Opinión

Marcelino

Por:
mayo 09, 2014
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El nombre de esta columna pudo ser otro, Carmelo, Carlos, Johnny, Ricky, Marcos, Iván o Hunaldo. Pero no fue así, simplemente Marcelino. Pero también pudo denominarse Leopoldo, Oscar, Ramiro, Aníbal, Esteban, Cesar, Adolfo, Roberto, Armando…

No. Marcelino. Primero porque es un nombre poco recurrido y deseado. Segundo, representa lo único o lo escaso. Tercero, porque Marcelino significa lo propio, lo ignaro y prístino que poco queda de todos nosotros en estos tiempos de confusiones e infusiones mágicas vía redes sociales y otras hierbas.

Vuelvo al Marcelino de ayer y lo recuerdo en mi memoria inventada por los tiempos y la fuerza del olvido: años setenta del siglo pasado, de peinado afro rebelde, bigote en candado y trinche en el bolsillo para peinar al frondoso continente de su cabeza, no respondo si detrás de esa apariencia había un noble fumador de hierba, salsero y champetero que recorría calles en Clemencia o en Barranquilla y después en San Marcos y en Sincelejo.

¿Con cuántos Marcelino no se topó usted en su memoria en estos momentos? Los tuvo ahí cerca, de vecino jacarandoso, de amigo incondicional abrazado en fotos borrosas al lado de una máquina de hacer música en casetas fiesteras en el Caribe entrañable, de compañero de farras y porros en humareda feliz y de esos que usted pensó que la juventud nunca se agotaría en el cenit inconsolable de la vida y vendría el llanto a romper los candados del olvido.

Bueno, pero Marcelino maduró y se olvidó de seguir copulando con el Universo (al decir del siempre tierno Walt Whitman) y se tornó serio para aburrimiento de todos y todas (como dicen ahora) y le apareció barriga (primero que su mujer). “Sentó cabeza” dicen en este Caribe ardiente que se da el lujo de parir premios nobel de literatura y cuando uno de ellos se muere, en cualquier pueblo como Chochó en Sucre, se inventan otro.

Un trabajo en el sector público (lo más seguro) logró conseguir Marcelino, fumigando casas, barrios y veredas cuando a todos nosotros nos mataba el paludismo y a cambio se nos permitía que nos matara el DDT en vez del mosquito. Transgresoramente se les denominaba agentes de salubridad (o mortalidad) pública. ¿Quién de los de antes no se acuerda del control de fumigación contra la malaria pegado detrás de la puerta de la casa? Aquellos tiempos en los que la abarca, la varita y las chancletas “Cauchosol y Panam” eran más efectivos que cualquier terapia de ahora con psicólogos posmodernistas para niños dizque rebeldes e incomprendidos (hiperactivos ahora, necios de antes).

Quizás sus últimos días laborales los pasó al frente de un computador moderno al que aprendió a utilizarlo a fuerza del agarre y la inventiva para sostenerse en los vaivenes del Estado moderno de estos días, transcribiendo datos muertos y a la espera con paciencia de Sisbén que la pensión llegue.

Marcelino tuvo hijos, quizás dos, quizás cuatro, vaya yo a saber, él sí y las malas lenguas (entre ellas la de su mejor amiga, que puede llamarse Nurys) tienen el dato cierto. Pero eso no importa, de todas maneras Marcelino respondió por cada uno de ellos y seguramente los hizo profesional o se casaron antes de graduarse y les puso nombre, claro que sí: Daniel, Heidi, Kelly, Ana María, María Isabel, Alex, Iván Darío, Karen, Katia, Angélica, Helena, Lorenita, Irina,Gabriela u Oswaldo.

Pero a pesar de los años y la vida pesada que sufrimos los mortales de este círculo planetario, Marcelino tiene sus propias licencias y con todo el derecho: se da el lujo de tener tijeras en las facturas de los servicios públicos, se da la vuelta por la tienda para el fiado del portafolio de Bavaria de cada fin de semana y una que otra vez, corretear “mucharejas y señoronas” del servicio activo en asuntos familiares y domésticos como cualquier competidor del “Viejo Zorro”.

Cantaletas. Claro que sí. De eso si ha sabido Marcelino. En todos los tonos y sabores. Largadas de la casa con maleta de polipropileno de color negra y resistente. “Bueno y a qué es que se viene a este mundo: a aguantar vainas a las mujeres, pero a quererlas como nadie más” porque si no a la “canoa le entra agua” y de eso él no quiere saber ni en juego. A pesar que estuvo mucho tiempo cerca del agua, por allá por el San Jorge del Carate, donde ahora vive el siempre noble y pretencioso Marqués de la Taruya Don Juan Carlos Ensuncho y Bárcenas

Que esto que digo o he dicho es mentira. Seguro me acusarán de calumniador. Marcelino sonreirá si se entera de este escrito y se rascará la cabeza cana con preocupación ajena. “Inventos de algún vecino que le tiene de la buena”. Saldrá en su moto (porque en el Caribe cambiamos la burra y la bicicleta por la moto) y raudo se irá con su música a otra parte en búsqueda de menos miradas acusadoras y de silencios cómplices.

Se sentará en el pretil de Nancy y detendrá el tiempo y los sucesos en su memoria de cronista de la madrugada y en abierta competencia con su mejor amiga del vecindario, quien se asoma por la ventana alcahueta y en furtivos atisbos, imponente como un pequeño Rey de la proclama en el país de la mañana; declarará instalada la sesión solemne de la vida cotidiana.

Coda: Gracias a todos los Marcelino que hemos conocido y tropezado en este fugaz paso por la vía láctea, sin ellos, los instantes hubiesen sido aburridos como la vida sin Marcelino, sin pan ni vino.

@inaldo18

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