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Martín Elías: un gran parrandero y nada más

Nunca fue una promesa de gran musical, sus canciones solo servían para hacer ruido mientras se plancha o se barre

Por: Isidro Santos Gutiérrez
Abril 18, 2017
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Martín Elías: un gran parrandero y nada más

Desde el 24 de febrero, el joven director colombiano Andrés Orozco Estrada se encuentra en Colombia. Viene de dirigir la Orquesta Filarmónica de Berlín, inmortalizada como la mejor orquesta del siglo XX bajo la dirección de Herbert von Karajan, con quien comparte además el honor de ser miembro honorario de la Asociación de Cantantes Vieneses (Wiener Singverein). Este entre otros muchos reconocimientos y dignidades del mundo de la música le pertenecen. Llegó a dirigir la Orquesta Filarmónica de Bogotá en el cumpleaños de Medellín, pero fundamentalmente vino a dirigir la Orquesta Sinfónica Juvenil y la Orquesta Sinfónica Juvenil de Cámara, como un compromiso de especial interés en su virtuosa agenda internacional.

Esta noticia sobre un músico joven talentoso que se ha probado en los más complejos y exigentes escenarios internacionales pasó desapercibida para el noventa y ocho por ciento de los colombianos. Pero a contrario sensu el noventa y ocho por ciento de los colombianos lamenta profundamente la desaparición de “la leyenda, el ídolo, el inmortal Músico Martín Elías”. Lo sorprendente no es que un pueblo se lamente, hay razones para lamentarse de la muerte de un joven artista, lo sorprendente son las descargas masivas de elogios que convierten a un músico menor en una “leyenda, un ídolo, un inmortal”. Coincidencialmente ese mismo jueves 13 de abril en la noche, fecha del último concierto de Martín Elías, la hermosa chelista colombiana Laura María Ospina se presentó como solista con la orquesta sinfónica de Arlington, en EUA y ningún periódico habló de este importante evento musical.

Que era muy joven, es innegable, pero que haya sido una promesa de algo distinto a vender más discos y acompañar parrandas de distinguidas familias costeñas, hacer barullos de sala mientras se plancha y se lava la loza o cuitar desamores en tiendas de barrio, discotecas o lupanares, no lo creo. A los 26 años, Bob Dylan ya había compuesto el inmortal álbum Blow’in the wind, que años más tarde le mereciera el premio Nobel de literatura, y antes de esa edad compuso un himno en las nubes del rock Like a rolling Stone. Paul Simon con tan solo 23 años compuso el muy reconocido The sound of silence sintiendo la muerte de J. F. Kennedy. Es apenas normal que a esa edad o antes se hayan escrito los más célebres versos de la literatura universal, —es algo misterioso, poca buena poesía se escribe después de los cincuenta pero, de igual manera, pocas grandes novelas se han escrito antes de los cincuenta años—. ¿Cuál es la diferencia entonces entre nuestra leyenda, nuestro gran ídolo, nuestro inmortal músico y los demás mortales pero también célebres Bob Dylan y Paul Simon? Que ellos leían, estudiaban, devoraban versos de Dylan Thomas, W. B. Yeats, Rimbaud o Baudelaire, Shakespeare, Ezra Pound o François Villon y sentían la necesidad de plasmar un momento histórico en sus canciones, varias de ellas a favor de los más débiles, los marginados, errantes o desposeídos. En cambio, nuestro héroe musical escribe “quién te crees tú”, “cancelada de mi vida” ,“problema tuyo”, “esa brincadera tuya” etc. Creo que varias de esas letras se parecen a mis poemas a los quince años, solo que tuve la buena suerte de que todos terminaran en la caneca de la basura y hoy no tengo el temor de tamaña vergüenza.

La música es propiedad, no de un músico, sino de una cultura, una nación, o una generación global. Por eso la identificación directa entre un pueblo y sus músicos más representativos llega incluso a mediar grandes intrigas y conspiraciones políticas detrás de muchos de ellos. Todos sabemos las tensas y ambiguas relaciones entre Shostakovich y el régimen soviético, el nacionalismo ancestral de Aram Jachaturian con la madre Rusia indiferente a la censura del mismo Stalin. Del otro lado, la grandilocuencia fantástica de Aaron Copland y Leonard Bernstein del sueño americano, el sentimiento superior de los alemanes ante las sonoridades prístinas de Wilhelm Furtwangler o del mismo Von Karajan. Por eso recordamos las multitudinarias y solemnes despedidas de todos los músicos del mundo a este último en Salzburgo, y los interminables homenajes que el 24 de noviembre, año tras año, se hacen a Freddie Mercury en distintos escenarios. Hoy continúa la peregrinación del pueblo ruso a las tumbas de Shostakovich y Chejov en Novdevichi; la colina o tumba de Pushkin parece el corazón de la nueva Rusia y muy pocos buscan ya al embalsamado Lenin en la Plaza Roja. Son célebres y muy justificadas las órdenes dadas a la policía por el emperador Francisco I de no molestar al revoltoso y antimonárquico Ludwig van Beethoven, a pesar de saber que acostumbraba insultarlo en cualquier oportunidad y en cualquier esquina de la lujosa Viena. El pueblo ama más a sus músicos y poetas que a sus líderes políticos porque es en ellos que se ven identificados, justificados y redimidos.

Mi pregunta es ¿si el reconocido Andrés Orozco Estrada llegara a desaparecer, por voluntad repentina o prevista del destino, veremos una multitudinaria despedida en la plaza de Bolívar, se izarán las banderas de su natal Medellín?, ¿algún día le darán la medalla que le dieron a Maluma? No lo creo, posiblemente la noticia no ocupe más de unas líneas en un periódico, un obituario y los asientos de una mediana capilla. Igual, se dice que cuando murió el colombianísimo y popular Luis Antonio Calvo en Agua de Dios, —quien me llevó no solo a la música clásica sino al sonido de los tranquilos vientos de la sabana y los venerables verdes y azules de la cordillera a través de sus intermezzos—, la noticia se supo en Bogotá tres años después. Nadie recuerda, porque no vale la pena recordar, la profunda y desoladora pobreza en que murió Pedro Morales Pino en un hospital. Entonces, ¿a qué nos referimos cuando se dice “la leyenda, el inmortal, el único, el gran” Martín Elías? A la capacidad de cantar “tú piensas que con engañarme a mí ganaste el Grammy o algo mejor” ,“esa brincadera tuya para mí pasó de moda”, “y si me vas a terminar, termina pues, problema tuyo”. Vale la pregunta ¿qué significa ser famoso en un país condenado a la ignorancia, el despojo y la corrupción?, ¿a qué se debe la insaciable adicción a la mediocridad de este país? Provincia raída donde se tiene más opción de ser famoso por la forma de morir que por los logros e ideales en la vida, ¿no es esto una parte de la cultura de la muerte a la que nos resignamos?

Sabemos, desde la hermosa imaginación geométrica de Pappus de Alejandría —siglo III d.C— que las hipérboles no nacen en la muerte o en un punto cero, nacen en una excentricidad superior a uno con respecto a su directriz, es decir, con una extraordinaria amplitud superior a nuestro propio centro.

 

 

 

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