Opinión

No son las Farc, estúpido

En política y en la mentira de democracia que nos hemos creído, votamos por el que cumple con dos requisitos básicos de la colombianidad: M + H. (Maldad + Hipocresía)

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mayo 05, 2018
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No son las Farc, estúpido

En el país de las mentiras, la verdad es un líquido escaso que se disputa en medio de escenarios apocalípticos como cualquier trama de serie de Netflix y amenaza al frágil orden de las cosas que en apariencias son y en la realidad no lo son.

Nos hemos acostumbrado a echarle la culpa de los males al otro con una pasmosidad casi que biológica y socialmente adquirida y aceptada, de tal manera y con tanta desfachatez, que en Colombia terminamos admirando al malo, al perverso, al tramposo y al que se salta la cerca o cruza el atajo para llegar primero que los otros.

Y es entonces donde surge de manera olímpica nuestra admiración por los mafiosos, los guerrilleros, los paracos, los traquetos, las personas corruptas y demás malas hierbas, que abundan en este pequeño jardín de las deliciosas que el Bosco de la maldad ha ido perfeccionando a lo largo de los siglos.

Eso de que somos buenos la mayoría de los que nacimos en esta tierra de impuros, es puro y neto cuento: mentiras que nos decimos al espejo y que nos repiten en los libros y cursos de superación personal; en la misa católica o en la prédica evangélica; en la empresa que nos exprime las fuerzas por el salario; en el barrio donde comulgamos con la desidia y la insolidaridad; y en las reuniones de padres de familia en donde la mezquindad tuerce cualquier intención colectiva.

Estos humanos que vivimos entre dos mares, un cerro de cordilleras y más selva; somos malos. Excesivamente malos.

Y por esa vía nos encontramos con la tapa de la caja: somos hipócritas. Esa debería ser una señal diferenciada por tipo RH como el de la sangre y que se describa en la cédula. Nivel A, B o C de hipocresía.

Entonces, Maldad (M) más Hipocresía (H) es un coctel peligroso que aniquila cualquier semilla de humanidad que usted quiera hacer progresar en el terreno más fértil de que se disponga.

Pierde el año y la paciencia como sembrador… de ilusiones, en este caso.

Es parte quizá por eso, que en Colombia al menor descuido usted no pierde, sino que el avispado estaba más cerca. Cuestión de oportunidad y el progreso también se hace en nombre de la velocidad, y de la debilidad del bobo, del lento y del chico; ese de malas que la evolución lo reduce a una presa a la que hay que cazar al mejor precio.

También por ello, en política y en la mentira de democracia que nos hemos creído, votamos por el que cumple con esos dos requisitos básicos de la colombianidad: M + H.

Por eso, hay un político famoso que cumple con esos dos términos combinados. Y es el más admirado.

Él viene de una región donde la cultura del progreso no necesariamente se acompaña de virtudes morales excesivas –y no insultamos a nadie con esto- sino que la formación social que entronizó al esfuerzo sobre la montaña, moldeó el carácter en muchos de ellos, para imponerse –a sangre y fuego a veces- sobre el resto de la humanidad.

No es su culpa.

 

Somos nosotros que banalizamos al mal con una admirable facilidad
porque en parte se cumple en el otro, la incapacidad o la cobardía que nos invade
para poder hacer lo que el político famoso hace

 

Somos nosotros que banalizamos al mal con una admirable facilidad porque en parte se cumple en el otro, la incapacidad o la cobardía que nos invade para poder hacer lo que el político famoso hace o lo que tristemente célebres personajes, han hecho de este país con violencia o con avispamiento y sin importar desde qué trinchera ideológica o de meros intereses del narcotráfico o de la corrupción.

Y de paso justificamos todos los comportamientos violentos de ellos, porque sus acciones hacían parte de todo un sistema de exterminio que la misma sociedad se encargó de tolerar y consentir.

¿Y si no hubiese sido por él?

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