Opinión

Monstruo de dos cabezas

Mientras Duque y sus tecnócratas televisan el combate contra la pandemia, por detrás hay una mafia dedicada a investigar y perseguir a todo lo que no huela a duquismo, los restos del uribismo

Por:
mayo 03, 2020
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Monstruo de dos cabezas
Duque y su equipo en televisión contra el coronavirus desde la Casa de Nariño: Gracias a la pandemia, ahora si tienen un fin para el resto del gobierno. Foto: Presidencia

El fin justifica los medios, ha sido el principio básico de los gobiernos de Colombia en este siglo. Todos con algo en común: Álvaro Uribe fue quién los eligió, con diferentes aliados -unos legales, otros ilegales-. Es evidente que ni Juan Manuel Santos ni Iván Duque habrían llegado a la presidencia sin Uribe. Ese fin ha cambiado, por supuesto, al fin y al cabo, el tiempo pasa. Ya vamos para un cuarto de siglo. En primera instancia, por allá en el 2002, el fin era derrotar a las Farc. Fuera como fuera. La guerra es sucia, dirían. Tantos capítulos macabros, pasando por la Operación Orión en la Comuna 13 de Medellín, el asesinato de Edualdo Díaz -alcalde de El Roble, Sucre-, hasta los miles de falsos positivos, eje definitivo de la seguridad democrática. Otros elementos fueron cruciales en los primeros ocho años del uribismo: el desprecio absoluto por la universidad pública, la búsqueda de la confianza inversionista llevando a casi cero el papel del Estado en el desarrollo de una política industrial que permitiera salir de la dependencia del petróleo, el contrapunteo con el proyecto chavista que avanzaba en la región, el fortalecimiento de la idea del estado de opinión debilitando la independencia de los poderes. Sin embargo, todo eso era secundario al gran fin, acabar con las Farc.

Avanzaron bastante, sin duda. La destrucción militar progresiva de las Farc, que hace décadas no contaban con apoyo político popular, sentó la base para la negociación que lideraría Juan Manuel Santos. La pelea -personal- entre Santos y Uribe por esa decisión ha sido ampliamente discutida. Personal, claro, porque políticamente eran gobiernos idénticos. Santos venía de la entraña del proyecto uribista, como la mayoría de sus alfiles Sergio Jaramillo -la “mente” detrás de la seguridad democrática-, Humberto de la Calle – asesor jurídico clave para la primera reelección de Uribe- y partidos políticos tradicionales como Cambio Radical de Germán Vargas Lleras y el Partido de la U de Roy Barreras. La negociación política con las Farc era un paso más en el camino trazado por Uribe quien, al entender que Santos lo había usado desde un comienzo, decidió oponerse radicalmente a su propia creación. Santos definió entonces un nuevo fin para sus medios -caracterizados, principalmente, por un clientelismo nunca antes visto-: la paz con las Farc. No la Paz, sino la paz con las Farc que ya hemos visto se parecen, pero son distintas. Probablemente el fin más noble de la política, silenciar las armas.

Lo consiguió pese a sí mismo. Sin carisma, sin apoyo de la gente, rodeado por una coalición diversa, pero en donde el poder lo tenían políticos sin interés distinto a negociar cada peso público - ¡cuántos se perdieron en la preparación para el “posconflicto”! -, perdió la batalla por explicar por qué tenía sentido la negociación política y, entonces, perdió el plebiscito. Ya en el 2016 los políticos no tenían los incentivos que tuvieron para apoyarlo en su relección de 2014, en dónde “milagrosamente” derrotó a su antiguo amigo, Oscar Iván Zuluaga. Zuluaga lo había barrido en la primera vuelta. Cabalgando sobre esa victoria en el plebiscito, Iván Duque, un senador que se había inventado Uribe en un intento por limpiar su legado manchado por la parapolítica, construyó la victoria presidencial de 2018. Por supuesto, Duque necesitaría que Uribe terminara de darle el puntazo final a los dos candidatos más fuertes que tenía unos meses antes de las elecciones, Luis Alfredo Ramos y Oscar Iván Zuluaga, ambos inviables por impresentables. Los “inhabilitó” para participar en su propio partido. Lo que la justicia ha evitado hacer, lo logró la pluma de Uribe.

Duque hizo presentaciones de power point bonitas, se sentó bien al lado de Uribe, repitió como un loro lo de que le entregarían al país a las Farc, se inventó un concepto vacío -la economía naranja- y no mucho más. Preparó bien los debates, pareció fresco con los juegos del balón y la guitarra, y ganó. Ahora sabemos, con certeza, lo que vimos claramente en la campaña: además de los superficial que se veía en el candidato, en lo profundo de la campaña había chorros de plata, con origen -por lo menos- dudoso. Dos campañas fueron abrumadoras en el 2018: la de Germán Vargas Lleras y los congresistas de Cambio Radical – en febrero de 2018, en un trayecto entre Santa Marta y Barranquilla, observé un síntoma elemental, no había un solo kilómetro sin vallas de Vargas- y la de Iván Duque. Buses, fiestas, camisas, comida, trago, conciertos, más y más. La misma política de siempre, bien disfrazada por Uribe, del “muchacho Duque”. No volvería a repetir el error de poner a un Santos -el mayor traidor para él- o un Zuluaga -tan mal candidato que fue incapaz de ganar a Santos, el más impopular de todos los políticos-.

El gobierno Duque empezó sin rumbo y, hasta hace un par de meses, iba de tumbo en tumbo, camino a la intrascendencia total. Andrés Pastrana, con quien se empezaron a hacer comparaciones fáciles en Twitter, al menos construyó una historia que justificaba el Caguán. Le salió mal. Duque no tenía nada. Tenía un intento, eso sí: el de decir que era un gobierno “tecnocrático”. Reciclando funcionarios claves del uribismo y del santismo, más algunos nuevos jóvenes ambiciosos, trató de señalar que ya la “política” quedaba atrás y era el tiempo de la “técnica”. Además de una gran mentira -no existe la técnica sin política-, esa historia ni siquiera arrancó. El plan de desarrollo -el espacio más importante para señalar qué significa la “técnica” de un gobierno- nunca fue referencia para Duque ni para ninguno de sus ministros. ¿Algún colombiano sabe algo del plan de desarrollo de Duque?

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No iban para ningún lado. El poder para no hacer nada, el desastre. Vino la pandemia y cambió la historia, por el momento

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Duque representaba, hasta hace un par de meses, la decadencia final del uribismo. Independientemente de si le gustaba a uno o no, las fases iniciales del uribismo tenían fines claros. Duque ni siquiera eso. Había medios – un presidente “joven” con “técnicos apolíticos”- sin ningún fin.  No iban para ningún lado. El poder para no hacer nada, el desastre. Vino la pandemia y cambió la historia, por el momento. Poco a poco, ojalá empiece a hacerse más evidente, empieza a ser claro que el problema no era solo que no iba a pasar nada con Duque y su gobierno, sino que, aún más grave, se seguía cocinando lo peor de la política colombiana. Primero, la financiación de la política. A la fecha, sabemos que la plata de Odebrecht fue fundamental en las campañas de Santos -en la que derrotó a Mockus- y la de Zuluaga -en la que perdió con Santos-. Duque, además, estuvo en la negociación entre las fichas de Odebrecht y la fallida campaña de Zuluaga. De una manera u otra, el presidente ha estado en todas las instancias de esa relación corrupta. Nada pasa. Llegaron a cabezas medias -el señor Prieto de la campaña de Santos- y listo. Silencio sobre las cabezas. Aída Merlano ha contado, en detalle, cada paso de cómo se hace lo que todos vemos, el negocio de los votos. Ahora este capítulo, según denuncias de María Jimena Duzán, es aún peor: en 2018, afirma la periodista, ya no fue plata de una empresa legal pero corrupta como Odebrecht sino abiertamente de un mafioso, el Ñeñe Hernández, la que aceitó la victoria de Duque. Amigas íntimas de Álvaro Uribe mediaban la relación. O ni tan mediada, salen fotos y fotos de Duque en parrandas con el Ñeñe. Parrandas privadas. Hablaban de vallenato no más, seguramente.

Segundo, la degradación no fue solo el retorno de las finanzas mafiosas a la política, sino la vuelta del uso de la fuerza de “inteligencia” del Estado para perseguir políticos y periodistas, mientras en el campo se asesinan impunemente líderes sociales, muchos de ellos críticos del gobierno. Las denuncias del New York Times y de la revista Semana son amplias, bien documentadas y contundentes. La “inteligencia”, entre comillas: francamente, son informes lánguidos y pobres, en la línea de los que hicieron pasar una vergüenza mundial a Duque en la ONU, cuándo “denunció” con plagios y refritos al dictador Maduro. La mediocridad de la tarea, no oculta lo nefasto del escenario: mientras Duque y sus tecnócratas salen combatiendo la pandemia desde la Casa de Nariño – ahora sí tienen un fin para el resto del gobierno-, por detrás hay una mafia dedicada a perseguir, investigar, apretar -y no sabemos si algo más- a todo lo que no huela a duquismo que es lo que queda del uribismo.

 

Patético. Aunque tienen caras distintas, una amable para la televisión, y otra tenebrosa en la oscuridad, son el mismo monstruo. Lo más rancio de la política colombiana. La situación es grave: la pandemia ha sido la excusa perfecta para gobernar a punto de decretos, con un congreso apagado pretendiendo la bobada que se puede hacer control por Zoom, y con medidas -necesarias para proteger la vida- que, de paso, paralizan cualquier intento de supervisión social. Desde noviembre, se venía cocinando el paro más importante de las últimas décadas y teníamos denuncias constantes sobre el asesinato de líderes sociales. La pandemia arrinconará, en Colombia y en el resto del mundo, lo que haya de democracia.

El monstruo de dos cabezas quiere engañarnos mostrando solamente su cara maquillada para la televisión libreteada. Es el mismo orangután con esmoquin que decía Echandía. ¿Qué vamos a hacer?

@afajardoa

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