Opinión

¡No soy asesino!

El genocida de los Balcanes se suicidó de cara al tribunal internacional. Frente a las atrocidades no hay que temer a la CPI: ¡que venga y se lleve a todos los Praljak!

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Diciembre 08, 2017
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¡No soy asesino!
Resulta extravagante la incapacidad de Slobodan Praljak de reconocer sus delitos; considerarse inocente a las puertas de una condena inobjetable parece producto de un estado de alienación

Frente al tribunal internacional de justicia para los Balcanes, el criminal de guerra abrió un pequeño frasco, se dirigió con furia al juez que le dictaba una sentencia de 20 años de prisión y negó su culpabilidad, de inmediato bebió un veneno que acabó con su vida rápidamente.

La sorpresa fue total, el juez apenas atinó a solicitar que bajaran las cortinas y los otros magistrados corrieron a auxiliar al acusado que murió en la ambulancia camino al hospital. Pero lo que más sorprende son sus últimas palabras “Slobodan Praljak no es un asesino”, así, dicho en tercera persona, hablando en representación de su otro yo: de ese personaje que eliminó a miles en una infame limpieza étnica, en la que no respetó ni a sus antiguos aliados.

Lo que resulta extravagante es la incapacidad de reconocer sus delitos; considerarse inocente a las puertas de una condena inobjetable parece producto de un estado de alienación, de una locura histriónica porque un ser humano normalito reconocería sus culpas frente a pruebas y testimonios contundentes como los que se presentaron contra este asesino. No así Praljak que se vio a sí mismo como víctima, no como un victimario. Se quitó la vida como una forma de pasarle la culpa al tribunal, escupiéndole su desprecio a la justicia que recibía, reclamando con su gesto que estaban cometiendo una injusticia en su contra.

Asusta pensar que todos los grandes genocidas han hecho lo mismo: culpar a quienes los degradan a su verdadera condición, a esos tribunales que los juzgan. Hitler, el más grande de todos los genocidas, hizo eso precisamente: se suicidó para no someterse a la justicia, para no reconocer nunca su infinita maldad. Y ahora fue Praljak, un asesino más de los tantos que aparecen cada cierto tiempo en este loco planeta.

Ese es tal vez el gesto más común entre los genocidas, el de creerse verdaderamente que están haciendo una labor honorable, limpiando de “basura” el mundo, cuando la basura son ellos mismos que disponen de la vida de otros sin el menor remordimiento, colocando por encima de la humanidad, de la ética y de las leyes, sus torpes ideas de superioridad.

Resultan familiar para esas ideas descabelladas de grandeza. Aquí en nombre de creencias superiores, de derecha o de izquierda, se han creído salvadores de la patria muchos locos, desde Mncusso hasta el Mono Jojoy, cuando lo único que han hecho es cometer delitos de lesa humanidad, bien sea por acción o por omisión.

 

Aquí en nombre de creencias superiores,
de derecha o de izquierda,
se han creído salvadores de la patria muchos locos

 

Cuando Santrich, por ejemplo, se atreve a poner una tutela para que no lo llamen asesino, remeda torpemente la acción del asesino de los Balcanes, solo que no tiene la verraquera de tomarse un veneno, tal vez porque a él no lo espera una condena de 20 años, sino una tibia curul en el Senado y un golpecito de reprimenda en la mano por parte de la JEP.

Frente a estas atrocidades no hay que tenerle miedo a la Corte Penal Internacional. Cada rato escuchamos que si no se hace esto o aquello la Corte intervendría. ¿Y qué? Pues que lo haga, que venga a Colombia y se lleve a todos los Praljak que andan por ahí campantes y sonantes. Que se los lleve y los juzgue si aquí no podemos o no queremos hacerlo. Ahora que la Corte Constitucional dijo que los delitos sexuales deben quedar excluidos de los beneficios del tratado de paz porque no pueden considerarse delitos conexos con los políticos, más de uno tendría que pagar como se merece… Y si no, viene el coco (la CPI) y se los lleva.

¡Que se los lleven, bien se lo merecen!

 

www.margaritalondono.com

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