Opinión

Morirse solo

Una de las consecuencias más devastadoras de esta pandemia es el quebranto del ritual fúnebre

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diciembre 30, 2020
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Morirse solo
Habremos de darle tiempo al tiempo para saber qué efectos tendrá el habernos sido arrebatado el derecho a llorar (o a contener el llanto) ante la desconsoladora presencia lívida y rígida de la muerte. Imagen: José Villegas, La muerte del maestro

Uno de los hallazgos más interesantes de la prehistoria es la probaba coincidencia entre el despuntar creativo del hombre y su temprana relación con la muerte. Hace miles de años el ser humano empezaba (en su intento fallido de sortearla) a inventar los primeros rituales y conmemoraciones fúnebres. Los restos de algunas tumbas primitivas verifican que incluso cuando el hombre aún no era hombre, supo acompañar a sus seres queridos en el tránsito indescifrable que representa fallecer. Al saberse finito, el animal erguido comprendió la precariedad de su existencia y levantó la gran herramienta que lo acompañaría y aliviaría ante la brevedad de la vida: empezó a imaginar y a inventar el más allá.

De esta manera, y sin mayor esfuerzo, el ser humano renunció a vivir a secas; mirando hacia los cielos se preguntaría por los confines de sí mismo. Así y de repente, descubrió las virtudes del pensamiento mágico que con el tiempo devendría en místico. La tribu se convirtió en una extensa familia de vivos y muertos. No existe ningún credo (la gran invención compartida) que se haya resistido si quiera a preguntarse qué sucede con nosotros al finalizar nuestra presencia consciente y nuestra integridad física. La muerte ha sido siempre un rival superior y por ende uno de los motores de la imaginación humana. La derrota, en este caso, nos ha hecho bien.

No obstante, más allá de los efectos que como especie trajo y trae la muerte, es importante considerar que también estos rituales fúnebres tienen un propósito más terrenal y específico: aliviar la tristeza de familias y amigos que se consuelan con la frágil promesa de un posterior encuentro eterno. Despedimos a los nuestros -en la mayoría de las veces- a sabiendas que pronto volveremos a reunirnos. En eso consiste la estructura ósea de la fe: en que el final sencillamente no lo sea. Por eso nos arropamos con ella. Al parecer, el credo de lo imposible es el más genuino.

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Millones de familias, a lo sumo, han podido ver (de lejos o encerrados por una pantalla de vidrio) los últimos suspiros y estertores de sus más amados

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Es por esto que una de las consecuencias más devastadoras de esta pandemia es el quebranto del ritual fúnebre. Millones de familias han tenido que dejar ir a sus seres queridos sin ese necesario y justo adiós. A lo sumo, han podido ver (de lejos o encerrados por una pantalla de vidrio) los últimos suspiros y estertores de sus más amados. Habremos de darle tiempo al tiempo para saber qué efectos tendrá esta ruptura en nosotros; al habernos sido arrebatado el derecho a llorar (o a contener el llanto) ante la desconsoladora presencia lívida y rígida de la muerte.

Hace unos días murió el tío Juan en la soledad de un cuarto de hospital. Atendido por diligentes enfermeras y médicos, su vida de mirada sosegada se desvaneció luego de una breve agonía. Se fue el benefactor y amigo de su familia; el hermano menor de la abuela invencible que nunca conocí y del siempre sonriente Cornelio; el hombre solidario que con su apoyo, en los días más aciagos de mi viejo, supo darle la mano y hacer más probable sus anhelos y esperanzas. Se fue el tío Juan después de un largo trecho recorrido en el que supo vivir con la plenitud y certeza que le otorgó el haber tenido un alma honesta, trabajadora y sencilla.

Nos queda la convicción de haber tenido el privilegio de contar entre nosotros con un buen hombre. Nos volveremos a ver.

Publicada originalmente el 13 de diciembre 20220

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