¿Nos estamos autoexplotando en el afán de mostrar cuán productivos somos?

"El llamado es a desacelerar la vida y a tener la convicción de que no existe ninguna razón válida para demostrarle nada a nadie". A propósito del ámbito educativo

Por: Herlin Cano
junio 24, 2020
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¿Nos estamos autoexplotando en el afán de mostrar cuán productivos somos?
Foto: PxHere

Se conoce como panacea, del griego panákeia, a una planta "imaginaria" que tenía la propiedad de curar todos los males.  A lo largo de la historia de la humanidad, en especial en lo que respecta a las épocas de crisis, siempre surgen soluciones absolutistas, salvadores con gran poder de convicción, corrientes de pensamiento y remedios con capacidad para dar solución a todas las problemáticas que surjan de las crisis.

En las actuales circunstancias, a causa de la pandemia por el virus denominado COVID-19, ha ocurrido lo propio, con mayor razón si se tienen en cuenta los avances científicos y tecnológicos y las especulaciones de adivinos y clarividentes. Sin embargo, ante la magnitud de efectos colaterales de la situación y desde mi rol de docente prefiero limitarme específicamente al ámbito educativo.

En el afán de dar respuesta a las múltiples vicisitudes que se han desencadenado con ocasión del confinamiento en casa de estudiantes y docentes, el Ministerio de Educación, las secretarías y, no menos, los directivos de instituciones y sus respectivos docentes hemos recurrido al uso de una multiplicidad de herramientas y creación de entornos virtuales, en muchos casos desde el desconocimiento, para tener en nuestras manos la panacea de la educación en las clases telepresenciales.

Pero lo que se pudiese considerar como una solución, dado el compromiso y la entrega de los profesionales de la educación, resulta ser la toxina desencadenante de otra serie de males, particularmente de tipo mental y social. Pues en las actuales circunstancias se ha acentuado lo que Byung-Chul Han denomina la sociedad del cansancio (2012), el filósofo afirma que hemos pasado de la sociedad disciplinaria de la obediencia (Foucault, 1975) a la sociedad del rendimiento, pero lo que es aún más perjudicial, pareciese que los educadores somos una fusión entre el hombre que obedece y el hombre que rinde.

Asegura Han que las enfermedades neuronales definen el panorama patológico de comienzos de este siglo (p. 7). Esto se evidencia, especialmente, en la actual sociedad del COVID-19 en la que, entre otras patologías mentales, se ha acentuado con gran rigor, la depresión, una depresión causada por la superproducción, el superrendimiento y la supercomunicación (Han, 2012). Y es que en procura de rendir, frente a las exigencias impuestas desde instancias externas y la autoexigencia, los docentes hemos incrementado una afectación a nuestra salud y la de nuestros educandos.

En este sentido, el filósofo coreano expone que la sociedad del rendimiento tiene su imperativo en el verbo poder y, por tanto, ya no se basa en el deber, es decir, en la obligación, sino en demostrar que se puede. Los sujetos se convierten, según el autor, en sujetos de rendimiento y productividad, más rápidos y más efectivos que los que obedecen, pero los docentes nos encontramos haciendo equilibrio entre el obedecer sin cuestionar y el demostrar cuán productivos podemos ser, postura que también hemos trasladado a nuestros educandos y con mayor énfasis a propósito del aislamiento preventivo, a lo que Han indica que el sujeto de rendimiento sigue disciplinado.

En relación con la depresión Han expone: “El hombre depresivo es aquel animal laborans que se explota a sí mismo, a saber: voluntariamente, sin coacción externa. Él es, al mismo tiempo, verdugo y víctima” (p. 19). ¿Nos hemos reducido a eso los docentes en el afán, no solo de responder a las necesidades educativas actuales, sino, además, en el apuro y la asfixia de mostrar cuán productivos somos?

En esencia, estamos frente a una hiperproductividad y una hipervelocidad que aliena, que está conduciendo al ser humano, ya no sólo a la negación de la otredad, a la desvinculación del otro; si no a una negación de sí mismo. Justo cuando todos los discursos basan sus tesis en la equidad, la justicia y la inclusión, es cuando el cuidado del otro y la ética a partir del otro (Skliar,2001) resulta ser un fiasco rotundo.

Este proceder, desde quienes nos formamos para ser educadores, ha venido pasando la cuenta de cobro a nosotros mismos y por supuesto a nuestros estudiantes, pues desde un principio el nivel de estrés fue tan alto a causa de la excesiva carga laboral, que alrededor del 50% de los estudiantes desertó del proceso. Se creía, al comienzo, que la causa radicaba en la ausencia de recursos técnicos, tecnológicos y de conectividad, pero poco a poco se hizo evidente que la carencia de estos recursos no estaba relacionada con un porcentaje tan alto, en cambio, tanto por noticias como por redes sociales, padres y estudiantes manifestaron, incluso con ira, su descontento y su desconcierto frente a la situación. Y en el ojo del huracán nos encontrábamos los maestros, porque aparte de la cantidad de trabajo, hemos sido bombardeados por la inconciencia y el desconocimiento de los múltiples acaecimientos que implica la profesión docente.

Y justo en ese momento de exigencia y presión social, se inicia la carrera por rendir, por ser productivos, por demostrar, quizá, que somos capaces, que además debemos justificar un sueldo, pero el precio a pagar por ello se ha venido incrementando y seguramente con el correr del tiempo el impacto neuroambiental mostrará resultados, tal vez irreversibles. Seguramente en el futuro las estadísticas de docentes consultando o internados por problemas mentales, tendrán un incremento considerable, pero ni qué decir de la afectación de los niños y adolescentes del momento, cuya salud mental sumará al surgimiento de enfermedades crónicas, a la acostumbrada violencia intrafamiliar y ausencia definitiva de resiliencia.

El llamado es a desacelerar la vida, a convencernos de que esta no es una competencia, a tener la firme convicción de que no existe ninguna razón válida para demostrarle nada a absolutamente nadie y a tener presente que nuestra salud física, pero, especialmente, mental, ciertamente es el tesoro más valioso. Paremos de buscar la planta imaginaria (o virtual) que nos va a solucionar todos los males, eso dejémoslo a la rica mitología griega y no olvidemos al homo criticus (Cano, 2016) ni mucho menos al homo ludens (Huizinga, 1998).

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