Normalidad y anormalidad en el tiempo del COVID-19

"Se había hecho tan normal el aire contaminado, que muchos se desconciertan y se sorprenden ante la brillantez y transparencia del cielo"

Por: Raymundo Gomezcásseres
abril 24, 2020
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Normalidad y anormalidad en el tiempo del COVID-19
Foto: Vía Instagram / @ClaudiaLopezcl

En estos ‘tiempos de coronavirus’ se ha vuelto un tópico hablar de normalidad con un sentido que inevitablemente implica el sustrato opuesto: anormalidad. La gente se pregunta, ¿cuándo volveremos a la normalidad? Se dice: cuando todo vuelva a ser ‘normal’… O: las cosas se ‘normalizarán’… Obviamente esos discursos se originan en las nuevas condiciones sociales, económicas, familiares, y en general de convivencia provocadas por la pandemia que afecta al planeta entero. La expectativa por la normalización implica que lo que sucede es anormal, y aquí es donde vale la pena plantear un interrogante. Lo haré en forma de pregunta-problema: ¿es anómalo (o ‘anormal’) lo que ocurre? Mejor dicho: ¿es anómala, anormal, la presencia del coronavirus? Con todo respeto, y muy atrevidamente, pienso que no. Creo que el fenómeno es lo más lejano a una anomalía y por el contrario se inscribe con todos sus pergaminos en el ámbito de lo normal y ordinario, como ocurre con cualquier otro evento natural o biológico. ¿Es anormal un terremoto, o la erupción de un volcán?

Para nada. ¿Es anormal una afección o enfermedad, desde un simple resfriado hasta el cáncer más devastador? No. Las consideramos tales por medirlas con el rasero de la salud, y si supuestamente, ser saludable es la condición ordinaria de los seres vivos, cualquier cambio, alteración o daño de esa condición se mirará como anómala, pero si tanto la salud como la enfermedad se miran como parte del proceso continuo y progresivo de los fenómenos bióticos, ¿qué hay de extraordinario en cualesquiera de ellas? Aunque a muchos no le guste, mi respuesta es que ni un resfriado, ni el cáncer, son anómalos. Salud y enfermedad son tan ‘normales’ como vivir y morir una vez se irrumpe en el inventario infinito de todo lo existente, incluido lo inerte.

Retomo el hilo expositivo sobre el coronavirus. La forma como evolucionan y mutan los microorganismos hace parte de un patrón orgánico que vincula todo lo que vive a través de complejas vecindades biológicas. Usando una expresión que no sé qué tan afortunada sea para este caso, es como si el todo fuera cada parte y a su vez cada parte fuera el todo. No es que uno haga parte del otro y el otro del uno, sino que el uno es el otro y el otro es el uno, formando una totalidad indivisible, aunque sean discontinuos. Ya lo dijo Carl Sagan: en nuestros huesos hay polvo de las estrellas. Un ejemplo reciente en el terreno de la microbiología es la irrupción del VIH. Antes de llamarse así el virus ya existía y era conocido como VIS: Virus de Inmunodeficiencia de los Simios.

Por una circunstancia que nunca podrá ser precisada ni establecerse con exactitud, el VIS ingresó al organismo de algunos seres humanos en ciertas regiones de África. Esa mudanza produjo una curiosa (no ‘anormal’, mucho menos ‘anómala’) mutación que lo transformó en el llamado VIH, que no es más que el nombre que se dio a algo desconocido, que no existía antes. Y el VIH no se mudó al cuerpo humano por una temporada, a pasar unas vacaciones, sino para quedarse por siempre. La vacuna que lo controla solo puede hacer eso: controlarlo. Hoy, quienes lo adquieren y lo tratan en su manifestación temprana tienen el consuelo de seguir con vida; pero vivirán con él hasta la muerte. Hay otros casos con los que se pueden hacer equivalencias parecidas, aunque no tan graves como la anterior. Tal ocurre con la malaria (o paludismo) causada, no por un virus, sino por el parásito Plasmodium (en América: vivax) cuya transmisión ocurre por la picadura de mosquitos hembra del género Anopheles que han sido infectadas.

A estas alturas de la ciber-civilización, con toda su parafernalia tecno-científica, aproximadamente un millón de personas muere anualmente en el mundo victimas del paludismo. Pero eso no es noticia. Menos mal que quienes sobrevivimos a la enfermedad, quedamos inmunizados contra ella. ¡El parásito muta a anticuerpo! Maravillas de la nanobiótica. Tampoco es noticia que diariamente cuarenta mil niños mueran a causa del hambre, o por falta de agua potable, o debido a afecciones que ya no existen ni siquiera en los mal llamados países subdesarrollados… Y el mundo se escandaliza porque en menos de tres meses, hasta la fecha (abril 18 de 2020) el coronavirus ha matado a unas ciento sesenta mil personas. Me pregunto: ¿las proporciones del escándalo por tales muertes serían las mismas si en lugar de en EEUU, China, Francia, Italia, y España principalmente, estuvieran sucediendo en las profundidades de África, Suramérica, Indonesia, o en otras regiones olvidadas del planeta en las cuales, curiosamente, no se registran muertes hasta ahora? Llegado a este punto me tomo el atrevimiento de mirar los tres ejemplos en términos de constantes y variables.

La constante entre el VIH, la malaria, y la neumonía provocada por el coronavirus es que son mortales si en cualquiera de los tres casos se sobrepasa el umbral límite de las posibilidades de recuperación. En cuanto a las variables, ellas son: el VIH solo se adquiere, y transmite por las relaciones sexuales o por inoculación con sangre contaminada; el paludismo depende de la picadura de un mosquito que solo existe en ciertas regiones del planeta, y una vez adquirido no es contagioso ni siquiera a través del más íntimo, frecuente, y estrecho contacto interpersonal. En cambio, la variable del coronavirus es que basta con un espontáneo e inocente apretón de manos, estornudar o toser siendo portador sin saberlo (o a sabiendas), o lo que es peor, agarrar un objeto cualquiera (desde dinero hasta comestibles en un supermercado), que previamente hubiera sido manipulado por un enfermo; en fin, suficiente con cualquiera de esos eventos u otro para contagiarse. Ahí radica la fuerza incontenible del coronavirus. Es esa razón tan chirle la que ha hecho que todas las potencias del mundo se hayan organizado en una gran cruzada para enfrentar al nuevo anticristo, al impertinente ‘infiel’, al implacable terrorista que no distingue entre billonarios o pobretones, entre monarcas y plebeyos, entre ateos y creyentes, entre súper-atletas y famélicos. De nada serviría movilizar todos los ejércitos que existen con sus millones de soldados, sus sofisticadas aviaciones y marinas, ni arrojar todas las armas nucleares que reposan en silos, porta-aviones, súper-fortalezas flotantes a la espera de exterminar a la humanidad en una conflagración termonuclear… Ni haciendo todo eso al mismo tiempo se podría eliminar al pequeñísimo pero temible COVID-19. Una percepción cruel (en realidad torcida) desde la teodicea llevaría a la conclusión de que por fin ‘dios’ (el Dios en que cualquiera crea) decidió hacer justicia sin distingo de condiciones: económicas, sociales, religiosas, culturales, etc. Pero hacer esa lectura sería caer en una visión morbosa del asunto, y la verdad sea dicha, no es para tanto. Solo por hacer el juego a la fantasía imaginemos lo que pasaría si el paludismo contagiara en la misma forma en que lo hace el COVID-19… ¡Y que como ocurre ahora, una vacuna, como dicen los científicos, solo sea posible dentro de doce o dieciocho meses!

Pero el propósito de este escrito no es mostrar datos cercanos a la ciencia, o hacer interpretaciones moralistas o metafísicas, sino realizar un acercamiento al sentido de las palabras ‘normalidad’ y ‘anormalidad’ en el contexto de la pandemia provocada por el coronavirus. De modo que vuelvo al comienzo.

La enfermedad planetaria que afecta y amenaza cada día con mayor fuerza a la especie humana ha provocado, de contera, un fenómeno lingüístico. Podría decirse, sin intención de intimidar a nadie usando esa atemorizante expresión, que estamos ante todo un novedoso giro lingüístico. ¡Vaya elegancia! Estoy hablando bonito. Profundizar en esa idea (si de veras vale la pena, y yo creo que lo vale), es trabajo de expertos. Basta mirar los noticieros de la tele, o asomarse a las ventanas de la mediación telemática, a las mal llamadas redes “sociales” para ‘leer’ el nuevo lenguaje (mejor, habla) que deriva de la pandemia por el COVID-19. Yo me limitaré a dos palabras: normal y anormal.

Normalidad y anormalidad… se titula este escrito que entra en su etapa de conclusión. Se trata de dos expresiones coloquiales que cualquier persona, sin importar su condición social o cultural utiliza con, o sin pandemias. El asunto es que el nuevo contexto en que se esgrimen, más que modificar su sentido básico, trastoca por completo la carga axiológica implícita en ellas, y aquí es donde emerge el problema, o mejor, se produce el probable giro lingüístico. En lugar de meterme en tremendales semánticos, precisaré algunas situaciones concretas de su uso. Traigo a cuento aquello tan frecuentado por los lingüistas de que el uso hace regla. Partiré de la anormalidad que se aspira superar, sin perder de vista que es inevitable ir relacionando esa expresión con la que describe el estado de normalidad que se pretende recuperar.

¿De qué anormalidad se quiere salir? ¿Con qué anormalidad se pretende acabar? El desarrollo incontenible de la tecno-ciencia con todos los supuestos beneficios y ventajas que ha traído para la humanidad, ha producido una neblina que opaca la visión e impide ver que más allá de esa apariencia existe una realidad cada vez menos visible, pero curiosamente más real y viva que la que empieza justo en la punta de la nariz y termina donde acaba la neblina. Por ejemplo: se hizo normal justificar el sacrificio del ecosistema (lo que Heidegger llamó la devastación de la tierra, y en su momento Nietzsche llamara desertización), así como el exterminio de millones de especie vivas en nombre del llamado ‘desarrollo económico’: ese monolítico engendro del capitalismo salvaje y más recientemente de la tal ‘globalización’, que un microorganismo bautizado con el acrónimo COVID-19, tiene contra la espada y la pared, y a sus agentes y tecnarcas chillando como hienas heridas de muerte. Todo el andamiaje de la economía mundial se estremece como castillo de naipes. ¡Qué frágil era, y hasta ahora lo sabemos!

En contravía con esa normalidad aceptada por un alto porcentaje de la población mundial (no por toda, felizmente), es una anormalidad que las especies (sin importar que sean aves, peces, u otras), que habían sido desplazadas de sus hábitats naturales, aprovechen la ausencia forzosa del animal humano, provocada por la cuarentena, y regresen a ellos; no solo a ellos, se paseen curiosos e inseguros por parques y calles, se acerquen a edificios, conjuntos residenciales, casas; que incluso, ingresen a ellos, antes terrenos vedados a su sola presencia por la amenaza que representa para su vida el gran depredador: el hombre. Lástima que solo se trata de unas vacaciones; cuando los soldados del COVID sean derrotados por la vacuna que tarde o temprano será producida… ¡Todo volverá a la normalidad! Los animales no solo regresarán; tendrán que huir despavoridos hacia los rincones más profundos e inhóspitos (en algunos casos incluso para ellos) para protegerse de esos seres llamados humanos.

La normalidad era que cada día que pasaba (antes del COVID) el mar se transformara un poco más en el basurero en que ha sido convertido para infortunio de todas las especies acuáticas que lo habitan: con sus intestinos repletos de botellas, plástico, trozos de metal que los intoxican y matan lenta y dolorosamente, por no hablar de la pérdida de sus naturales condiciones de comunicación entorpecidas y dañadas por cruceros, barcos, submarinos… Normalidad era ver ríos, humedales y lagunas secarse o convertidos en lodazales, ahora escasamente recuperados en apenas cuatro meses de “abandono” humano. Y qué decir de la contaminación (con orines, sobras de comida, excrementos…), de todas las playas del mundo por esa plaga infame solo comparable con la de las langostas en la antigüedad: los turistas.

Se había hecho tan normal el aire contaminado por el smog, así como la contaminación auditiva, que muchos se desconciertan y sorprenden ante la brillantez y transparencia del cielo, se sienten impresionados por no tener las fosas nasales mugrientas y repletas de mocos secos y negros como carbón. No faltarán quienes quieran salir de esa sana anormalidad para regresar al chiquero en que siempre han vivido. Resulta terrible decirlo, pero estoy seguro de que toda una generación que hoy por hoy está entre los seis y tal vez los nueve años, ha visto por primera vez, desde mediados de marzo hasta el momento en que escribo esto, un atardecer que valga la pena, y estoy convencido de que también, por primera vez en sus cortas vidas no tienen problemas respiratorios.

Pero por curioso que parezca, los casos más terribles de normalidad y anormalidad que podrían considerarse no son lo que acabo de mencionar. Por encima de ellos están las condiciones de normalidad y anormalidad social, económica y política a que nos hemos acostumbrado, sin importar que se trate de una o de otra. La mal llamada anormalidad que representa el COVID-19 ha revelado una pavorosa y aberrante normalidad: que millones de personas en el mundo estén condenadas a vivir sin una sola oportunidad que las redima; no solo ellos, sus descendientes, por generaciones y generaciones. La sociedad estaba tan acostumbrada a esa brutal anormalidad que había terminado por aceptarla como normalidad. Lo más doloroso es que (como en el caso de los animales que regresarán a los rincones en que los hemos condenado a vivir), cuando la pandemia sea controlada, estos congéneres nuestros volverán a la normalidad infernal en que siempre han vivido. No tendría nada de raro (aunque sea cruel decirlo) que algunos, los más vulnerables (como los llaman ahora eufemísticamente) extrañen al coronavirus que le permitió comer algo mientras duró la pandemia. ¿Cuándo ella finalice, quién les llevará una ayuda, o un mercado que les alcance para diez o quince días? Algo que no conseguirán en las condiciones ordinarias de su normalidad.

Dedicaré una atención mínima a las condiciones de normalidad y anormalidad políticas porque son las que menos la merecen y sería latoso e innecesariamente controversial. Baste decir lo siguiente. Se volvió normal que el más alto porcentaje de líderes mundiales, o son unos tontos, o unos esquizofrénicos probados. Y abriendo un paréntesis, esto también aplica para ciertas instituciones: industriales, financieras, universitarias, etc. Pero regreso a la política. Si la mayoría los dirigentes ocupa sus posiciones gracias a la mal llamada democracia; es decir, fueron elegidos, es porque la mayor parte de la población considera como normal que ellos dirijan su destino. Si la gente actuara de otra manera asumiría una anormalidad que al parecer nadie quiere saber cómo sería, ni siquiera por probar, de no haber “elegido” lo que eligieron. Por referirme a un solo caso, cuando hablo con personas de buena formación sobre el futuro de las elecciones en Estados Unidos, todas (pero sin excepción) me dicen: Trump perderá la presidencia. Yo les respondo: apuesto a que lo reeligen. Cruzo los dedos, toco madera, y hago cuánta superstición está a mi alcance para equivocarme. Nada me hará más feliz. Como dije que no hablaría mucho de las formas políticas de la normalidad y la anormalidad, voy a ir cerrando con una cita de la novela Vida y destino, de Vasili Grossman, que cae como anillo al dedo, y como dice el dicho: a buen entendedor, pocas palabras bastan. Dice Grossman: el mundo está dominado por hombres de escasas luces convencidos firmemente de su razón. Las naturalezas superiores no dirigen los Estados, no toman grandes decisiones.

Lamento decirlo pero soy pesimista, y contrario a lo que todo el mundo piensa, estoy seguro de que una vez superada la pandemia, nada cambiará. Esa hermosa idea de que la experiencia hará que el ser humano por fin aprenda, y que ese aprendizaje se traduzca en un mundo mejor para las futuras generaciones terminará convertida en una fantasía pasajera. Lo mismo se dijo cuando finalizó la segunda guerra mundial, y todos saben lo que ocurrió después.

Concluyo con mi derecho a plantear la normalidad con la que sueño, y de la cual no hago excepción conmigo: que el coronavirus no sea controlado y que una vez desaparezca para siempre la especie humana, una nueva normalidad biótica instaure su dominio. Seguro de ella surgirán y evolucionarán formas de existencia más nobles y merecedoras de esta hermosa mota de polvo perdida en el universo llamada tierra, que ha sido privilegiada con el milagro de la vida.

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