Memoria histórica para Villarrica, Tolima

Me asomo a la casa otrora de mi abuela a buscar los fantasmas de la historia, me acerco a la “última copa”, el prostíbulo de la “patasola”. Pero nadie asiste

Por: EDISON PERALTA GONZÁLEZ
julio 13, 2022
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Memoria histórica para Villarrica, Tolima
Foto: Facebook
Voy a mi pueblo, tropiezo con los adoquines del café, sueño y río, busco epitafios en el borde del atajo y las calles dolidas, medito y maldigo los sayones que un día calcinaron las rutas de los Cuindes, me doy prisa, visito la iglesia, la turba y las cantinas, almacenes, el Concejo y la plaza de mercado, la casa de la Cultura y la Alcaldía. No encuentro amigos, se murieron tal vez en el agite y los despojos y la guerra de trincheras.
Otros están ahí en su senectud en los recodos de las casas raídas maldiciendo los verdugos que asolaron sus chacras. Busco lectores para mi libro de historia y me entero de que nadie lee. No volvieron revistas, ni panfletos, ni periódicos, solo televisión basura. Invito a las autoridades, al policía y al soldado, a ricos y pobres, al cura, al monaguillo, al maestro, al campesino, al estudiante, al concejal y al tendero y tristemente muchos se ufanan de no haber leído nunca un libro! ¡Qué infortunio!
Nadie asiste al encuentro con la historia. Estaban ocupados, dijeron algunos, festejando la llegada de los gringos que suponen habrá de redimir la pobreza en los rituales y me detengo en la esquina de los muertos, la “flecha roja”, la tienda que atestiguó el desangre y los carruajes que arrastraron los cuerpos moribundos de campesinos liberales, acusados de chusmeros, comunistas, ateos y ejes del mal.
Me asomo a la casa otrora de mi abuela a buscar los fantasmas de la historia, me acerco a la “última copa” el prostíbulo de la “patasola” y el espectro de la hacienda donde hacinaron los lungos inmigrantes de todas las edades y todos los tiempos. Me devuelvo y tomo fotos a la casa de los Espinosa, Guarnizo, Pedro Prada, Frutoso Córdova y otras que olvido y atestiguaron la muerte de soldados y campesinos sin cabeza y sin rostro, me asomo a los postigos que fisgoneaba en los días de la infancia y regreso a la estancia donde vive mi primo, la casa eterna de la familia averiada por el tiempo.
Doy vueltas en el pueblo, me encuentro con los hermanos Velasco, los mismos que en los días del agite se abrazaron con los dioses, las Cubillos, parientes de Libertador, el héroe campesino de Manzanita, los Guiza, los primos de Eusebio Prada “Mono Mejía”, el comandante de la guerra de trincheras y no recuerdan, no saben del holocausto de los Cuindes.
Después de las celebraciones de la patria con la tristeza al hombro caminé hasta el cementerio en busca de la tumba de mi padre y mi hermano y solo hallé un reguero de cruces y tumbas de otros nombres de los muchos que tuvieron dignidad de sepultura.
No estaban, habían enterrado sobre sus restos otros cuerpos y no encontré siquiera la cruz de madera de mi padre. Vuelvo a la calle y con mis lágrimas heladas me abrazo a los recuerdos en busca de la esfinge y avizoro un montón de luces en el tiempo atrapando la oquedad, allá en Matefique, San Pablo y el Darién y Manzanita donde yacen cientos de muertos de campesinos minimizados por la historia. Después de su cautiverio, nos decía mi madre, con voz acongojada, “los mataron a todos, a muchos, a los hijos de la jungla y los cafetos, padres, hermanos, hijos, tíos y abuelos a orillas de los caminos y los ríos, los fusilaron indefensos, degollaron la vida y las palabras y un mar de sangre inundó las trochas empedradas de mi pueblo”.
No hay hojas, flores, ni frutos, las quemaron las bombas incendiarias de los yanquis, el boscaje se cansó de engendrar sueños y lágrimas, solo quedó la noche abrazada a las veredas y el grito lastimero de la brisa y la hierba custodiando el fantasma de la muerte. Después los campesinos cavaron la tierra en los convites, abrieron zanjas en cientos de kilómetros para desafiar el miedo en la trinchera y seguir muriendo a bombazos y metralla en luchas infinitas y columnas de marcha de la historia.
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