Mentir no es lo mismo que disentir

Con la relativización de la verdad llegó el debilitamiento de la democracia y la posibilidad de que la política ya no sea el enfrentamiento honesto entre posturas

Por: Jorge Ramírez Aljure
noviembre 13, 2020
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Mentir no es lo mismo que disentir

Una de las conclusiones más importantes que han quedado de la justa electoral que acaba de terminar en los Estados Unidos es que la mentira y el derecho a discrepar constituyen dos opciones humanas con objetivos abiertamente diferentes.

El tema se volvió relevante por la decisión inesperada de la mayoría de cadenas de televisión y radio de los Estados Unidos de cortar la emisión de un discurso del presidente Donald Trump, ante el hecho de que estas lo consideraron —con suficientes y diversos elementos de juicio— mentiras sobre temas vitales, que no constituían, en un momento crucial para la democracia norteamericana, razón para difundírselas a sus ciudadanos y al mundo como si hicieran parte de una discusión seria.

Por supuesto, no todos en Colombia lo entendieron así, sino que, en gracia de cierto libertarismo posmodernista, algunos consideraron que era una clara censura que desdecía de las responsabilidades básicas del periodismo. Aduciendo que estaba obligado además de difundirle todo el parloteo a preguntarle posteriormente por las pruebas sobre reclamos que por lógica eran claramente mendaces. A las que no respondería o lo haría con otras tantas invectivas, quedando en el ambiente un sinsabor general entre quienes creían haber ganado honradamente y la sensación entre sus fanáticos seguidores, inclusive armados, de que las elecciones les habían sido robadas.

Un hecho avieso que haría camino en la política con consecuencias imprevisibles ante el emergente paradigma de que las mentiras ya no son mentiras sino una opinión respetable contraria a la verdad hasta ahora considerada deseable. E igualmente merecedoras de la acogida y oportunidad electoral brindadas a las que se sustentaban en la verdad tradicional, sin que importara que en esta existiera una vocación de mejora, de perfeccionamiento, de mayor conocimiento, de buscar metas siempre superiores, de lograr sociedades más justas, más sostenibles y en paz, a pesar del espíritu egoísta y proclive a la violencia de sus miembros individuales.

Con la relativización de la verdad, la posmodernidad nos trajo el debilitamiento de la democracia y con ello la posibilidad de que la política ya no constituyera el enfrentamiento honesto entre diversas posturas ideológicas por dirigir mejor la sociedad, así no lo hayan logrado fruto de sus limitaciones naturales. Además, permitió que se volviese normal que la bondad inmanente de la que se consideraba la verdad se tornara intrascendente, y su importancia se limitara a competir con todas las otras supuestas verdades que aparecieran, como si la esencia de aquella no consistiera finalmente en la conformidad entre el conocimiento y la realidad, sin importar el tipo de realidad de que se trate.

Competencia que no necesariamente correspondería a lo que en materia de solidaridad hemos alcanzado, sino que en las circunstancias nuevas obedecería a las alternativas que el egoísmo en todas sus manifestaciones tuviera a mano. Y que la astucia, el engaño y la mentira adelantarían quizás sin sobresaltos mayores al comienzo como sucediera con el comunismo, el fascismo y el nazismo, pero que, ante la perfidia repetida de sus resultados, estarían obligadas, para permanecer en el poder, a imponerse por la violencia, haciendo regresar a la humanidad a pasados impensables de crueldad, destrucción y odio.

Obviamente el egoísmo que nos preside antes que la solidaridad que se ha edificado con dificultad gana posiciones dentro de este libertarismo que tiende a volver al pasado y continuar modelando la sociedad bajo las tendencias ciegas preexistentes durante los largos tiempos de la evolución del hombre, pero que han encontrado control benéfico en los escasos siglos de su progresivo perfeccionamiento racional, tanto que haber llegado al estadio que hoy ocupamos, aunque siga constituyendo un enigma, convierte en absurdo total cualquier apuesta de regresión al respecto.

Regresión que no podría asimilarse a las abruptas situaciones del pasado reciente y menos remoto, fruto de una naturaleza ajena a nuestra comprensión, pero en cuyo funcionamiento —como lo entendemos— los elementos que consideramos positivos y negativos coexisten en un enfrentamiento de resultados imprevisibles que finalmente dieron origen a una realidad maravillosa pero complicada como la sociedad humana donde anidan tendencias negativas con logros cuya bondad es indudable. Regresión que, por el contrario, apoderada de la tecnología actual se haría incontestable por la perfidia sin regreso que patrocinaría en la sociedad total y que obsesiona a no pocos de sus disparatados partidarios.

Colombia fue una prueba patente del abatimiento de la verdad cuando la prensa, la radio y la televisión se enseñaron a oír sin chistar a un presidente que de entrada no contestaba lo que era de importancia para el medio y, se supone, para la comunidad —que se presumía era la verdad—, sino que evadía la respuesta para elucubrar a su favor sin que el periodista se atreviera a condenar su continua elusión, y que de hacerlo corriera el riesgo de ser instrumentalizado por un entrevistado cargado de poder y de tigre, en una reafirmación del machismo pedrero reinante en la sociedad.

Una actitud que se consolidó en el largo mandato de Álvaro Uribe, en el que una buena porción de la población se enseñó a ver en la actitud truculenta del mandatario por desviar la verdad sobre delicados asuntos de su administración una proeza. Y sus seguidores consideraban la continuada desestimación de sus responsabilidades como una muestra de hombría e inteligencia mientras los medios se dejaban utilizar al acomodo del mandatario cuando no abanderaron sus sofismas como cosas importantes para tener en cuenta, que terminaron dividiendo irremediablemente a un país con graves problemas de educación.

El mismo resultado alcanzado en los Estados Unidos con el señor Trump, pero donde las 20.000 mentiras que se le contaron sirvieron de experiencia suficiente para que el cuarto poder volviera por sus fueros, y considerara que no era lo mismo dar voz al progresismo humanista que alimentaba la democracia ahora en peligro que concedérselo a burdos montajes que favorecieran volver el reloj de la historia a concepciones nativistas retrógradas superadas por la razón y cultura, alcanzadas gracias a ingentes sacrificios y esfuerzos por el bien de la especie.

Mentir no es lo mismo que disentir, así este no encuentre un camino abonado para los propósitos de superación que lo mueven. Y Biden como jefe de un imperio probablemente no represente para bien de nuestro país y del continente nada diferente a lo hecho por Trump. Pero al menos lo hará de manera decente con sus súbditos bajo las reglas de un capitalismo inclemente donde dicha actitud poco cuenta para nuestros verdaderos intereses como naciones sostenibles. Y donde la democracia relativa apenas nos ofrece como oportunidad una rendija para la unidad continental que debemos abrir y defender en lugar de ayudar a cerrar en pro de una caverna técnicamente depurada.

La posmodernidad básicamente se ha hecho importante por criticar las indudables fallas que la modernidad ha sido incapaz de superar, pero jamás para que el oscurantismo se disfrace de aquella para atacar lo que esta hace tiempo ha superado.

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