Opinión

¿Mala gente?

Aunque todo huela a diablo, somos más los colombianos “buena gente”, que los ladrones de todo

Por:
marzo 28, 2019
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Ni tanta, como rotundamente afirma Caballero que hay en Colombia. Ni la que hay “malosa”, tenga que ver con el ADN, o con el “parche genético” tan peculiar de esta nación, cuya profusa variedad racial descartó nuestro inolvidable pionero en Colombia y Latinoamérica de la genética humana, Emilio Yunis Turbay, de Sincelejo, Sucre, como factor incidente en nuestros cada vez más crecientes y afirmativos comportamientos anómalos, más de índole cultural que de insondables extravíos genéticos.

El que la farándula de todos los orígenes y pelambres, entrevistadores y entrevistados, acuda a una zalema de cajón como la de que lo mejor que tenemos por estos pagos criollos es la gente, tan desgastada como la de todo bien… todo bien, muy a pesar de que todo no está bien, no pasa de ser una carencia léxica, un cumplido insulso o, en el menos saludable de los casos, una deficiencia neuronal.

Que, en mayor o menor grado, es de presumir acusamos los humanos en proceso de hominización aún, sea cual fuere su contextura étnica, coeficiente intelectual, nivel de escolaridad, cultural y de relacionamiento entre semejantes, lo cual da para decir que no es exclusividad de los colombianos.

Y menos, como suelen proclamar con fanfarronería y aires de superioridad racial y geográfica algunos de nuestros arquetipos humanos, afectados de prepotencia para infamar de quienes creen y asumen inferiores a ellos por ser de geografías distintas de las suyas, verbigracia pastusos y costeños.

 

En lo que sí no está exagerando Caballero,
es en la cada vez más creciente taifa de ladrones
que pueblan nuestro parche racial y geográfico

 

En lo que sí no está exagerando Caballero, es en la cada vez más creciente taifa de ladrones que pueblan nuestro parche racial y geográfico, de entre la cual es altamente reveladora por su agilidad y destreza depredadora y despojadora, la variedad caracterizada por la atracción incontrolable y obsesiva por robar tierra, tanto rural como urbana: desde un minúsculo hueco hasta los ejidos municipales, las reservas forestales, bosques, parques naturales, cerros, laderas, montañas y fueros de caminos, pasando por el fondo de los arroyos, ríos y quebradas de esta patria mostrenca.

Y en lo que a la propiedad privada urbana toca, no hay proyectos de vivienda, apartamentos y conjuntos residenciales que construyan y vendan en las ciudades  capitales e intermedias desarrolladas los carteles de la construcción, en los cuales estos topos no se hayan robado hasta tres veces lo vendido en planos, aumentado su área  y vuelta a cobrar como zona social y de juegos infantiles, recreación colectiva, garajes, parqueaderos, jardines, andenes y cuanto metro cuadrado les quepa en su bolsa de picaros con suerte e inmunidad legalizada y curada para el latrocinio.

Pero si alguien quisiese hacer uso del beneficio de la duda y comprobar la propensión desmedida de algunos colombianos por la tierra ajena, unos más que otros, bástenos observar un proyecto vial de los “contratados” por el Estado con Odebretch, de cientos de kilómetros y billones de pesos en su desarrollo y “comisiones”, para que veamos extender, vía fastrack, kilómetros de cercas y alambradas sobre las áreas libres y servidumbres que ya les fueron pagadas, pero de las que se vuelven a apropiar para volver a vender cuantas veces tengan la “oportunidad” de revender.

Y así, y aunque todo huela a diablo, somos más los colombianos “buena gente”, que los ladrones de todo.

Poeta

@CristoGarciaTap

 

 

 

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