Opinión

¡Ni uribistas, ni petristas!

Los ciudadanos de a pie que abrigan el centro y repelen los extremos, rechazan modelos e ideologías empecinadas en imponerse, pero incapaces de innovar desde nuestras realidades

Por:
octubre 31, 2019
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¡Ni uribistas, ni petristas!
Al expresidente Uribe le está llegando la hora de pensar en su retiro, luego de ser el más exitoso político de las últimas décadas. A Petro se le pulverizaron los ocho millones de votos

Es la lectura simplista que entre café y café, me permito hacer al final de las elecciones regionales, de mi país adolescente, dividido desde la independencia por las guerras intestinas, y por las eternas tensiones que no permiten ponernos de acuerdo en el modelo de país que queremos.

Los resultados de las elecciones regionales, nos obligan a poner la mirada en el país rural y las ciudades región, donde bulle a borbotones, una fuerza que expresa rebeldía, la voz ciudadana contra el Establecimiento, desgastado por sus ambigüedades, por desconocer las verdades y realidades de millones de colombianos; por esa institucionalidad, que insiste en seguir haciendo más de lo mismo desde tiempos bicentenarios: disputas entre bolivarianos y santanderistas, centralistas y federalistas, conservadores y liberales, pájaros y chulavitas, comunistas y anticomunistas; y hoy, las recalcitrantes izquierda y derecha democrática, petristas y uribistas, dos orillas enardecidas e irreconciliables.

Ha sido inevitable que el clientelismo persista con su singular forma de corromper la relación entre amplias facciones de la ciudadanía y la política; en algunos lugares sigue ganando el poder del dinero sucio; pero en vastas regiones, no se ganó con tamales ni con cemento; ganó el voto de opinión; surgieron expresiones de nuevos liderazgos, con un claro mensaje para las dos causas más polarizantes de la vida nacional: ¡ni uribistas ni petristas!; estas voces que abrigan el centro y que repelen los extremos, surgen de los ciudadanos de la calle, que rechazan los modelos políticos, sociales y económicos, el radicalismo, y las ideologías empecinadas en imponerse, pero incapaces de innovar desde las realidades y las autenticidades propias de los colombianos.

El principal fenómeno de las elecciones del domingo, fue el número de gobernaciones y alcaldías, obtenidas por coaliciones (25 de las 32 gobernaciones), así como la aparición de nuevos mandatarios promovidos por grupos significativos de ciudadanos. Esto podría leerse como la caída sostenida de los partidos, pero más bien, queda la impresión, que las alianzas se hicieron solamente para acceder al poder, dejando espacio a la tendencia del caudillismo.

Antes que ganadores y perdedores, hay que registrar que en las principales ciudades del país, la política hizo sinergia, hacia una perspectiva más afín al centro, tomando distancia, del partido del gobierno.

La Bogotá de Claudia López, y la Medellín de  Daniel Quintero, ubicados en el centro-izquierda, así como todos los nuevos mandatarios locales, deben guiar a los ciudadanos para lograr mejores índices de desarrollo humano, más gobernabilidad entre la diversidad ideológica; proteger la vida de excombatientes y líderes sociales.

Sin duda hubo expresiones colectivas, que votaron en contra de lo tradicional: en Buenaventura ganó el paro cívico, en Soledad Fuad Char, recibió una gran derrota; en Chía perdió Gaitán Mahecha, en Sucre perdió Yair Acuña, en Magdalena perdió el “clan de los cotes”.

¿Quién más perdió? Además de los uribistas y los petristas, también perdieron algunos seguidores del expresidente Santos; entre ellos la abanderada de la Colombia Renaciente; la doctora Clara López. Perdieron las mismas Farc, pese a que uno de sus excombatientes, ganó en Turbaco, con el aval de la Colombia Humana, y la Unión Patriótica; esto debe ponerlos a pensar, sobre alianzas a futuro, para continuar el tortuoso camino de hacer política en Colombia.

Los acuerdos de paz y los resultados de las elecciones: las expresiones en las urnas, permite otra lectura; la gente va perdiendo el miedo de inscribirse en las elecciones locales y regionales, cosa que producía miedo hasta hace poco; hubo mayor fortalecimiento en los espacios de participación ciudadana, antes amarrada al miedo que produce el poder omnipotente de las mafias.

A Gustavo Petro, quien encarna el delirio de la rebelión, jefe político de la joven Colombia Humana, se le pulverizaron los ocho millones de votos, alcanzados durante las pasadas presidenciales; perdió terreno donde esperaba triunfar; sus últimas decisiones generaron divisiones dentro de su partido; aunque Morris, su candidato en Bogotá, sacó una votación mayor a la que calcularon las encuestas, Petro es sin duda uno de los mayores perdedores de las elecciones locales.

Al uribismo le queda la figura refrescante de Miguel Uribe Turbay, joven promesa política de las toldas liberales, con matices más ponderados que los mismos uribistas, o impulsar otro candidato como Rafael Nieto Loaiza.

Al expresidente Álvaro Uribe, le está llegando la hora de pensar sobre su honroso retiro, luego de ser de lejos, el más exitoso y persistente batallador político, de las últimas décadas en Colombia; a sus fieles seguidores les queda la lección aprendida de la necesaria renovación, y lo dañino que es practicar un lenguaje contestario y excluyente.

El presidente Iván Duque, debe poner el timón al centro; no al centro de su partido, sino al centro de las realidades y los clamores del país; los sectores pura sangre de su colectividad, lo culpan de la derrota por su impopularidad; y esta dicotomía, ojalá no le haga perder su objetivo de unir al país; es el presidente quien debe dar el primer paso en esta dirección, y resarcir el sentimiento de fracaso de su partido en las elecciones regionales, pero solo si gobierna bien y para todos los colombianos.

Al presidente le sobra generosidad y grandeza; cuando la ponga sobre la mesa, hasta sus más acérrimos rivales podrán usarla como antídoto, para tan destructiva rebelión y disputa.

https://twitter.com/rafacolontorres

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