"Mi jefe no es una mi***rda, es que nadie lo entiende"

Una persona se enfrenta a la posibilidad de que ese cargo superior al que ha llegado sea uno de los últimos y ello impone una presión inimaginable

Por: Juan David Vélez
agosto 03, 2022
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Imagen: Canva

Seguramente muchas personas de mi generación, crecidos en los 80, ahora están ostentando algunos cargos con cierta autoridad o niveles de responsabilidad en lo que la sociedad actual llamaría los “últimos años de productividad funcional a los intereses de las empresas" y he ahí el primer riesgo de ser jefe, supervisor o coordinador.

Una persona se enfrenta a la posibilidad de que ese cargo que tiene ahora sea uno de los últimos y ello impone una presión inimaginable, pues esta generación ha tenido que pasar las duras y las maduras para tratar de asegurar un futuro a sus familias, un futuro muy incierto aún en la gran mayoría de los casos.

Un segundo riesgo es el de acusaciones de acoso o sobre explotación, pues cualquier desencuentro, por mínimo que sea, puede ser usado en su contra basado en la “fragilidad” de las nuevas generaciones y en la conciencia, tristemente cierta, de que una acusación es un arma de defensa por si o por no, pues sin mayores esfuerzos “me puede quitar enemigos de encima".

Esta generación creció en la conciencia de que el “merecimiento” es gratuito. Al contrario, antes el merecimiento se ganaba trabajando, haciendo sacrificios muchas veces bastante costosos. Nuestros padres y madres tienen aún la frasea acuñada de que lo que tienen es por esfuerzo, porque se lo ganaron a pulso. Cosa distinta en los veinteañeros de ahora que piensan que nacieron en el trono de los privilegios.

Un cuarto riesgo y tal vez el más peligroso es el del acoso sexual, un delito con un espectro tan amplio que una simple mirada o una palabra interpretada desde la victimización, ubica al “perpetrador” en la misma zona de señalamientos que la de un violador en serie. Las relaciones laborales, en el caso de los que viven en el trabajo, están atravesadas por las necesidades de diversión, incluso de amistad.

Pero lo que nunca llega a saber un jefe, es si esa “amistad” es sincera y si realmente hay confianza para contar sus infidencias y sus dolores. Después de eso vienen las estrelladas, si el jefe en algún momento creyó en la amistad, pues lo que dijo en confianza se vuelve contra él como un boomerang “dio papaya”. La regla en esto, en el círculo de los trabajadores es que a un jefe siempre se le miente. (Hay que guardar los chats).

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Enseñar el oficio también es otro riesgo. Si no es exitoso y la persona no aprende, el problema no es que tenga una historia de poca experiencia o problemas personales o que simplemente tiene otras capacidades diferentes a las del cargo, sino porque el jefe no supo enseñar. Culminado el proceso y si el jefe se ha enterado de problemas de sus subalternos es más difícil decir que no pueden seguir en el cargo. Si se brinda otra oportunidad estás condenado, luego no rendir no es responsabilidad del empleado o empleada, sino que se trata de una persecución.

En conclusión, los y trabajadores y las trabajadoras en muchos casos, dejaron de ser eso para convertirse en agentes encubiertos de la inquisición, que al menor regaño por ineficiencia, sacan un poderoso cúmulo de papayas reales o inventadas para quemar en la hoguera a los incautos.

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