Masacres, ruptura entre lo normal y lo patológico

Se trata de un asesinato masivo particularmente violento, donde hay gran desigualdad de poder entre víctimas y victimarios

Por: Orlando Solano Bárcenas
octubre 13, 2017
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Masacres, ruptura entre lo normal y lo patológico

Dos masacres recientes en Colombia. Una más en Estados Unidos, horrenda. No solo en estos dos países, también en muchos otros. El fenómeno se extiende. ¿De dónde viene el término y los fenómenos de masacrar?

En conversatorio celebrado en septiembre de este año en la Facultad de Derecho de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca sobre el tema de Masacres en Colombia, me correspondió exponer el de Masacres en la historia. De ella extraigo algunas consideraciones que podrían servir para tratar de entender este fenómeno.

El verbo “masacrar” llegó al idioma español por vía del francés antiguo (siglo XVI) “massacrer” y este a su vez del latín popular “matteuculare”, de “matteuca” o mazo con el que se mataba a ovinos y porcinos.

Ya desde 1564 el verbo remitía a matar con salvajismo y en masa a seres humanos y animales puestos en estado de indefensión. Seguidamente adquirió el sentido de destruir, exterminar con odio y, con menos frecuencia, por miedo. A este respecto diría Georges Bernanos: “No se masacra jamás sino por miedo, el odio no es sino una coartada”.

En todo caso el uso popular le fue dando a masacrar el sentido de dañar, moler, destrozar, herir gravemente con un instrumento cortante, mutilar, deteriorar, reventar, agotar, aniquilar, depredar, devastar. Acciones que pueden dar lugar a pillaje, a robo con violencia, a meter a saco con depredación y devastación, con espíritu de barbarie, de razzia, de vendetta.

Hasta aquí la acción, el verbo. En cuanto al sustantivo francés “massacre” y sus derivados se asocian a su turno, en el mismo siglo XVI, con la palabra inglesa “butchery” o, en francés, “boucherie”; es decir, traducidas al español: carnicería, matanza, asesinato y hasta hecatombe.

En el lenguaje de caza masacrar pasó a significar matar animales de monte (“gibier”). En el caso de ciervos estos eran despellejados y entregadas las entrañas a los perros; es la “curée”, palabra que luego se aplicaría a la “ruée” o carrera de turbas desenfrenadas ávidas de saqueo y pillaje.

Llevado el término a la cacería de seres humanos, en el curso de la historia se encuentran muchos ejemplos: Hugonotes, en la trágica Noche de la Saint Barthélemy; de los Santos Inocentes, pintada crudamente por Rubens; de las Vísperas Sicilianas, en 1.282; de las de Septiembre de 1792 o “septembrisades”.

Hacia 1893 surgió en las ferias foráneas de Francia el “juego de masacre”, consistente en abatir muñecas a báscula lanzándoles bolas a cambio de un premio. Juego al parecer practicado en Colombia bajo la modalidad de futbol en zonas de paramilitarismo con las cabezas cortadas a los rivales. Del Moliner:”Matanza salvaje de persona”.

Hoy en día el término suele connotar la matanza perpetrada sobre una minoría étnica, religiosa o política con el propósito de destruir, exterminar, aniquilar, arruinar, desplazar, desaparecer forzadamente al enemigo. Del DRAE: ”Matanza de personas, por lo general indefensas, producida por ataque armado o causa parecida”.

El Derecho internacional penal ha denominado delito de “genocidio” a las masacres cometidas bajo forma de asesinatos realizados con absoluta sevicia, violencia gratuita, barbarie, salvajismo, crueldad y odio sobre grupos étnicos, religiosos o políticos situándolos en estado de total indefensión como expresión de maldad absoluta, de “extremo horror” que destruye una población civil indefensa (artículo 6º. del Estatuto de Roma). Son los casos, entre otros, de Cambodia, Chechenia, Burundi, Ruanda, Bosnia, Kosovo, Sudán.

La principal característica de una masacre es la de ser una matanza colectiva con gran desigualdad de poder entre víctimas y victimarios, acompañada o realizada con actos de crueldad, alevosía y propósito de producir un daño innecesario a las personas y sus bienes. Se trata pues de un asesinato masivo particularmente violento que puede no siempre ser encuadrado dentro del tipo penal internacional de “genocidio” (Convención para la prevención y la sanción del delito de genocidio, aprobada por la ONU en 1948).

La doctrina, la jurisprudencia y hasta la normativa no han sido pacíficas en precisar las diferencias y semejanzas entre el genocidio y la masacre. Sin embargo, se podría decir y en este sentido parece ir la práctica, que todo genocidio se ejecuta por medio de masacres mas no toda masacre se convierte necesariamente en genocidio. Bajo esta perspectiva, la matazón de la escuela secundaria de Columbine o la más reciente del Concierto de Las Vegas, pueden ser consideradas masacres pero no genocidio. O, en el límite, ambas pueden ser vistas como “asesinatos masivos” o en masa por haber sido ambas perpetradas por individuos aislados sobre un número de víctimas, de manera simultánea con fines casi siempre de tipo terrorista.

Características comunes al genocidio, al crimen de lesa humanidad, a la masacre y el asesinato masivo suelen ser: la planeación, la intención expresa de producir daño y el cálculo en exterminar a un grupo particularizado más o menos numeroso, durante un mismo evento, previa ubicación espacial de las víctimas. Es una destrucción intencional de un grupo nacional, étnico o religioso señalado como el “enemigo” (Raphael Lemkim).

Una masacre de civiles o de prisioneros de guerra ejecutada en medio de un desarrollo bélico puede ser llamada, “crimen de guerra”. Si fuese acompañada de una motivación étnica podría asumir el carácter de “genocidio” como lo fueron las masacres en la Conquista del Oeste norteamericano o las masacres de las Guerras secesionistas de la ex Yugoeslavia.

Las masacres son violencia de masa, comportamientos racionales de frío cálculo o irracionales con pasión signada por el odio. Ruptura entre lo normal y lo patológico. Son una representación colectiva que sataniza al otro, a “ellos” e hipervaloriza lo propio, lo “nuestro”. Una expresión de maldad, de “banalización del mal” (Hannah Arendt). Un discurso de lo “puro” y de lo “impuro”. Una grave afectación de la paz al plantear el asunto como: “ellos” o “nosotros”. ¿Hutus o tutsis? ¿Blancos o negros? No seamos víctimas, seamos victimarios. La política y la religión suelen bendecir el discurso que “justifica” la masacre.

Para comprender bien una masacre o sus afines es preciso conocer la historia previa al acto y verla desde diferentes disciplinas como la sociología, la antropología, la psiquiatría, la psicología, la demografía, la sociología, entre otras. Naturalmente, también desde el derecho nacional, internacional y humanitario.

Según Jacques Sémelin, la masacre es un fenómeno psicopatológico que se nutre de una paranoia que percibe al “otro” imaginariamente como la encarnación del mal, del diablo o del enemigo total; y no es extraño que el perpetrador sea un buen ciudadano, un buen padre de familia que de pronto deviene en verdugo castigador que asesina sin remordimiento alguno y pierde la individualidad.

Llegada la hora de la responsabilidad, el que masacra excusa su acto salvaje en la pérdida del raciocino, en la valoración moral y jurídica que se escuda en la orden del superior que supuestamente lo exonera. Vano intento. El sentido aristotélico de la hominidad lo convierte en lo que es: una bestia que no mata por instinto sino por odio.

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