Opinión

Medejing, la ciudad que nadie se atreve a visitar

Medellín no pudo deshacerse de su apodo, que surgió como una broma cuando la una nube tóxica la cubrió una mañana y ya no se fue

Por:
abril 03, 2016
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2Orillas.

Miro al pasado y recuerdo lo duro que era vivir en mi ciudad, una ciudad que nadie quería visitar. Una ciudad que mataba a la gente. Miro al presente, y veo tanto esfuerzo que se ha hecho para que eso cambiara, y tantas señales de que así fue (aunque todavía falte mucho por mejorar). Veo turistas en la calle, escucho lenguas que solo había escuchado por fuera de las montañas que la rodean, y por todos lados elogios por la transformación que logró y por lo innovadora que es.

Miro al futuro, y veo el pasado. Otrora llamada Medellín, la ciudad no pudo deshacerse de su apodo, “Medejing”, el cual surgió como una broma cuando una nube tóxica la cubrió una mañana y ya no se fue. Su misma gente se lo puso, creyendo que desaparecería con el tiempo y, como la nube, no lo hizo. Recuerdo cuánto tiempo luchó por deshacerse del anterior apodo insultante, “Metrallo”. Tristemente, poco después de lograrlo, recibió otro que de igual manera opacó tantas cosas bonitas y buenas que albergaba. Toda la reputación que había ganado, las visitas que había recuperado, y los premios que había ganado, se esfumaron. Aunque de otro modo, la ciudad empezó nuevamente a matar a la gente. Los turistas se fueron, y no volvieron. Pero la nube se quedó.

Cuando esto pasó, ya todo el mundo sabía cuál era la solución, y muchas otras ciudades que habían pasado por la misma situación demostraron que la vida, la salud, las generaciones futuras y el bien  común merecen ser priorizados por encima de muchas preocupaciones de corto plazo. Pero los medejingenses, tercos, orgullosos, y confiados, decidieron esperar a que el viento dejara de traer arenas, humo y cenizas lejanas, y olvidaron que la principal causa del problema eran ellos. Olvidaron que no solo la contaminación que se ve es la que hace daño. Decidieron seguir aislándose del mundo en su burbujita privada de acero y vidrio, creyendo que al subir las ventanas y encender el aire acondicionado todo estaría bien. Decidieron seguir creyendo que adquirir estas burbujitas es una señal de progreso y de éxito profesional. Decidieron ignorar, deliberadamente, la ciencia que, tal vez de manera ingenua, no se cansaba de repetirles que más vías traerían más carros, y más carros traerían más contaminación. Decidieron ignorar las estadísticas de accidentalidad en las vías, muchas veces peores que las de cualquier asesino en serie. Decidieron camuflar las fuentes de contaminación detrás de nuevas carrocerías. Decidieron que los parques de cemento eran más convenientes y económicos que los de árboles y pasto.

Muchos entendemos el problema y nos preocupamos profundamente. Muchos desconocen el peligro que la contaminación del aire representa para su salud y la de sus seres queridos, vivos y sin nacer aún. Pero lo peor es que muchos conocen y entienden el problema, y tienen el poder para mitigarlo, pero deciden no tomar las medidas necesarias. ¿Cobardía? ¿Comodidad? ¿Indiferencia? ¿Fundamentalismo? Todos iguales de dañinos.

Miro de nuevo al pasado y veo líderes valientes, que no temen tomar decisiones impopulares si estas resultan en un mayor bien común. Veo personas innovadoras, que encuentran soluciones sostenibles y usan los recursos eficiente y efectivamente. Veo un valle floreciente, unas montañas verdes que solo se esconden tras nubes de lluvia. Veo un río vivo, y gente feliz disfrutando de él, su derecho adquirido al momento de nacer. Veo gente caminando, conversando en la calle, descansando debajo de un árbol y elevando una cometa.

 

Un pueblo verraco, que se recupera de las caídas,
porque le gusta pararse y avanzar.
Un pueblo que se jacta, porque tiene de qué jactarse.

Vuelvo a mirar al presente. Veo que el futuro no ha llegado y que tenemos el poder de cambiarlo, de enrutarlo por el camino adecuado. Aunque soy por lo general pesimista, reconozco que somos un pueblo que sale adelante, supera sus problemas, y se preocupa por el bienestar del valle y de quienes lo habitan. Un pueblo verraco, que se recupera de las caídas, porque le gusta pararse y avanzar. Un pueblo que ha pasado por mucho, que ha recibido muchos golpes, que ha sido rechazado, pero que ha demostrado ser capaz de superar sus problemas. Un pueblo que se jacta, porque tiene de qué jactarse.

Vuelvo a mirar al futuro y veo que lo logramos. Veo que el transporte público limpio, eficiente, económico y seguro se salió de los rieles e invadió toda la ciudad. Veo que la gente volvió al río, porque se recuperaron los espacios que se habían perdido para su disfrute. Veo que las nubes que cubren el valle ya sólo contienen agua, cuando antes contenían veneno. Veo que la gente no se fija ya en el interior de los carros, sino en quienes caminan por la acera o conducen una bicicleta, y que el éxito ya no se mide en centímetros cúbicos. Veo un letrero a la entrada de la ciudad que dice, en varios idiomas: “Bienvenido a Medellín”.

 

-Publicidad-
0
3242
Los comentarios son realizados por los usuarios del portal y no representan la opinión ni el pensamiento de Las2Orillas.CO
Lo invitamos a leer y a debatir de forma respetuosa.
-
comments powered by Disqus

Dos años son mucho, pero parecen poco

Indignación mundial por consumo de vacas en Colombia

Prestar, no regalar

Un paisa más en Bogotá

¡A alfabetizar!

Todo o nada

La diferencia entre “inmoral” y “amoral”

La virgen del sánduche de queso