Opinión

Memorias de un viaje a Montreux (II)

Noticias de la otra orilla

Por:
julio 06, 2019
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Memorias de un viaje a Montreux (II)

El jazz: una patria para todos. Luego de la experiencia del día anterior fui al día siguiente a la que sería una cita recurrente con los archivos visuales del festival. Proyecciones documentales que tienen lugar en un pequeño salón del Grand Palace Hotel, en el que se firmó en 1936 el Tratado de Paz de los Dardanelos. Esta vez el turno era para la banda norteamericana de soul y rythnm & blues Earth, Wind and Fire que tanto éxito tuvo en los comienzos de los ochenta.

Inmediatamente después pasamos al Pequeño Teatro de ese mismo hotel, una maravilla  neobarroca de comienzos de siglo XX para no más de 200 personas, en donde asistimos a otro de los espacios oficiales del festival denominado Montreux Happy Hours Jazz, en el que se han presentado todos estos días los que se conocen en el ambiente del jazz como los “jóvenes leones”, es decir, grupos conformados por los estudiantes más sobresalientes de las escuelas de jazz europeas procedentes de muy diversos países del mundo. Allí pudimos ver el viernes 9 un interesante concierto de uno de los ensambles de jazz más aventajados de la Escuela de Jazz de Montreux en un formato de piano, bajo, batería, trombón y saxo, para hacer un repertorio completamente  nuevo,  en un caso un tanto extraño para un concierto de jazz:  todos los temas pertenecían  al maestro  francés del saxo George Robert. Mencionaré sus nombres porque estoy seguro que un día serán los jazzìstas que veremos  en las primeras planas de esta música: la bellísima Natalie Zweifel, piano (Alemania), Hakim Boukhit, bass (Kuwait),  Domique Frey, batería (francés), Andrea Esperti, trombón y dirección musical (Italia) y Lionel Perriujaquet, saxo alto (Suizo). La exigencia de unas composiciones enmarcadas en las  líneas conceptuales del jazz moderno permitió  el lucimiento de un grupo del que se descuenta la responsabilidad, el conocimiento y las ganas de hacerlo bien. La estrella indudable del grupo: un trombonista que se nota  que ha estudiado el lenguaje de los grandes y que nos dejó la impresión de estar ante una verdadera revelación del instrumento.

El día anterior, allí mismo, presenciamos el concierto del grupo What’s up un de la Escuela de Jazz de Ginebra bajo la dirección musical del guitarrista Olivier Graditzky (Suiza) y rodeado de otros jóvenes como Sebastián Amman, piano (Francia), Manuel Vilar, bajo (Brasil) y el colombiano Hernando Ibáñez en la batería, para agradable sorpresa nuestra. Con temas del pianista judío Richie Beirach, del propio Graditzky y de otros compositores modernos estos jóvenes nos dieron la satisfacción de ver parte de lo que el futuro guarda para la que el gran Igor Stravinsky calificó como la única gran Música que el siglo XX dejaría a la posteridad: el jazz. Sobresalientes el guitarrista, el bajista y ese colombiano que vive y estudia desde hace cinco años en Ginebra, hábil con las baquetas, las escobillas y los dedos y con ese talento preciso y discreto que deben tener todos los buenos bateristas. La nota chévere la daba en el público otro joven que se abanicaba con un sombrero vueltiao y que resultó ser Carlos, sonidista de cine y orgulloso hermano mayor del baterista colombiano.

Daniela Mercury, Montreux 2005

¿Y de los conciertos principales qué? Pues como cada noche a partir de las 9:30 p. m. los conciertos de fondo empezaron a sonar. En el Miles Davies Hall estaban Gilles Peterson y la Heritage Jazz Orchestra; en el Casino Barriere Michel Jonasz y el guitarrista Antal Pusztai; y en Auditorio Stravinsky las divas brasileras Daniela Mercury, Ivete Sangalo y Margareth Menezes, concitadas para llevar a cabo lo que estaba programado como Una noche bahiana. Nosotros, que tuvimos la oportunidad de elegir dos meses antes los conciertos que veríamos para ser debidamente acreditados por el festival, estábamos en el balcón del teatro esperando que todo comenzara. Los tizones estaban puestos entonces para llevar hasta la ebullición la fría noche de Montreux. Afuera todo el mundo era brasilero de todos los pelambres y lo demostraba bailando, hablando a gritos y usando la camiseta de brasil y la bandera nacional como brassier, como pañoleta, como camisa, como bufanda, y mezclados sexualmente con gringos, con franceses, con suizos, con daneses, con árabes, chinos e hindúes, como si nada.

De la platea fueron removidas cada una de las 3.000 butacas y los que no quisimos bailar nos fuimos a una de los 1.000 asientos del balcón. Y, señores, estoy seguro que Stravinsky jamás pensó que algo que llevara su nombre iba a ser zangoloteado de esa manera (bueno, al teatro parisino en el que se estrenó en 1911 La Consagración de la Primavera le fue peor, si recordamos  bien). Daniela Mercury abrió la noche con un espectáculo de una altísima intensidad y aquella energía no declinó ni uno solo de los más de 60 minutos que duró su presentación en el que bailó sin parar y engarzó sin intervalos más de diez largos temas acompañada por una banda que le aseguraba el sostén de su endemoniado tren de canto y baile, mientras en la inmensa pista libre de la platea brincaban sueltos y amacizados más de 4.000 brasileros, incluidos en ellos los de todas las otras nacionalidades. Y todos parecían conocer todas las canciones a juzgar por las respuestas oportunas cada vez que la Mercury lo solicitaba.

 

Ivete Sangalo, Montreux 2005

Luego de 20 minutos de descanso entró la otra bomba bahiana: Ivete Sangalo, una figura de menos trayectoria que sus otras dos parteners de la noche, distancia que ella manejó con discreción y humildad dejándolo claro a menudo en su presentación, pero haciendo lo suyo con gran profesionalismo y esfuerzo, a pesar de tener su pie izquierdo forrado en una bota de yeso, misma que no le impidió bailar y correr por todo el escenario acompañada también de un grupo de baile y de una banda de grandes arrestos musicales y escénicos. Su show se alargó por otra hora larga en la que matizó el frenesí incansable con el que abrió su parte, y con el que le tocaba mantener las energías que había encendido su antecesora, con temas de transito lento y cadencioso que sirvió para darle a la noche un toque romántico, antes de que ella misma invitara a la Mercury y a la Menezes para rendirles homenaje de admiración. Y con eso terminó todo.

Margaret Menezes

Eran las tres de la mañana y a esa ahora el anunciador oficial nos decía que el show de Margareth Menezes, el que en realidad era el plato fuerte de la noche, sería trasladado al Montreux Café, pero a esa ahora todos estaban cansados y borrachos y allí otra banda brasilera parecía no terminar jamás. Una  lástima. La extensión desmedida de los shows anteriores y el desgaste de las energías del público  nos frustró la posibilidad de completar con la Menezes una de las noches más memorables de lo ocurrido hasta ahora en el festival. Eran las 4:00 a. m.

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