¿Nos le medimos a la dignidad?

Se los juro, cuando lo hagamos alcanzaremos el derecho de ser considerados verdaderos seres humanos y recuperaremos el autorrespeto que no permite la humillación

Por: Juan Mario Sánchez Cuervo
Octubre 11, 2018
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¿Nos le medimos a la dignidad?
Foto: Pixabay

En una nota reciente hablé de la autenticidad. Ahora nos convoca la dignidad: una y otra virtud van de la mano, y esto significa que sin autenticidad no puede existir la dignidad; y, sin la dignidad es imposible la autenticidad.

Se preguntará el lector acerca de mi autoridad moral para hablar de dignidad: tengo autoridad moral, la autoridad que me da el hecho de haberla perdido, una, dos, quizás tres veces… y recuperarla al punto de prometerme a mí mismo no volverla a perder así el costo sea el supremo: la muerte. Porque la dignidad vale más que la vida, y en el momento que se pierde la dignidad de inmediato se pierde el carácter, el amor propio, la humanidad. En otras palabras, ya no se es persona, y queda uno convertido en algo menos que un gusano, una babosa, o una cosa. Los gusanos, las babosas son dignas aun cuando reptan y se arrastran auténticamente por el suelo… y en cuanto a las cosas… supongamos una piedra, tiene tanta fuerza y consistencia que per se la convierte, al igual que el agua, el árbol, una flor, un animal, una estrella… en un ser digno, sólido, inquebrantable en su esencia.

Sí, al menos dos veces perdí la dignidad… la primera en mi pubertad, siendo todavía un niño: asumí la actitud de un cordero que es un conducido al matadero… tuve que haberme hecho matar en esa ocasión en vez de permitir lo que permití, por miedo, por cobardía, porque caí en un shock nervioso… no hablaré del suceso… qué importa el suceso… el caso es que a pesar de mi escasa o nula culpa perdí mi dignidad. En mi adolescencia, recién asesinado uno de mis hermanos, un sujeto con despiadada crueldad, y en mis propias narices me hizo preguntas tan indiscretas e impúdicas, y comentarios tan irrespetuosos, insolentes e injustos alrededor de mi hermano que debí lanzarle un escupitajo en pleno rostro… ya saben, volví a ser cobarde y me tragué, para mi propio daño, la humillación. Y hace casi dos décadas por una bella mujer (bella por fuera, putrefacta por dentro… negro su corazón) perdí de nuevo la dignidad: soporté engaños, deslealtad, violencia verbal… en fin, me rebajé de la peor manera para conservar su falso amor, su falsa entrega en la cama, su maquillada y artificial hermosura, para no perderla. ¿Perder qué? Si a su lado lo perdí todo, incluyendo la consabida dignidad. Recuerdo que la noche de aquel día escribí en mi diario: “la dignidad vale más que la vida, perdí mi dignidad, luego estoy más muerto que el más antiguo de los cadáveres: pobre diablo, si puedes descansa en paz”. ¿Ahora entienden por qué tengo autoridad moral para hablar de dignidad? Eso sí, desde aquella vez me juré al precio de mi vida jamás volverla a perder.

Como la dignidad va de la mano con la autenticidad, la persona digna es lo que es, defiende su propia verdad, no se camufla, no es hipócrita, se inflama en valor y en heroísmo, si es del caso, para defender sus principios, sus ideales, sus derechos, y los de sus hijos, de sus familiares, amigos, los de la humanidad incluso… y además, en lo que a mí respecta, de los animales. La dignidad va en contravía de la cobardía, el miedo, la pusilanimidad, la corrupción, la mentira, la traición, de la apariencia. La persona digna escucha a su corazón, la voz de su consciencia, actúa conforme a la ética. La dignidad es diametralmente opuesta a la “lambonería” o adulación edulcorada y servil con fines mezquinos, al “lagarteo” político o de cualquier índole, a la sumisión rastrera de los cobardes, a la lisonja fácil y malintencionada. La dignidad odia la injusticia, aborrece el juego de intereses de unos pocos en detrimento de muchos. La dignidad no se deja humillar, no se deja pasar por encima de su amor propio. La dignidad es fuerte, amorosa, pero valiente, es decidida, y lleva sus pensamientos nobles y justos hasta las últimas consecuencias.

En mi humilde opinión hay cuatro arquetipos de dignidad: Sócrates, que asumió su condena y muerte con una serenidad y entereza de espíritu como jamás se ha vuelto a ver; Jesús que se mantuvo firme e inquebrantable en su verdad ante el imperio Romano representado por Poncio Pilato, y delante de los fariseos y sumos sacerdotes, celosos guardianes del poder religioso; Giordano Bruno en la Edad Media, fiel a sus principios, valiente y sereno en la defensa de sus convicciones, a pesar de la terrible tortura que sufrió de ese oscuro aparato de muerte llamado Inquisición; y William Wallace, ahorcado, arrastrado y descuartizado por no someterse al rey. El héroe nacional escocés fue inmortalizado por Mel Gibson en Corazón valiente. ¿Quién no recuerda su digno y profundo grito heroico ¡libertad!? Wallace, por dignidad, no había aceptado la humillación de pedir misericordia al opresor de su pueblo, el rey, ni a los jueces para que le concedieran una muerte ligera y rápida.

Por otra parte, aunque no soy muy admirador de la mentalidad medieval, el hombre del medioevo nos deja lecciones de dignidad: en la palabra empeñada, en un juramento, en una promesa iba incluida la vida misma: la palabra equivalía a la vida, por lo que ni era necesario firmar documentos. En cambio, hoy en día, además de la firma se exigen huellas dactilares, fotografías, cámaras de registro, notarios, jueces, fiadores, testigos, documentos de apoyo, referencias comerciales, financieras, personales, familiares y hasta del hijuetantas. A pesar de eso y de mucho más la gente no cumple… se acabó la dignidad, la palabra hoy no vale un carajo.

Hoy por hoy, la gente vende su dignidad por una bagatela, o por unos cuantos dólares que se convierten a la postre en dolores. La inmensa mayoría de la humanidad, de la que somos partícipes, víctimas y testigos en la actualidad, renuncia a sus sueños, a sus ideales, a sus proyectos, a su buena fama, a su honradez, a la lealtad, a la fidelidad, a la paz interior, a la buena conciencia por: un orgasmo afanado, tenso, culpable y nervioso; por unos billetes; por un puesto en x empresa o institución; por la fama (esa cosa tan pasajera, tan irreal, tan esclavizadora); por aparentar ser la más bella, o el más guapo… y si es del caso le llegan a vender el alma al mismo diablo, al invaluable precio de perder la dignidad.

En esencia, por conclusión, y por mera inercia de lo que acabo de escribir, se entiende entonces que la dignidad es el arte, la cultura, el valor, la facultad, el principio por excelencia, la virtud de ser uno mismo, de respetarse uno mismo en cuanto verdadero ser humano, en cuanto defender a muerte los principios e ideales, en colmarse de valor y heroísmo para defender todos nuestros derechos, y no permitir ninguna injusticia, ni en contra de uno, de un ser querido o de los demás. ¿En qué quedamos Colombia? ¿Nos le medimos a la dignidad? Empecemos con una pequeña dosis de ella, con solo una pizca de pundonor y dignidad. Así recuperaremos el autorrespeto que no permite la humillación de nada ni de nadie. Se los juro, cuando seamos personas dignas, alcanzaremos el derecho de ser considerados verdaderos seres humanos.

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