Mercadito del sur de Montería: la otra cara de la pandemia

Este sector de la capital cordobesa se debate, en una especie de ruleta rusa, entre el temor de ser contagiado por el COVID-19 y el de caer en la quiebra

Por: Eleazar Aguirre De Luque *
junio 01, 2020
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Mercadito del sur de Montería: la otra cara de la pandemia

Hoy también hay quienes continúan su labor siguiendo los estrictos protocolos de bioseguridad, en un sector que es un nicho para la proliferación de virus de todo tipo.

“Tengo varios días sin comer”, dice Gregorio Altamiranda, un anciano de 70 años que deambula por las calles del Mercadito del sur de Montería’, buscando cartones para conseguir el sustento diario. “Desde que empezó la cuarentena no me he ganado ni un peso, ni siquiera he recibido ayuda del gobierno, antes al menos me comía dos comidas, ahora no tengo para comer siquiera una vez al día”, sentencia sentado sobre una llanta y al lado de una caja de cartón.

Al igual que Gregorio muchas personas en el mercadito se encuentran sumidas en una crisis económica por causa del COVID-19, que ha obligado a comerciantes a permanecer encerradas en sus casas, para evitar ser contagiadas. Ahora son muchos quienes sienten temor de quedar en la quiebra, ya que no hay quienes compren sus artículos o consuman sus productos.

Y no solo los establecimientos comerciales, también se encuentran en crisis los recicladores. Hoy muchas bodegas se encuentran casi vacías. Es el caso de Yuris Lugo, una recicladora, que desde hace cuatro años se dedica a comprar diferentes tipos de residuos sólidos, para poder sostener a los siete miembros de su familia, razón por la cual se siente afectada económicamente por la pandemia, pues los precios de los residuos han bajado en un 50%.

Pero a pesar que Yuris consigue el sustento diario, hay quienes les cuestan conseguir el dinero para mantenerse. Solo con estar en la plaza de mercado, se puede observar que el confinamiento a sido perjudicial ya que muchas personas que viven del “rebusque” no ganan mucho mucho, por temor a exponerse al contagio.

El COVID-19 y otras amenazas

Aquí, además del miedo que se percibe ante un posible contagio de COVID-19, también está el temor ante otro tipo de enfermedad infectocontagiosa, porque al ingresar a esta zona comercial, el olor a guayaba, frutas y verduras frescas o también podridas, se confunde con los olores nauseabundos de las aguas negras y estancadas, producto de escorrentías que allí se depositan por las lluvias que por estos días se precipitan sobre la capital cordobesa.

Mientras que en las afueras las escenas parecen repetirse: policías en cada esquina, peatones con sus caras cubiertas, y la precaución de no rozarse uno con el otro. Es el temor ante un posible contagio el que parece reflejarse en cada persona.

En el trasegar por las encharcadas calles, se puede percibir la escasez, necesidad y miseria. Personas que se dedican recolectar desechos para obtener el sustento diario, como David, un joven de 33 años que se ve a la distancia, quien desesperadamente busca entre un bulto de frutas podridas una que en menor estado de descomposición le sirva para desayudar y calmar el hambre. De entre el monto escoge un aguacate descompuesto que casi sin examinar se lleva a la boca con ansias de saciar el hambre.

“La cuarentena me ha traído perjuicios, el trabajo es menos, ya no puedo salir a recolectar reciclaje para vender, y si recolecto es poquito, y la plata casi no me alcanza”, responde apenado por quienes al parecer lo estuvieron viento. “Yo no tengo protección, y si llueve me toca meterme bajo techo ajeno para poder refugiarme”, dice cuando se le pregunta cómo es su vida en el parque ubicado en las afueras de Mercadito del sur, que —dice— habitar desde hace dos años y medio.

Al igual que David, son decenas de personas que este tiempo de confinamiento sus entradas económicas han sido reducidas y en algunos casos nula. Un caso muy peculiar es el de Bryan, un joven de 25 años, quien confiesa que desde los ocho años consume sustancias alucinógenas, y que ante la crisis del reciclaje desde hace unas semanas no puede satisfacer sus ansiedades ni necesidades.

“Ahora para poder comprar vicio, tengo que recorrer toda la ciudad, recogiendo cartones o haciendo cualquier cosa que salga por ahí”, responde mientras enjuaga sus manos en un charco de agua turbia y saluda a algunos conocidos que ve pasar por los andenes. “En otro tiempo me hacia más billete, ahora me hago 12.000 pesos si me va bien”. Y es que para una persona que no tiene hogar, ni familia afrontar esta situación no se torna sencillo, ya que en todo momento están expuestos a ser contagiados.

Entre el temor y el optimismo

Pero en medio de esta desgracia económica, hay quienes —según dicen— por cosas del destino o por ayuda divina han podido sacar a flote sus actividades comerciales, y tienen más razones para sonreír que para llorar, ya que sus negocios marchan al hilo y no van en detrimento por causa de esta pandemia.

Es el caso de “distribuciones RTR”, una microempresa de Montería, donde laboran distribuyendo bebidas gaseosas en toda el área periférica de la ciudad, desde hace tres años. La pandemia no ha sido causa para que la distribución de cada uno de sus productos se detengan, por el contrario, el porcentaje de ventas que registran ha sido igual o superior a algunos meses anteriores.

“En un momento sentimos temor, porque pensamos que nos iban a cerrar esta parte del comercio, pero gracias a Dios, el negocio se ha mantenido a pesar de todas las dificultades”, argumenta Rafael Aguirre, gerente logístico de RTR,  sentado en una silla de escritorio, en su oficina. “Hasta el momento las ventas están estables, para mantener el negocio, es decir, los empleados, gasto de bodega, mantenimiento de los empleados”, agrega mientras toma de una botella de agua de las que vende en su negocio.

Pero las ventas no se han mantenido por sí solas. Hay un trabajo previo, realizado por los empleados, que ha permitido que los productos se mantengan en el mercado y que siga siendo apetecido por sus consumidores. Es lo que sustenta Ronald Fuentes, asesor comercial de RTR. “Cuando consolidas un producto en el mercado, y si su calidad es buena y su precio es asequible, se vuelve de primera necesidad, mirando la pandemia, esto nos ha permitido mantenernos”, declara mientras se distrae con su teléfono.

Este grupo de trabajo no le ha tocado vivir las inclemencias de algunas empresas similares en Colombia, las cuales les ha tocado despedir a sus empleados porque no cuentan con los recursos para mantener sus salarios, o en situaciones más drásticas cerrar los negocios.

Pero gracias a los protocolos de bioseguridad utilizados en esta empresa, han podido continuar labores, a pesar de los temores que pueden sentir los empleados y que asumen al salir a las calles como un reto. Como por ejemplo, Abraham Arias, repartidor tienda a tienda. “Nosotros nos cuidamos y hacemos el yo-yo, tú me cuidas yo te cuido”, dice con jocosidad. “Siempre llego a la tienda con mi tapabocas, e intento mantener la distancia con la gente”, culmina.

Dentro del marco de el aislamiento preventivo obligatorio, decretado en Colombia desde el mes mayo, hay algunas cosas que abruman al momento de salir a la calle para cada uno de los empleados. Es el temor de ser contagiados y contagiar a las personas que le rodean. Es lo que no dejan de preocuparlos cada mañana que les toca salir a laborar.

“Yo salgo a la calle, pero me da miedo porque veo los casos cerquita, alrededor de uno, no se sabe qué tendero o cúal de los empleados, de los negocios este infectado, y mi familia al igual que yo estamos en riesgo”, declara Holverlt Anaya, preventista de la empresa, mientras mira al horizonte. Es este el dilema a que está abocado el sector comercial del sector del Mercadito del sur de Montería, en donde la mayoría de los comerciantes reconocen tener dos opciones: el de correr el riesgo de ser contagiados al salir a las calles, o cesan actividades y se van a la quiebra, he ahí el comercio, la otra cara de la pandemia.

* Estudiante de Comunicación Social Universidad del Sinú-Elías Bechara Zainúm. Editor Ramiro Guzmán Arteaga

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