No hay diciembre sin Pastor López y su despecho bailable

Berrear prendido y despechado, hombro a hombro, las traiciones, los vacíos y la vida en su crudeza es lo que nos gusta y qué mejor que la música de este mítico artista para eso

Por: Ricardo Rondón Chamorro
Diciembre 07, 2018
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2Orillas.
No hay diciembre sin Pastor López y su despecho bailable
Foto La Pluma & La Herida

Otro año que pasa y yo tan lejos / otra navidad sin ver mi gente / madre yo te pido  humildemente / que en el año nuevo me recuerdes / que en la mesa pongas un lugar / para el hijo que no ha de llegar / sírveme champaña para brindar / mi copa siempre a rebosar.  Manuel Mantilla Paredes.

Seguramente fue en 1980 cuando el prolífico compositor peruano Manuel Mantilla Paredes escribió esta sentida letra, El ausente, que al año siguiente crepitó como los voladores en el cielo estrellado de diciembre, en la voz de Pastor López, que por ese entonces, cruzaba apenas los 38 años, ya con una carrera musical sólida y definida.

El ausente, en el cancionero de los pueblos latinoamericanos, en estas épocas álgidas y sensibles del calendario, es como Reminiscencias, Fatalidad, Te esperaré, Cinco centavitos o Que nadie sea mi sufrir, en la voz del inmortal Julio Jaramillo, solo que la descorazonada letra del maestro Mantilla Paredes fue concebida en su partitura para bailarla.

¡Bailar el despecho!, vaya contradicción más explosiva y lacrimógena en la arraigada tradición latina de las celebraciones de fin y de comienzo de año, cuando los ánimos no pueden estar más caldeados, cuando el balance económico de la gran masa está generalmente por el suelo, y la ausencia del ser querido, del hijo ausente que partió a otras tierras en busca de oportunidades (verbigracia el dramático éxodo venezolano), o se encuentra cautivo en una cárcel, o fue llamado a filas del ejército, en fin, compromete las fibras más hondas de sus seres queridos.

Ver no más la primera estrofa de la composición que encabeza esta crónica, y el coro, que en el encuentro de amigos y familiares, toma ribetes de un salmo responsorial:

Vamos a brindar por el ausente / que el año que viene esté presente / vamos a desearle buena suerte / y que Dios lo guarde de la muerte.

El éxito rotundo de esta y otras melodías del cartapacio decembrino no tiene otro asidero que el de apuntar como dardo, tal cual los culebrones latinoamericanos, directo al trajinado músculo cardíaco: mostrar en pepa el material del que estamos hechos, las alegrías y sufrimientos, los sacrificios y logros a cuenta gotas, los derrotes y frustraciones, las deudas por saldar, los desenamoramientos, ingredientes que se remojan en copas pletóricas de ajenjo, pócima demoledora que abre el grifo atascado de lágrimas reprimidas a lo largo de 365 días con sus perturbadoras noches de incertidumbre.

Eso lo tenía muy claro, con su olfato y perspicacia, el venezolano Pastor López desde mucho antes de El ausente, cuando el letrista peruano Manuel Mantilla, que apenas frisaba los diecisiete años, lo contactó para compartirle otra de sus creaciones insignes: Traicionera, uno de los primeros cañonazos discográficos del Indio Pastor, que repercutió en Perú, Colombia, México y, por supuesto, Venezuela.

Pastor López y Rodolfo Aicardi fueron los principales receptores de los aires autóctonos de la música peruana como el huayno, la cumbia chichera de los años sesenta y setenta, fusionada con la cumbia de la costa norte de Colombia y los acordes de guitarra eléctrica del surf californiano, que también es arte y parte del género norteño.

¿Pero de dónde bailar el despecho, por lo menos en Colombia, con el que durante tantas generaciones —porque no se ha vuelto a hacer algo similar— se vive, se disfruta y se llora, con ese gusto incorregible que es berrear prendido y despechado, hombro a hombro, no solo las traiciones y los vacíos del corazón, sino de la vida en su crudeza, como ha sido costumbre en los festejos decembrinos?

 Foto: La Pluma & La Herida

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La respuesta la tiene el académico colombiano Jorge Éric Palacino Zamora, especialista en comunicación y lenguaje:

“El despecho es como un patrón sanguíneo, un ADN en el sentir y la idiosincrasia del colombiano de a pie. Esta música, que  en los albores de los años 70 se fue consolidando como un sonido propio de la ciudad de Medellín, en atención a la ubicación en esta ciudad de las principales disqueras como Daro, Victoria, Fuentes y Codiscos, tenía como rasgo común un sencillo golpe rítmico que la hacía bailable por excelencia, a diferencia de los movimientos musicales  procedentes de las Antillas y el movimiento latino de los Estados Unidos (Salsa), que exigía gran versatilidad y calidad a quienes pretendieran bailar un género de mayor celeridad y complejidad en sus compases.

Esto añadido a las letras, inocentes, delatoras, cursis si se quiere, detonante de una nostalgia estancada, de una cadena de pesadumbres y sinsabores que se van acumulando en el trayecto del año, y que terminan explotando en la época decembrina, en el seno del hogar, o en las reuniones de compañeros de trabajo y amigos, en las voces de sus mentores de toda la vida; Pastor López, Rodolfo Aicardi con Los Hispanos, y Gustavo El Loco Quintero, con Los Graduados, entre otros.

Las melodías, como apuntamos, están calcadas de la cotidianidad del ciudadano del común, con referentes muy puntuales del acervo sociocultural y del arraigado cancionero de Pastor López: una cerveza la trajo a mí… Solo un cigarro mata mis penas cuando tú tardas en llegar… No estoy llorando, es el humo del cigarrillo el que me hace llorar… Golpe con golpe yo pago… Oye traicionera, cuando yo me muera, donde yo me encuentre rogaré por tu alma… Vamos a brindar por el ausente, que el año que viene esté presente… Lloró mi corazón de pena y de dolor… Unas son de cal, otras son de arena, pero como tú no hay, mujercita buena…Corazón apasionado, déjame tranquilo que me estoy tomando un trago, entre una cantidad de citas claves que hacen parte de ese lenguaje sensiblero, pero directo, desprovisto de arabescos retóricos, que igual imprime el estilo del bolero y la balada, y en el capítulo del despecho bailable, al que tú te refieres, ha sido, es y seguirá siendo la banda sonora de la Colombia parrandera, no solo en diciembre sino en cualquier época del año.

Tiene razón el profesor Palacino Zamora: en lo que respecta a Pastor López. Sus éxitos, en apariencia de fichaje decembrino, se oyen y se gozan a lo largo del calendario, si uno se pone a esculcar en su comprometida agenda en Colombia —país con más fiestas y celebraciones de diversa índole—, y en el extranjero, de tiempo atrás, de profusa demanda, admiración y cariño por el intérprete y músico venezolano. Apenas unas cuantas fechas del 2018 que agoniza:

* 15 de junio, celebración de su cumpleaños 74 en la discoteca Bailadores, de Mérida Venezuela.

* 30 de junio, Gran Concierto San Pedro Rumbero, Neiva, Colombia.

* 20 de julio, celebración de la Independencia de Colombia, Taberna de Pancho, New Jersey, New York.

* 19 de Octubre, fiesta en Paisoteka, Jackson Heights, New York.

* 11 de agosto, fiestas patronales del Cristo de la Grita, Casino Militar, Táchira, Venezuela.

* 31 de agosto, Semana de la Juventud, Cerro Nutibara, Medellín, Colombia.

* 4 de agosto, superfiesta en el municipio de Cogua, Cundinamarca, Colombia.

Y de lo más reciente:

* 18 de octubre, restaurante-show Noches de Colombia, New Jersey, New York.

* 10 de noviembre, Sala Maison Des Association, Ginebra, Suiza.

*16 de noviembre, La Pruebita Disco Pub, Milano, Italia.

* 24 de noviembre, La auténtica viejoteca de aquellos diciembres, con Los Graduados del Loco Quintero, Martín Fierro, Bogotá, Colombia.

* 1° de diciembre, parque Orquideorama, La Verbena, Medellín, Colombia.

* 2 de diciembre, Festival de Navidad, Parque de los pies descalzos, Medellín, Colombia.

El Indio en acetato

Foto: La Pluma & La Herida

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Para reforzar en datos y documentos de antaño, de los albores y gran parte de los cincuenta y seis años de trayectoria artística de Pastor López, el ejercicio más efectivo y provechoso es consultar en la colección de los más de 100.000 acetatos de músicas del mundo que acuñan las bodegas de Almacenes de Calzado Cosmos, en el centro de Bogotá, inventario admirable y no menos envidiable de su propietario, don Elkin Giraldo Giraldo.

Allí puede uno pasar tardes enteras consultando álbumes, clasificados por orden alfabético, de distintas épocas del legendario músico venezolano. Como uno de sus comienzos, prensado por el sello Fuentes, con licencia de la casa Dark, de Venezuela, con una foto en primer plano del Indio en la flor de su juventud, primeros flirteos con el público colombiano a mediados de los 70, cuando su voz hizo eco en las parrandas de fin de año con su mosaico #1: Amores por correo, Tú solo tú, La múcura y Mi Cafetal.

O, esa joya que representa el triple álbum, El Indio Pastor, apetecido por coleccionistas del concierto tropical, que es una síntesis de sus grandes éxitos, a la vez con un apartado bibliográfico de los notables compositores que por décadas le han conferido fama y prestigio a su imparable maratón artística:

Las Caleñas, del peruano Walter León, que es una derivación de su original, Las Limeñas, del mismo compositor, interpretada por la orquesta Los Ilusionistas. Pastor, presto a conquistar con su combo la Feria de Cali, y las espectaculares mujeres que en ese entonces desfilaban por las concurridas discotecas de la avenida Sexta o por los rumbeaderos sin portón de Juanchito, sencillamente cambió las limeñas por las caleñas, y el bombazo con sus réplicas se hizo sentir durante los siguientes años, hasta cuando el recordado Jairo Varela sorprendió con su exitazo Cali Pachanguero, que a la fecha es el himno oficial de la feria.

De ese triple álbum, El Indio Pastor, también figuran temas de grata recordación como Sorbito de champagne (Héctor Bustamante), Solo un cigarro (Juan Zambrano), Adiós amor (Luis Alba), Por una cerveza y Golpe con golpe (Víctor Gutiérrez), Lloró mi corazón (Óscar Zárate), Nuestro anillito (José María de la Cruz), Corazón querendón (Luis Campillo), Traicionera y Pagarás (Humo del cigarrillo) y El ausente, de Manuel Mantilla Paredes, entre otros.

Cabe apuntar que la escuela musical de Pastor López despega como corista y vocalista del supercombo de Nelson Henriquez, su paisano, que a mediados de los 60, en Venezuela, marcaba la pauta a la par de Nelson González, de Nelson y sus Estrellas, bastión de la salsa y el papelón, ritmo emblemático del hermano país, que rápido contagió a Colombia.

Placeado y consolidado como cantante de orquesta, Pastor hizo nicho aparte con su propia agrupación, asociado con Ronald Gutiérrez, su pana de muchos años de quehaceres artísticos, hasta su fallecimiento,  con el respaldo económico de don Roberto Gómez Rueda, gran visionario de la industria y la distribución discográfica, a la cabeza del prestigioso sello Dark, de Venezuela.

Fue en 1975 cuando Pastor López, ya afincado en Colombia, reforzó su estructura orquestal de la mano de Willy Quintero, con un sonido específico del concierto bailable criollo: trompetas, teclados, timbales y bajo, una voz pegajosa y cautivadora como la del Indio, y la fórmula vendedora, como ya registramos, representada en la fusión de las cumbias peruana y colombiana, el paseo y el paseíto, ese pam, pam, pam, paramparan, pam pam de Sorbito de champagne, que es el hormigón de la mayoría de melodías y motor acelerado de millonarias ventas de copias, en un principio de vinilos y casetes, pan bendito de cotizadas marcas de discos como Bambuco, Mercado Mundial del Disco, Discos La Rumbita, Discorama, entre otras.       

 Foto: La Pluma & La Herida

Foto: La Pluma & La Herida

A propósito de la nostalgia del acetato y de su imperioso retorno en la actualidad por encima de las sofisticadas plataformas digitales, el maestro Palacino Zamora instruye que en lo concerniente a la música bailable, tropical y salsa, los códigos socioculturales de más de cuatro décadas han vuelto a reclamar el formato vinilo como un referente de la tradición colombiana, cuando fiestas y celebraciones giraban alrededor del acetato, el maestro aguja, se decía, del sano esparcimiento de las familias que compartían viandas y manjares en la vecindad, y que en noches iluminadas de jolgorio, entre bandejas repletas de copas de Oporto Z y vino Cinzano y de galletas Noel o Caravana, sacaban a la calle radiolas y pinchadiscos con sus respectivos bafles para azotar pavimento con la añeja melopea de aquellos diciembres que, a la fecha, se mantiene intacta.

De eso da fe don Elkin Giraldo, que ha convertido las vitrinas y los exhibidores de sus almacenes de calzado, en la calle 17 con carrera 8°, en un emporio de antología en cuanto a tornamesas de época, las originales, radiolas, radios de tubos y equipos de sonidos para vinilo, casete y discompacto, que despierta el interés de propios y extraños, picados por la curiosidad y la nostalgia de tiempos pasados, y de la cantidad de acetatos de todos los géneros musicales, en especial la música guapachosa, predominante en esta frágil y bulliciosa época del año.

Pastor y su ‘corazón apasionado’

Me encuentro con el Indio Pastor saliendo del icónico Hotel Tequendama, donde se ha hospedado por muchos años, y en donde ofrecía pomposos festejos de sociedad en el Salón Rojo, de obligado remate aguardientero en el concurrido Bar Chispas, que ya no es el mismo de antes, y no resisto compartirle una a una estas reminiscencias de cuando muchachos bailábamos con la tía hasta las seis de la mañana, como era la advertencia de Rodolfo Aicardi en sus estruendosas peroratas discográficas.

Para tener 74 años, el Indio luce saludable y vigoroso. Camina erguido, y no vacila en exhibir su colección de anillos de oro macizo en todos los dedos de ambas manos. Hace dos años, en un hotel de Mérida, Venezuela, un parrillero de una moto lo asaltó y le escamoteó varios, pero López los recuperó al poco tiempo, porque se desconoce con ellos, qué le vamos a hacer, es el orgullo y la personalidad de su raza wayúu, pese a las angustias y los derrotes de la inseguridad.

¿Maestro, y usted todavía se toma sus aguardientoskis, como decía el Loko Quintero?

“No tomo aguardiente desde que me dio el infarto hace nueve años aquí en Bogota, donde estuve a punto de irme porque alcance a ver de lejos la luz del túnel al otro lado de la eternidad, pero Dios y los milagrosos médicos de la clínica Shaio me dieron otra oportunidad para seguir deleitando a mi público de toda la vida”.

¿O sea que cerró para siempre el grifo?

“Tampoco. De vez en cuando, para alguna ocasión especial, me tomo un par de whiskies, que me nivelan la presión, o unas copitas medidas de Cocuy El Indio Sunure, un destilado que es como una versión venezolana del tequila mexicano, o del pisco peruano. Es un elixir que hay que saberlo tomar de a poquitos, sin pasarse de la raya. Porque ya me pasé una vez. La lección está aprendida”.  

De ahí que subraye Pastor, con su habitual desparpajo, que desde que superó el soponcio en su trajinado corazón, se acostumbró a celebrar con los suyos dos fechas de nacimiento: la del 15 de junio de 1944, en Barquisimeto (Venezuela), y la del 31 de diciembre de 2011, en Bogotá, día en que los facultativos de la  Shaio le salvaron la vida ante un infarto de pronóstico reservado.

A partir de aquel segundo nacimiento, el llamado Rey de la cumbia, de la parranda decembrina o del despecho bailable no ha vuelto  a tener quejumbres ni advertencias del miocardio, y continúa por estas fechas de alborozo con el mismo tren de trabajo de siempre: de largo 24 y 31 de diciembre, y de ahí en adelante lo que le agenden sus empresarios en distintos puntos del continente, porque Pastor asegura que es el mismo en tarima: bien en cualquier discoteca de los distritos latinos de Nueva York, en la fiesta privada de un chalet, en Suiza; o en las ferias y fiestas de Cogua, Cundinamarca, o de cualquier región de Colombia, por más apartada que sea, país que en sus palabras: “le debo todo lo que soy, los grandes logros de mi carrera, mis hijos, mis nietos, un bisnieto, y lo más importante el cariño del público, de ayer, de hoy y de siempre”.      

De los primeros discos en vinilo de Pastor López que más se fija a la memoria de los viejos rumberos, es el del sello Fuentes, donde él aparece, en carátula de fondo mandarina, flaco, de rostro puntiagudo, cabello ralo engominado y una camisa culebrera que le da un aire a ayudante de flota intermunicipal, maletero de aeropuerto, embellecedor de calzado del parque Lourdes, o hábil carterista de la carrera 7° en Bogotá, de aquellos que rompían los cronómetros los 100 metros con obstáculos.

Una imagen muy distante al septuagenario Pastor López de estos tiempos, aferrado a un Jaguar clásico estacionado frente a su amplia morada en un exclusivo sector de la capital nortesantandereana, mensajero de una melodía trepidante que resortaba a las pistas de baile en fondas y balnearios de carretera, en Melgar, Girardot, Boquerón, Fusagasugá e intermedias, y que con el tiempo se propagó en escenarios de Ecuador, Perú, Chile, México, Costa Rica, Estados Unidos, España, Alemania, Francia y Holanda, a lo largo de varias generaciones.

En Colombia y en su natal Venezuela, oír repicar en estas fechas los acordes y la voz inconfundible del Indio Pastor, es una incitación a extender el cableado de luces navideñas en árboles sintéticos y pesebres perfumados de musgo, a la vez que convocar al vecino de confianza a degustar de una frías en la tienda más cercana y, por qué no, marcar el teléfono de ese amor extraviado o patidifuso en aras de un arreglo, o de una posible reconciliación.

El corazón apasionado de Pastor López, como el título de uno de sus primeros éxitos (letra de Julio Bovea, de Bovea y sus vallenatos) que pegó en 1974, sigue igual de activo y querendón, no obstante sus 74 años a cuestas y la cirugía de miocardio abierto a la que fue sometido el 31 de diciembre de 2011, en Bogotá.

 Foto: La Pluma & La Herida

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Salvo ese trance, que él adjudica a una postergada cuenta de cobro a su vida parrandera de músico, de los excesos etílicos y del “veneno del cigarrillo”, López se jacta al mentar que ya completa cincuenta y seis años de carrera artística, 110 discos, once hijos (tres de ellos heredaron su vena musical y viven en Miami), veintisiete nietos y un bisnieto. Y el hombre ahí, en pie de lucha, cumpliendo a su cometido, el de llenar de alegría los corazones en estas festividades de fin de año, como siempre lo ha hecho.

Pastor López ya podría disfrutar de los años del jubileo, cuando afirma  que la música parrandera le ha dado para vivir bien, invertir en finca raíz, y ayudar al sostenimiento de su numerosa prole. Pero que no se imagina quieto, sin hacer nada, como los abuelos que tardes enteras esperan la parca en las mecedoras y butacas ubicadas en las puertas de las residencias veraniegas de Cúcuta, ciudad donde vive hace once años.

Si eligió a Cúcuta como vividero, es porque dice que allí le queda todo cerca, sobre todo el aeropuerto para desplazarse a donde lo llamen, dentro y fuera del país, y porque le gusta ir a Maracaibo y a Barquisimeto, esta última la ciudad que lo vio nacer en el modesto hogar del agricultor Máximo Pineda y de doña Zoila Rosa López, fabricante de instrumentos musicales.

¿Y usted por qué se apellida primero López y no Pineda? 

Porque me gustó el López como apellido artístico y así me quedé. Y también como un homenaje a mi mamá que desde chamo me inculcó el amor por la música a través de los instrumentos que ella elaboraba y que yo aprendí a tocar viendo, como el cuatro, la guitarra y las maracas.

En su infancia le fascinaba la música festivalera de Noel Petro y su requinto, y las bombardas de ese jazz caribeño en la virtud de maestros como Lucho Bermúdez y Pacho Galán, y por supuesto esas big-band de su patria, Billo’s Caracas, Los Melódicos, y la Orquesta de Nelson Henríquez, de la que fue corista.

Pero López no sólo ha grabado música tropical, de la que da cuenta un récord de más de 600 melodías, gran parte de ellas impresas por el sello Fuentes (que lanzó hace cuatro años: el recopilatorio 100 y más de Pastor López). Hace nueve años le rindió tributo a Antonio Aguilar con el mariachi Hilos de oro, y hace cinco grabó un disco de música venezolana.

Y si se le indaga de otras preferencias musicales, dirá que lo que más oye en su casa o cuando se desplaza en su automóvil es a Julio Jaramillo, Javier Solís, Los Ángeles Negros, el Grupo Miramar, su amigo Lisandro Mesa y Jorge Velosa, el maestro de la carranga.

De todos ellos tiene la mayoría de sus discos, celosamente guardados en su egoteca, donde también se ven exhibidos los propios, acetatos de antología,  trofeos, placas y menciones cosechados en sus cincuenta y seis años de actividades, entre ellos, siete Congos de oro en los Carnavales de Barranquilla,  ochos discos de oro, dos de platino, uno de diamante, y quizás la presea de la que se siente más orgulloso: el pergamino de reconocimiento como Rey de La Cumbia, otorgado en un concierto en el Madison Square Garden, en 1982.

Sólo Mayerly González, su última mujer, La Jefa o Doña Cheryl, como él la llama, está autorizada para ingresar a dicho aposento a organizarlo y limpiar el polvo, porque además de ser su compañera sentimental, es su manager, la que agenda sus contrataciones, vigila su itinerario y prepara su equipaje. Hasta ahí. Porque el que cobra es él.

 Foto: La Pluma & La Herida

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¿Y cómo lo ponen a usted estas festividades, maestro?

“Pues inmensamente feliz, porque es cuando hay más trabajo”.

¿No se cansa de trabajar?, ¿no le hace daño tantas emociones juntas?

“Si no fuera por el trabajo, no me imagino qué sería de mí. Para mí la música es mi mejor vitamina. Cuando paso una temporada larga sin toque, me empiezo a desesperar”.

Después de la operación que le hicieron hace siete años, ¿trabaja menos?

“No, al contrario. Se dispararon las ofertas y en esta temporada no se puede parar: una fiesta conecta con la otra”.

¿Cuál es la región más rumbera de Colombia?

“La Costa, por supuesto; pero por parejo todo el país: Antioquia, los Santanderes, el Valle del Cauca, Huila y Tolima, el Llano, el Eje Cafetero, Boyacá, Cundinamarca, Bogotá; mejor dicho, Colombia entera vibra y goza con estas fiestas y la música del Indio Pastor”.

¿Con qué acostumbra mojar la palabra cuando está en tarima?

“En tarima no tomo sino agua. Nunca le he mezclado trago al trabajo, porque eso va en contra de mi ética profesional. No permito que mis músicos lo hagan. Fuera de mis labores, para una ocasión especial, no paso de dos whiskys, que me sirven para nivelar la presión”.

¿Cómo recuerda, maestro, la popular Caseta Matecaña?

“Eso es un capítulo aparte en mi vida. Ahí tuve la oportunidad de trabajar al lado de grandes de la música tropical: Pacho Galán, Lucho Bermúdez, los Hermanos Zuleta, Jorge Oñate, Lisandro Mesa, Alfredo Gutiérrez, Calixto Ochoa, Rodolfo Aicardi, el Loco Quintero, el Joe Arroyo, y tantos y tantos en diferentes épocas”.

¿Compartió con Rodolfo Aicardi?

“Claro y lo recuerdo de muy jovencito, cuando Fruko era muchacho y tenía pelo. Éramos los infaltables de la Caseta Matecaña con el difunto Sady Rojas, y compartimos tarima muchas veces por toda Colombia”.

¿Se hacen buenos amigos en el mundo de la música?

“Sí, pero no de todos se puede uno confiar”.

¿Hay Pastor pa’rato?

“Claro que sí, y justamente así se llama uno de mis éxitos, en tiempo de gaita”.

¿Cómo quedó después de la operación para sus deberes conyugales?

“¡Huy!, usted se me está metiendo entre las cobijas, pero déjeme decirle que con un Corazón apasionado como el mío, el amor y el sexo funcionan de maravilla”.

¿Tres de sus melodías que le hacen arrugar el corazón?

Traicionera, El hijo ausente y Lloró mi corazón”.

¿Usted sí sabe bailar, maestro?

“Hago el deber, en eso me la he pasado los últimos cincuenta y seis años”.

¿Bailamos bien los colombianos?

“Son los mejores, eso es indiscutible, sobre todo la gente mayor”.

¿Qué músicas se niega a escuchar?

“Ninguna, porque eso hace parte de la actividad musical. Y de lo bueno y lo malo se aprende”.

¿Ha pensado alguna vez en su epitafio?

“No, eso es de mal agüero. Para eso están los descendientes. Esa tarea se la dejo a ellos”.

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