¡Nadie nos maneja, nadie!

Varios medios han difundido esta iniciativa que relatan el locuaz reto de filmar y mostrar las realidades y las opiniones de muchos ciudadanos de a pie

Por: Iván David Bejarano Celis
marzo 04, 2022
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2orillas.
¡Nadie nos maneja, nadie!
Foto: Pixabay

El panorama habla por sí solo, civiles.
Parece un apocalipsis esta mierda

Muchos de los que hacen parte de la idiosincrasia colombiana alguna vez han visto Plaza Sésamo (tanto en su versión gringa, como mexicana), conocen a la marranita Peggy, a Enrique, Beto y el espigado y relajado pajarraco Abelardo. También habrán visto los chilenos Treinta y un Minutos y sus reconocidos y pegajosos estribillos.

Tal vez, habrán visto alguna vez Kikiriquí (el Notizín), un proyecto serio que sirve para mostrar en clases de colegio, y tal vez muchos crecieron con títeres o marionetas gigantes de un lobo rojo y un dinosaurio verde como los del Club Diez. Ah, bueno, y quizás, algunos recuerdan a Pedro (famoso por los memes), Marianita y la maestra Yolanda, de Niños en Crecimiento que pasaban hace años en algún canal de la perubólica.

Pero no de todos ellos hablan los periódicos alternativos en las últimas semanas. Periódicos como Q’hubo, Cartel Urbano o Kienyke han reseñado algo en algunas de sus páginas, sea primera plana o no. No a todos esos títeres se les está invitando por estos días, en programas periodísticos y en vivos por varias redes sociales, por parte de varios proyectos independientes, para participar en conversatorios y entrevistas.

Hoy día, la atención se centra en dos títeres de tela, cartón y espuma que son nacionalmente reconocidos como Inocencio y Democracio. Además de Impunidad y UPJ, que son del noticiero, pero pues no han tenido mucho protagonismo.

Es ya toda una tendencia en redes y cada uno de sus videos no bajan de las cinco mil visitas. Es un proyecto que ha devenido en una especie de adalid de resistencia periodística, que va comunicando y revelando a los ojos de los colombianos, lo que está sucediendo en las calles de distintas ciudades del país, en el momento preciso: Notitéres 24.

Es toda una poética del periodismo. Un periodismo Gonzo del Siglo XXI, pero con títeres. Ha marcado un hito en el periodismo colombiano, o mejor, una fusión entre periodismo, artes plásticas y artes escénicas, que muchos equiparan, en sus comentarios por redes, al trabajo que alguna vez realizó el impunemente asesinado por el paramilitarismo, Jaime Garzón.

Realmente uno no sabe en qué momento se pierde en el títere, y se olvida de que es un humano quien lo maneja. Y paradójicamente grita a sotavento que nadie lo maneja. Un títere que no es manejado por nadie, y que es más autónomo que los mismos mandatarios y periodistas oficiales, que sin ningún muñeco en sus brazos, son manejados por oscuros hilos de hacendados, narcos o empresarios.

Son varios los medios donde se ha difundido esta iniciativa y en donde se han escrito artículos que relatan el locuaz reto de filmar y mostrar las realidades y las opiniones de muchos ciudadanos de a pie, y en los últimos meses, ha registrado cómo cientos de personas (en su mayoría jóvenes), no luchan contra gigantescos molinos de viento, sino contra herméticas e impenetrables tanquetas policiales que bombardean al estilo OTAN.

Pero en esta ocasión, me tocó a mí, de primera mano, y cómo no hacerlo si me gusta escribir, soy pana del man y he estado en algunas de sus trasmisiones en vivo y gestas novelescas.

Para continuar con la idea, hay que hablar un poco del man. Del que ingenió, por casualidad o no, toda esta parafernalia teatral, que estalló en las redes. El man es Ricardo. Ricardo Florez. Richi, Richard, o alias El Pretzel. Está medio frito. Artista por naturaleza. Músico y pintor. Y ahora, con la gesta de Notitéres, que se ha convertido en su nueva obsesión.

Es un man que va a lo malditasea, sin meterle mucha mente a las cosas, y que vive al límite, no sólo en el Paro Nacional que estalló desde el 28 de abril, sino que así ha sido desde que lo conocí.

Realmente, no come de nada. De ni mierda. Es hijo de profes. Y nieto también de profes. Es curioso, porque también yo lo soy, y hay afinidades intelectuales y de visión de vida. Por eso, me tomo el trabajo de balbucear en este artículo y dedicar tiempo para conectar ideas y cavilaciones y desembocar en algunas disquisiciones del periodismo aficionado.

Haciendo venia a su herencia, el man está estudiando para ser un profe más, para enseñar un poco más acerca de esta sociedad agobiada y doliente. Considero que el camino es la educación.

Y es precisamente eso, lo que no se ha entendido muy bien en la administración de esta nación. Desde que se forjó este Estado fallido, no se ha tenido mucha consciencia de la importancia de la educación hacia su gente. No obstante, aún sin graduarse y sin ejercer como docente, ya lleva en su hombro una responsabilidad histórica al registrar lo que ha acontecido en los últimos años.

Cabe decir que el noticiero ya llevaba algunas transmisiones desde hace algunos años, antes de volverse tendencia. Eran programas editados que se basaban sencillamente en entrevistas a transeúntes incautos y desprevenidos, interrogados con preguntas de actualidad social y política.

De hecho, en algunos de sus capítulos ha captado algunos interlocutores conocidos, como Radioloco, el concejal Julián Sastoque, la senadora Ángela María Robledo, Wally, y hasta robó cámara el alcalde encargado, que poco se le vio gestionar en la coyuntura del Paro.

Todo estalló y se viralizó (como fecha sagrada, de alineación planetaria), un Primero de Mayo. Qué mejor fecha para iniciar esta quijotesca incursión periodística, que está dotada de valentía y un tinte de importaculismo, pues no hace falta aclarar o recordar, que se corre el riesgo vital, que en cualquier momento esa idea detrás de un celular, podría quedar como una más en la colosal lista de asesinados en este país.

Sería uno más entre Dylan Cruz, Nicolás Neira, Nicolás Guerrero, Julieth Ramírez, Diego Felipe Becerra, Santiago Murillo, Lucas Villa, Javier Ordoñez, y los más de cien, que enumera Indepaz, en el marco del paro.

Y eso sin contar los demás, los que vienen cayendo día a día, desde hace décadas, los falsos positivos (que desde luego son más de 6402), y sin contar las fosas comunes que albergan miles de cadáveres, los que se calcinaron en hornos, y los que se descomponen por partes en las arterías de la hidrografía colombiana.

El riesgo es alto, y la probabilidad también.

Ese Primero de Mayo lo acompañé. Después de encontrarnos en el Parque Nacional, avanzamos hacia el Centro. Y allí se dio la magia. Natalia, su pareja, lo acompañaba con la cámara. La fiel Sancho, como lo expresó KienyKe, que lo acolitaba en la descarga de peligro y adrenalina.

Es muy seguro que muchos de los que veían la difusión tras la pantalla del celular, querían estar allí en ese momento. Pero como no todos tiene el coraje, la disposición y la posibilidad de estar allí, se pegaron, sin pestañear de la trasmisión de ese títere, que más que hacer cagar de la risa a cualquiera, va mostrando sin censura, la realidad de los fenómenos sociales y políticos de este país.

Muy seguramente, muchos, desde la comodidad de sus casas, nunca se imaginaron qué era estar tan cerca del Esmad, viendo esa lluvia de piedra caer en los cascos negros, y ver el arsenal infinito de gas, marcadora y aturdidora que se disparan desde los fusiles y tanquetas.

Es más… Creería que todos quedaron atónitos y con la boca abierta, cuando se vio y se escucharon las ráfagas seguidas de los proyectiles que lanzó la nueva Venom que fue estrenada, tal vez, ese mismo día. Una señora tanqueta de level, de kilo. No cualquier tanquetica. Ni si quiera en la Universidad había visto una así.

Ese día, fue una muy buena trasmisión. Más de quince mil visitas. Fue el trampolín y el impulso. Desde luego, que nadie sabía que el paro iba a durar tanto, y Notitéres fue un portal y una ventana que comenzó a narrar la realidad de este país día tras día.

Desde luego que había varios en vivos de gente del común que publicaba en su Face, Twitter o en Instagram, pero realmente fanáticos y espectadores, estaban esperando el momento en que empezara el vivo guiado por algún chiste o comentario de Democracio o de Inocencio.

Mientras se hacían trasmisiones en Bogotá, en Cali se veía cruda la cosa. Mientras bloqueaban las redes y saboteaban el servicio de internet, varios jóvenes fueron asesinados como si se tratara de un exterminio a la juventud. Cualquiera era un objetivo policial, cualquiera era vándalo o terrorista. No había distinción. Luego, pasó a otras ciudades. Cayeron muertos en Madrid y Pereira. Empezó un revuelo colectivo imparable.

Todo fue una conmoción constante. Día a día las noticias venían. Las muertes. Las golpizas, los ojos, las motos, las sirenas, el bolillo. Los cadáveres. Los videos, las redes. Hashtags de #SOSColombia #NosEstánMatando y numeral más cualquier medio internacional, como BBC, France24, CNN, DW, NYT, ONU, DDHH, DIH y demás. También, se compartían videos de mofa, memes y opiniones x. Todo se movía.

No recordaba tanta convulsión.

A lo largo de mi vida en esta macondiana tierra, había presenciado bastantes paros, de campesinos, de indígenas, de profesores, de taxistas, de camioneros, pero ninguno tan representativo y tan fuerte como el de estos tiempos.

Nadie nunca imaginó, que por una mariantonietada como la de Carrasquilla, al proferir la estúpida cifra de la docena de huevos a mil ochocientos, detonaría toda una movilización furibunda del pueblo, pueblo.

Entendiéndose el término pueblo. Acá no fueron pasteles de la Revolución Francesa, sino huevos. Unos inocentes huevos de un ominoso ignorante de la élite empresarial que gobierna impunemente, sin temor ni resquemor. Sin vergüenza. Batracio.

La gente se emputó.

Nunca se sabe qué va a detonar las cosas. Uno nunca sabe qué va a generar una pelea con alguien, con la pareja, por ejemplo. Si uno supiera, tal vez no diría o haría lo que irremediablemente desembocaría en el conflicto. Pero como no se puede predestinar el futuro, y como no se puede devolver el tiempo, se afronta la vida como viene. Se improvisa.

Y así fue en Colombia, por el descaro de no reconocer del valor real de unos simples huevos. Fue una ofensa que bastó para que el colombiano de a pie, diera el segundo round, que venía desde los movimientos sociales que se dieron a finales del 2019, en Chile, Hong Kong, Líbano, Irak, Haití y, desde luego, aquí. El colapso de la olla de presión neoliberal.

La irremediable bomba del capitalismo que terminará destruyéndolo y arrasándolo todo. La hecatombe económica. Inflación, plusvalía, desempleo, hambre, penuria y miseria por varias décadas.

Y a eso, súmele asesinatos casi todos los días, masacres, robos descarados de políticos y corrupción. Mediocre e irrisorio presupuesto para salud, educación, arte, recreación y deporte. Varios municipios sin equipamientos básicos. Sin agua. Después de 22 años del nuevo milenio, sin agua.

Y desde luego, la inicua deforestación sistemática que va arrasando cualquier atisbo de selva o de naturaleza, para sembrar palma, coca o para poner miles de vacas a que coman y enriquezcan las arcas de los empresarios ganaderos.

Pero llegó diciembre con su alegría, Pastor López hacía olvidar o revivir las penas. Había hambre y angustia, pero había farra y pola, y Colombia se convertía en un carnaval. Se detuvo esa preocupación política. Como si fuera un acuerdo telepático, se continuaría el siguiente año. El Paro también entraba en vacaciones.

Dejar la revancha para luego, para el veinte-veinte. Pero como nada está escrito, nadie sabía que vendría el ataque del Coronavirus que lo cobijaría todo. El terror, la angustia, la reclusión apocalíptica terminaría por relegar al olvido cualquier atisbo de rebelión, protesta o reivindicación social.

Entonces, después de que la sociedad sobrevivió a la pandemia, y después de varios meses, se retoma la consciencia. La muerte de un ciudadano común, la vergonzosa y desdichada muerte del abogado Javier Ordoñez, marcó un nuevo inicio. Fue como subir los tacos de la luz. Fue un día histórico para la ciudad de Bogotá.

Esos 13 muertos a manos de la policía, y los más de 400 heridos, las violaciones sexuales a mujeres, y los desaparecidos desde ese 9 de septiembre, mancharon de ira la página colombiana. Pero, obvio, toca decir que es presuntamente (la hipocresía mediática). La revancha estaba a flor de piel. Colombia, desesperaba por aullar justicia.

Ese día Richi no estaba en Bogotá. Si no… hubiera sido un épico programa de Notitéres, que marcaría la vara a superar. Pero la vida es como es. Yo sí salí. Entre buses incendiados, motos policiales en llamas, lacrimógenos, piedras, vidrios y cajeros rotos, lamentos de sirenas y estremecedoras luces azules y rojas, intenté promocionar mi novela, el Suspiro Eléctrico de Daimon. Algunas fotos quedaron de este fatídico día. Días después, escoltado por la beldad del viento, la novela quedaría en una de las nuevas bibliotecas itinerantes que sustituyeron uno de los antiguos CAI, de la localidad de Suba. De hecho, quedó registro de esto en una nota de Canal Capital.

Ese día marcó pauta, y luego, meses después, las declaraciones de Carrasquilla constituirían un nuevo capítulo, pero de la misma temporada. Un nuevo Paro. Todos los gremios, la gente del común. Estudiantes, empleados, cualquiera salía a las calles con efervescencia, orgullo y emoción. Pero con ello, desde luego, llegaría de nuevo, la represión.

Las calles estaban tiñéndose de sangre, pero también, de colores, aerosoles y pinturas, de mensajes de rebeldía, de honor, de conmiseración, de consciencia, de levantamiento, de berraquera.

Miles de ciudadanos salieron a tomar fotos, a documentar, a preparar ollas comunitarias en las esquinas, a cantar y tocar en parques, apoyando a valientes guerreros con escudos de latón, cual paladines, enfrentarse a tanquetas y furibundos policiales forrados en robóticas armaduras. De nuevo las redes sociales, el oleaje informativo, un huracán de videos, artículos, noticias, registros, memes, trinos y comentarios. Humanaporelmundo, un perfil de Instagram fue una bitácora de videos de la brutalidad policial que invadía cada día. Salió también un impecable video de Juanpis en el capitolio. Una ojiva cinematográfica.

Y entre este traqueteo de roca, gas, disparo y masacre, el Pretzel, de nuevo en Bogotá, seguía informando con su mano viviente. Notitéres continuaba relatando la coreografía de las piedras cayendo en el pavimento.

Se seguía filmando el sonido de las rocas como si fuera un aguacero empotrado en la mitad de la tarde, contra cascos y escudos de la fuerza pública. En El Centro, en Usmekistán o en Portal Resistencia se captaban declaraciones de transeúntes o de jóvenes mujeres o muchachos de primera línea. Hasta de los mismos ESMAD, que también sabían del programa y se sabía que también lo veían.

Los comentarios en el Face repetían cada uno de los slogans que se han convertido en frases insignias.

“Recuerden civiles: Nadie nos maneja! Nadie! Nadieee! Ni por el putas! Nadie!”.
Además, se bombardeaban los en vivos con los emojis de risa, o corazoncitos, cuando salían a flote comentarios como:

“El gas está muy gonorrea, pero mi entrenamiento no permite evidenciarlo”.

“Mientras estaba tomando estas declaraciones, estaba vomitando”.

“Llegó su autoridad competente civiles. Ya llegó su acudiente”.

“He llegado aquí a poner orden, civiles”.

“No quiero desenfundar mi arma, no quiero descargar todo mi proveedor”.

“No traje mis credenciales, si no, ponía a estos subalternos a hacer 20 de pecho”.

“El helicóptero. Vinieron por mí”.

“Ese Esmad está apuntándome directo al cráneo”.

Se repetían los días. Las pedreas se repetían. Los heridos y los muertos también. Seguía el rocío de Indumil al mil. Entonces tocaba darle fuerza a las transmisiones. Seguir con las chivas periodísticas, un poco pintadas de amarillo. El taoísmo diría que todos llegamos en el momento y en el lugar indicado, y entonces un día le dije al Pretzel: “!Marica, toca parchar para Cali! ¡Rumbo a Cali, oís!”

Y efecty. Nos fuimos hacia El Dorado, y empezamos a marcar la realidad de esa ciudad. El epicentro del Paro. Los caleños. Gente admirable y parada, porque no hay más adjetivos.

Gente de sabrosura y pasión, tal cual lo retrató Caicedo en sus relatos. La salsa, la danza, la agitación. La Loma de la Dignidad, Siloé, Sameco, el hotel La Luna y Puerto Resistencia, que en ese momento hasta ahora erigía las varillas que conformarían el esqueleto del gran Monumento de la Resistencia. Sobra decir que allá, en las bibliotecas itinerantes, quedaron algunas copias del Suspiro Eléctrico de Daimon.

Allá se entrevistó a Hollman Morris y al señor del Canal2. Un cucho re parado, también. Atento a la noticia. De hecho, algunas veces se encontraron en los mismos lugares con Notitéres, por ejemplo, cuando el cucho estaba cumpliendo años.

Y viendo ese capítulo se me ocurrió que tanto Notitéres como el cucho del Canal2 parecían el protagonista de esa película gringa de Primicia Mortal, o en su inglés original, Nightcrawler, compitiendo por quién captaba la mejor imagen, o el mejor momento, el momento crucial.

Aunque no se podría hablar acá de mejor, o peor imagen, ya que lo que se iba filmando y captando eran cabezas y cuerpos desmembrados en las acequias y calles de Cali, o relatos de familiares narrando cómo habían asesinado a sus hermanos, hijos, parejas o amigos.

Entre todo, se trataba de una especie de sana competencia reveladora. Se tenía la intención de informar, de mostrarle a la gente qué era lo que sucedía realmente en las calles. Sin tergiversaciones, sin manipulaciones. Muy críticamente. Uno, que no comía de ni mierda, y el cucho, que abogaba de contrainformación.

Seguían las trasmisiones, y seguían las frases un poco mordaces e intrépidas.

“Bastante violencia. Bastantes ríos de sangre y destrucción”.

“Se necesita demasiado entrenamiento para esto, civiles”.

“Civiles, estamos a punto de morir”.

“Probablemente pueda ser mi última transmisión. Nunca lo sabemos”.

Esperemos que estas últimas frases no se hagan realidad. Y que el cosmos aún guarde esa energía para que ese coctel de arte, humor y periodismo, siga informando realmente a los colombianos que sólo tienen que sintonizar el live. Ya sea desde la casa, en el trabajo, en un transmi, en un parque o donde sea.

Esperemos que sigan las armas de los muñecos, pues las armas que tiene Democracio e Inocencio son la cámara y su voz, porque muy seguramente con su bracito partido no podrá desenfundar su arma. Esperemos que el titiritero no sufra un 2:47. Pero fuera de chiste, Natalia Hernández, en una de las transmisiones en Suba, bajo el cubrimiento de la toma del Humedal, sí sufrió realmente un episodio lamentable, que quedó registrado.

Un proyectil dispersor o lacrimógeno impactó directo en el pecho de Richi; si no es por el chaleco donado, muy posiblemente ya no estaría publicando en vivos. Pero, una esquirla del mismo proyectil rebotó, dándole directamente en la boca de Natalia. Momento lamentable. Vil. Abyecto. De hecho, si no es por la transmisión, no hubieran atendido la urgencia en los varios hospitales que visitaron esa noche.

Esperemos que Notitéres siga acompañando a los colombianos con su sátira, crítica y sarcasmo. Aún no se ve la luz al final del túnel, y muy seguramente habrá mucho que contar aún y qué trasmitir. Colombia es el país de lo insólito. Locombia o Polombia. Uno de los países más corruptos del mundo.

El más desigual de la Ocde. El circo colombiano aún dará show, es sí es seguro. Colombia es un chiste que se cuenta solo y sólo basta tener la cámara para captarlo.

En la actualidad, SinLente Films, de Fernando García, está realizando un documental de todo este proceso creativo que se bautiza Revólver (haciendo referencia a la banda de Speed Thrash Metal de Ciudad Bolívar), transmutando audiovisualmente desde lo aficionado a lo profesional, esperando sea un empujón para que Notitéres sea conocido y reconocido con fibra y volumen, al otro lado del charco.

Notitéres, más allá de la comunicación que desarrolla, se ha convertido en un sello, en una marca, tanto de un ejército de Inocencios y Democracios de peluche que decoran varios hogares colombianos, como de camisetas que portadores llevarán con complicidad y orgullo. Es un sello que evoca la verdad sin censura.

Desde luego que las trasmisiones de Notitéres ya hacen parte de los anaqueles virtuales de la historia colombiana. Fue testigo de uno de los episodios más vergonzoso que jamás podrá ni deberá olvidarse, y que debe estar explícita en los currículos y cátedras de Historia en los colegios y Universidades, para que las nuevas generaciones, desde la memoria, encuentren la clave de transformar y cambiar el derrotero, ese rumbo que apunta hacia el declive.

Es necesario cambiar la nota, porque es en ellos, en la juventud, en donde está la esperanza. La educación, es para cambiar el mundo, y para salvar el planeta. Y ha sido Notitéres un documento de enseñanza, de consulta y de memoria, que aportará a ese nuevo levantamiento consciente, justo y digno de las nuevas generaciones.

Y recuerden civiles, antes de morir les digo: “Nadie nos maneja. NADIEEEE!”

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