No dar papaya…

La percepción de inseguridad continúa creciendo en el país, haciendo que esta vieja expresión cobre cada vez más vigencia

Por: Manuel Tiberio Bermúdez Vásquez
abril 06, 2021
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No dar papaya…
Foto: Piqsels

“La calle es una selva de cemento
Y de fieras salvajes, cómo no
Ya no hay quien salga loco de contento
Donde quiera te espera lo peor
Donde quiera te espera lo peor”.

Juanito Alimaña

En muchas ocasiones, cuando en la calle atendiendo el guiño rojo del semáforo me detengo, me espanto un poco ante la aparición no de uno sino de varios hombres y mujeres que se abalanzan sobre mi vehículo disparando agua sobre el vidrio delantero con la intención decidida de limpiarlo sin yo aceptarlo y sin que el parabrisas precise de su servicio.

A pesar de mi gesto de que no me interesa el ligero trabajo que me ofrecen, siguen echando agua jabonosa sobre el vidrio sin hacer caso de mis señas. Menos mal que aun aquí en Cali es solamente una lluvia de agua espumosa la que avientan los trabajadores de los semáforos; hombres, mujeres y niños, quienes con una botella en mano y un limpiavidrios —una especie de palita como de repartidor de casino— se procuran lo necesario para malvivir.

Porque en otras ciudades, como se puede ver en la televisión, los que se acercan a los vehículos lo hacen con la intensión de raponear los espejos laterales. Hábilmente los despegan colgándose de ellos, o si uno ha dejado por descuido el vidrio de la ventanilla abajo, introducen la mano y se alzan con lo que más cerca este de su afán de raponeo.

Y ni qué decir de quienes, a horcajadas sobre una moto y con un arma de fuego como intimidación para cometer su fechoría, acobardan a las personas para llevarse las pertenencias o en un zarpazo relámpago, dejar si celular a un desprevenido transeúnte o sin cartera a una dama que solo alcanza a emitir un grito inútil, pues el ladrón ya va lejos zigzagueando entre el enmarañado tráfico de la ciudad.

Y es que entre esa aglomeración de personas que gritan, caminan y viven las calles hay quienes, como lobos de ciudad, rastrean, olfatean y acechan un descuido para actuar en contra de los desafortunados, que en un instante cometen pecado contra ese mandamiento que hay que cumplir cuando no estamos en casa “no dar papaya” y que nos expone al peligro dando ventaja al que esperaba por ese momento.

Esto me ha hecho acordar de algo que vi. Un hombre se acerca a un conductor para implorar una moneda con que comprar un poco de comida.  Era un hombre maduro y saludable, que se notaba aún podía desempeñar algún oficio que se le encomendara. El conductor del auto le dice al menesteroso:

—Sabe, amigo, tengo un lotecito que necesita limpieza, si quiere yo le pago para que me haga ese trabajo.

—No puedo, patroncito, estoy muy ocupado— con gran seriedad responde el aludido.

—¿Y eso en qué amigo?— indaga el conductor.

—Porque yo me la paso pidiendo todo el día, patroncito, y no me queda tiempo para ir a limpiarle el lotecito.

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