En cuestión de horas, dos candidatos de los extremos del espectro político colombiano anunciaron sus fórmulas vicepresidenciales. El contraste en las reacciones no solo revela diferencias políticas, también expone, con crudeza, una vieja herida nacional: el racismo estructural.
Por un lado, Iván Cepeda sorprendió al país con el nombre de Aída Quilcué, lideresa indígena, defensora de derechos humanos y promotora de procesos organizativos en comunidades indígenas, Quilcué no es una figura improvisada. Actualmente es senadora de la República y ha trabajado desde la Comisión Primera Constitucional en iniciativas relacionadas con derechos humanos, territorios indígenas y procesos de paz. En 2024, además, fue elegida presidenta de la Comisión Legal de Paz y Posconflicto. Su trayectoria política y social es sólida, fruto de décadas de trabajo comunitario y liderazgo en el movimiento indígena.
En la otra orilla política, Abelardo De La Espriella anunció a José Manuel Restrepo como su fórmula vicepresidencial. Restrepo es una figura ampliamente conocida en el mundo político y académico. Economista de profesión, ha ocupado cargos ministeriales durante los gobiernos de Juan Manuel Santos e Iván Duque y ha sido rector de instituciones como la Universidad EIA, la Universidad del Rosario, el CESA y Uniempresarial. Desde una mirada tecnocrática, su perfil parece encajar perfectamente con la idea de un funcionario preparado para ocupar altos cargos del Estado.
Sin embargo, mientras su designación fue recibida con elogios y celebraciones mediáticas, poco se dijo sobre algunos resultados de su gestión como ministro de Hacienda. En 2021, el déficit fiscal rondó el 7,1 % del PIB, la deuda pública se ubicó cerca del 62 % del PIB y el desempleo permanecía alrededor del 12 %. Indicadores nada menores si se considera que el Ministerio de Hacienda es el principal responsable de la política económica del país. Aun así, estos datos apenas ocuparon espacio en el debate público.
La reacción frente al nombre de Aída Quilcué fue muy distinta. En lugar de reconocimiento a su trayectoria, lo que predominó fue la sorpresa. Para algunos medios y comentaristas parecía inconcebible que una mujer indígena pudiera aspirar a ocupar una de las posiciones más altas del poder político en Colombia.
No es la primera vez que ocurre. Hace apenas cuatro años, algo similar sucedió con Francia Márquez. Antes de convertirse en vicepresidenta, fue objeto de burlas, ataques racistas y campañas de desprestigio en redes sociales y en espacios públicos. El episodio más recordado terminó con una condena judicial de la señora Luz Fabiola Rubiano, sentenciada a 17 meses de prisión por los insultos racistas dirigidos contra ella.
La historia parece repetirse. Tras el anuncio de la fórmula vicepresidencial de Cepeda, las redes sociales volvieron a convertirse en un campo de agresiones. Los comentarios no se centraron en propuestas políticas, ni en debates programáticos. En cambio, se dirigieron a los rasgos físicos, al origen indígena y a la identidad cultural de Quilcué. El objetivo era claro: degradarla, reducirla, cuestionar su dignidad.
Esta estrategia no es nueva en la política colombiana. Consiste en descalificar al otro para evitar discutir sus argumentos. Cuando se reduce al adversario a un estereotipo —racial, social o cultural—, se intenta despojarlo de legitimidad intelectual y política. Así se silencian ideas sin necesidad de debatirlas.
Pero el problema es más profundo que una simple confrontación política. Como advierte Carolin Emcke, “el odio no aparece de forma espontánea; se construye mediante discursos que dividen a las personas entre quienes pertenecen y quienes son considerados extraños”. El odio que hoy circula en redes sociales no surge de la nada: es aprendido, repetido y reforzado colectivamente. Cada comentario ofensivo, cada “me gusta” que lo respalda y cada micrófono que lo amplifica contribuyen a consolidar esa narrativa.
En Colombia hemos construido, casi sin advertirlo, una verdadera gramática del racismo. No siempre se expresa en discursos abiertamente discriminatorios, a menudo aparece disfrazada de humor, de ironía o de comentarios aparentemente inofensivos. Se manifiesta en chistes, en insultos cotidianos y en la persistente negación de nuestras propias raíces.
Y, sin embargo, la paradoja es evidente: gran parte de nuestra identidad cultural se sostiene precisamente sobre aquello que despreciamos. Por nuestras venas también corre sangre indígena. Es la sangre de pueblos que, a pesar del exterminio y la violencia histórica de la colonización, han resistido durante siglos.
Por eso lo que ocurre con Aída Quilcué no es solo un episodio electoral ni un simple debate político. Es el reflejo de una sociedad que todavía se resiste a aceptar que el poder también puede tener rostro indígena, afrodescendiente o popular.
Seguimos atrapados en viejas ideas de belleza, de legitimidad y de autoridad que reservan el poder para unos pocos. Mientras no cuestionemos esos imaginarios, seguiremos construyendo una identidad fragmentada, hecha de retazos de modelos ajenos, incapaz de reconocer lo que realmente somos, despreciando todo aquello que parezca distinto a lo que creemos ser.
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