de aportar a la consolidación de sentidos sobre un bien común o del más feroz de los individualismos; es un ámbito de permanente disputa por legitimar, conciliar o acallar formas de ser. Es una cuestión que pasa por nuestra propia identidad, por aquello que consideramos o no como válido, como verdadero, como sincero y que usualmente denominamos “sentido común”. Apenas podemos hacernos una idea de los mares de tinta que al respecto han circulado en páginas y páginas; de los mares de saliva y pasiones que en conversaciones al respecto tienen lugar; de los mares de sangre en enfrentamientos entre unos y otros que tienen como consideración deseable el hacer reconocer y a veces imponer su manera de concebir el mundo, lo cual es, por supuesto, una forma de establecer maneras de decir y actuar.

La cultura es entonces una cuestión ligada, en su nivel más elemental, a la pregunta por el quiénes somos, por el qué hacemos y por cómo y para qué lo hacemos. Pero actualmente es también objeto que no está abandonado a que cada quien, desde una suerte de ingenua suficiencia, pretenda ser su formador y representante o una suerte de cajón que la alberga a toda ella y que, desde su extrema individualidad y desarraigo, se diga portador de la verdad. En los estados modernos, hay instituciones que tienen como tarea el diseño, planificación y puesta en marcha de políticas públicas y privadas con el objetivo de orientar, a partir de presupuestos que debieran ser éticos-políticos –y por lo tanto históricos, es decir, a la luz de las necesidades que el análisis del momento y del horizonte hacia el que deseamos caminar arroje-, todos esos planes y sueños que privilegian unas miradas, las más altruistas depuradas por la experiencia, se supone.

No obstante esto, cabría preguntarnos qué tan públicas y privadas son dichas políticas, realmente qué principios las orientan; si se corresponden o no con una visión que busca el engrandecimiento humano o todo lo contrario o si quiera si se plantean con seriedad. Encuentro, por ejemplo, un informe de rendición de cuentas del 2013 de la Alcaldía de Bucaramanga (Ver: http://goo.gl/XpJ2Th) que en su página 33 dice: “Los jóvenes necesitan una formación multicultural que abarque lo laboral, ecológico, humano, social y académico, teniendo en cuenta la realidad del contexto de nuestra ciudad, por ello nace el proyecto de formación integral, como una estrategia de abordaje a la construcción social juvenil. Se han realizado diferentes actividades de capacitación en técnicas de estampados, cursos de Belleza; entre otros. Beneficiando a 1.355 jóvenes, superando ampliamente la meta planteada en el Plan de Desarrollo.”

La pregunta es básica: ¿la formación multicultural y las dimensiones que allí consideraron (ecológica, humana, académica…) como parte de ella se corresponden realmente con los cursos de belleza y estampados? Hay un “entre otros”, podría decirse. Un “entre otros” que significa cualquier cosa, que salva a cualquiera, que justificaría semejante horror. Un solo ejemplo de la barbarie institucional –uno solo de los muchos que se encuentran en dicho informe y no me imagino en cuántos más- para notar hasta qué punto aquello que orienta algunas políticas públicas parece ser la desidia cuya consecuencia última es una masacre de las posibilidades humanas, antecedida por la pérdida de confianza en las instituciones, por el paso a la constitución de seres fragmentados que refuerzan la de por sí imperante cultura del egoísmo y el desarraigo que ciudades –administraciones- acéfalas como esta promueve y que terminan por aportar a una cultura que es de todo menos humana. Nosotros, los desarraigados, naufragando en mares de “entre otros”, golpeados una y otra vez con la puerta de la incompetencia en el rostro. Nosotros los desarraigados, ¿condenados a la impotencia de ver decir y ver hacer una parranda que se devora todo futuro? Nosotros, los desarraigados, los que ya hemos sido desterrados del futuro antes de que llegara.

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