Opinión

¿Maestro por trabajo o por convicción?

Por:
octubre 02, 2013
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Vamos a hablar de la encomiable y no menos importante labor del maestro (a), del profesor (a). De esos seres humanos que nos acogieron y nos hicieron disfrutar del colegio y sus asignaturas, o nos alejaron de ellas porque no llamaron nuestra atención, por la cultura educativa del momento, o porque detrás de su estilo había una historia de vida muy dura que se reflejaba en su forma de enseñar (en su trato), “o porque no entendieron que todos aprendíamos diferente, y es el punto que ocupa hoy este espacio”.

Una de las partes amables del ejercicio del periodismo, es que nuestros lectores, televidentes o radioescuchas nos llegan a ver tan cercanos que no solo nos enseñan a través de sus vivencias y sus puntos de vista, sino que nos comparten sus preocupaciones y —es más—, nos hacen parte de la solución, responsabilidad para nada fácil.

Hace una semana recibí la llamada de una oyente que buscaba un especialista que le ayudara no con las dificultades de su hija en el colegio, sino con las de sus maestros para entender que no todos los niños aprenden igual y que todos van a distintos ritmos. ¿Cómo así?, me pregunté. ¿Un especialista que le ayude a un profesor a entender su oficio, algo para lo que supuestamente estudió? La señora decía que “el problema es que la profesora o no quiere entender que todos los niños no aprenden a la misma velocidad, ni de la misma manera, ni con los mismos métodos —por muy renombrados y estandarizados que sean—, o no quiere esforzarse más allá de lo que ‘le toca’ porque le implica más esfuerzo”, me dijo. “Es que quién dijo que a todos los niños se los mete en un mismo costal y se les enseña en serie”, agregó.

Quienes me han leído saben que me gusta acompañar mi columna con cifras y con investigación, pero hoy el tema va más allá de los números y los datos; el asunto es de ética profesional del maestro, de principios, de reconocerse fuertes en unas cosas y débiles en otras, estén en la posición que estén, y con mayor razón si tienen en sus manos pequeñas personitas que aprenden de sus actitudes y sufren con sus errores; son sus papás en su segundo hogar, el colegio. En mi época no se iba al terapeuta ocupacional, ni al del lenguaje, ni al siquiatra infantil, ni al sicólogo infantil y ni el colegio tenía sicólogo. No quiero decir que no sea bueno, por el contrario, resulta maravilloso tener cada vez más especialistas que nos brinden herramientas para desempeñarnos mejor en la vida, pero estamos llegando al punto en el que gran parte de profesores y colegios se están desentendiendo o zafando de la responsabilidad que les asiste como organizaciones educativas y educadores de ser más flexibles con la diferencia, con la individualidad, de desarrollar a través de las dificultades de sus alumnos nuevas estrategias y tácticas de pedagogía que ayuden a futuras generaciones. No estoy sacando estos conceptos del puro ejercicio de echar globos frente al computador, no. Me puse en la tarea de hablar con especialistas muy reconocidos en cada una de las disciplinas que mencioné y aquí están sus conclusiones:

  • Lo primero que hay que decir es que no hay proceso de aprendizaje que funcione si no hay compromiso tanto de los padres como del colegio y sus profesores. Es un trabajo en equipo.
  • Ahora todo va para terapia y no siempre es necesario. Hay niños que con un poco más de dedicación del profesor salen adelante y se nivelan. Esto se traduce en que los profesores no quieren ir más allá de lo que aprendieron en la universidad, nada que los saque del contexto cotidiano, nada que les requiera más esfuerzo. “Hay que reconocer que algunos son más demandantes, pero los profesores no se quieren salir de su ‘zona de confort’ y pretenden dictar clase en reclinomatic”, como dijo uno de los especialistas.
  • La mayoría de colegios que se enfrentan a alumnos distintos, buscan sutilmente convencer a los papás de que cambien a sus hijos de colegio o que les adelanten un “plan sombra”. La sombra es un profesional de la educación que hace un acompañamiento en clase y en tareas. Su valor mensual mínimo es de $1’200.000; súmele pensión, transporte, alimentación, piñatas, actividades del colegio fuera de sus instalaciones o para recoger fondos, etc., pero también las terapias y las citas al especialista que superan los $40.000 por sesión en el primer caso y los $100.000 por cita en el segundo. ¿Se imagina cuánto vale eso mensualmente? Y no hemos hablado del diagnóstico que en el mejor de los casos vale $850.000 y en el peor (en lo económico) $1’500.000.
  • A veces los profesores quieren ayudar pero los colegios no y viceversa. No hay coherencia ni filosofía frente a la educación de los niños normales en la mayoría de los casos, pero con dificultades. A veces ni el uno ni el otro.
  • Aparece el profesor sabelotodo que por su experiencia considera que no tiene por qué hacer nada distinto a lo que su ‘sabiduría’ le dicta, que ni se toma la molestia de analizar el esfuerzo y tácticas de otro profesor con el que el niño sí funcionó y progresó, y que se ufana de su temperamento porque así deben ser las cosas. Debo decirles que este es el caso de la oyente que originó esta columna. “A este tipo de profesores nos enfrentamos todos los días en los colegios”, dicen los especialistas.
  • Es muy importante hacer un trabajo interdisciplinario colegio, profesores, papás y compañeros del clase. Involucrar en el proceso a los compañeros de clase del niño, según sea el caso, les enseña nada más ni nada menos que a aceptar la diferencia, a no discriminar, y a tener respeto y consideración por el otro. ¿Casi nada, no?
  • Eso a veces requiere de que los profesores se desplacen al consultorio de los especialistas, o los profesionales al colegio. En el primer caso, los colegios no pueden obligar a los profesores a asistir fuera de sus instalaciones a una reunión referente a uno de sus alumnos, pero si el especialista no puede ir al colegio, todo queda en manos del interés, el compromiso y la voluntad del profesor interesado.
  • Si bien es cierto que hay colegios que tienen proyectos inclusivos que hasta permiten el ingreso de niños con grandes dificultades de aprendizaje, también es cierto que a la mayoría no les gusta. Se les vuelve un problema, los saca de sus esquemas, les requiere más esfuerzo.
  • Así como cuando los colegios infieren que el niño debe estar atravesando una situación difícil en su casa por su comportamiento y los pésimos resultados académicos, también los padres deben mirar lo mismo cuando un niño asume actitudes que antes no tenía frente a ir al colegio, hacer tareas o inclusive (para que se aterren) no querer presentar las tareas que sí hicieron o los exámenes para los que estudiaron con esmero. ¡Pónganles mucha atención!

Los colegios y los profesores deben interiorizar y comprometerse más en su gestión con las diferentes formas de aprender, porque no es que no lo sepan, pero es que somos ‘individuos’, únicos, diferentes unos de otros; parecidos pero jamás iguales: ¡Distintos! Y ese parece ser el ojo del huracán en una sociedad cada vez más masificada, globalizada, centrada en el rey dinero, menos espiritual (no estoy diciendo religiosa) y para nada respetuosa del individuo como tal y de su entorno. Y de esto, por supuesto, hacen parte los colegios y sus profesores quienes están hoy en el escenario de que enseñar va más allá de ser un maestro por trabajo; ¡los compromete a ser maestros por convicción!

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