Ni el opresor ni el oprimido deben hacer parte de nuestra casa grande

"Los comuneros nos dieron ejemplo de gallardía, entrega, sacrificio y amor por la patria, por eso es hora de pensar con el corazón y abandonar el interés particular"

Por: Clara Inés Roncancio Valbuena
agosto 23, 2019
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Ni el opresor ni el oprimido deben hacer parte de nuestra casa grande
Foto: Arcángel Castellanos López - CC BY-SA 4.0

En pleno siglo XXI vendría bien recordar con "la chonta" en mano, como lo hacen los indígenas del Cauca, la gran hazaña de miles de colombianos, que sin tantos pergaminos, pero sí con amor propio, alzaron abiertamente el pendón contra el abuso de los invasores, quienes, con las Nuevas Leyes, pretendían establecer célebres ordenanzas sobre las encomiendas.

Aquellos grandes colombianos las desobedecieron, clamaron a la Corte española en busca de remedio, alarmados por la inseguridad que sentían en lo que consideraban como suyo; pero no encontraron respuestas favorables; es más, se les burló, se les ignoró; y luego, con los años, se les ejecutó en el patíbulo frente al pueblo.

Aunque algunos dicen lo contrario, se sabe que frente al presbiterio de la parroquia de Santa Veracruz, ubicada en la calle 16 con cra 7° de Bogotá, reposan los restos de algunos próceres como Francisco José de Caldas, Antonio Villavicencio, Policarpa Salavarrieta (La Pola), entre otros; sepultados allí después de ser ejecutados por los soldados de Pablo Morillo, "el Pacificador", en la llamada reconquista española.

Los comuneros nos dieron ejemplo de gallardía, entrega, sacrificio y amor por la patria. Venidos de todos los pueblos se iban uniendo a la marcha para velar por sus intereses. Desde las más remotas montañas hasta las más populosas ciudades de la época; indígenas, negros, mulatos, zambos, campesinos, comerciantes, artesanos, estudiantes; alfabetas y analfabetas, todos bajo el mismo lema.

Lo que condujo a esta indignación generalizada fueron los atropellos y vejámenes empleados por los guardas y administradores de las rentas, que violaban desde los más humildes hogares construidos con paja y bahareque, hasta los sagrarios de los pueblos. Claro, siguiendo las órdenes despachadas desde la corona, para seguir alimentando las arcas de unos y no de todos.

Actos que vemos se repiten en las calles de la ciudad, cuando nuestros policías atropellan al heladero por invadir el espacio público, al recorrer las avenidas con su caja de icopor para llevar algo de pan a su familia.

Este es uno de tantos maltratos que recibimos a diario, con la aplicación de las Nuevas Leyes creadas por aquellos empleados, elegidos en cada período para que nos colaboren en la ordenanza del país.

Esos comuneros se adelantaron ocho años a la Revolución francesa que acabó con el régimen dictatorial de Europa en el siglo XVIII. A ellos, a nuestros comuneros, les debemos gran admiración, aunque en el momento fueron engañados, ultrajados y divididos. Qué triste recordar aquí el caso de nuestro Túpac Amaru, José Antonio Galán, que como este emperador peruano, fue arrastrado vilmente con cordeles amarrados a cuatro bestias, jineteadas por otras cuatro bestias hasta desmembrar su cuerpo. Llamar animales a esa especie, sería dar un calificativo demasiado alto.

Tantas luchas intestinas ha vivido el hombre tratando de buscar la convivencia feliz, tantos sacrificios y dolores tiene que sentir el ser humano para poder entender que la armonía y el respeto por la diferencia nos hacen altruistas, que la admiración por los bienes y el medio ambiente debe prevalecer frente a los intereses particulares, por qué es tan difícil comprender que la riqueza la llevamos en el alma, si convivimos en medio del goce y la libertad.

¿Será que es necesario seguir empuñando el bastón de mando nasa para deducir que todos somos iguales y que como iguales debemos saborear el placer de los bienes y servicios labrados en la chacra por todos y para todos?  La riqueza de nuestro país no tiene parangón, sin embargo, es la falta de amor propio lo que no nos permite ampliar el horizonte. Es la "modernización" a golpes, con ideas prestadas y con añadidos. Es la falta de identidad, porque castraron nuestra evolución en el siglo XV o es que no sentimos dolor por nuestro hermano hambriento porque tenemos la mesa llena.

Despierta, comunero, ni el opresor ni el oprimido deben hacer parte de nuestra casa grande. Es hora de pensar con el corazón, abandonando el interés particular y cubriendo de amor a nuestra madre tierra que nos da cobijo por igual.

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