Durante décadas, miles de maestras han sostenido la escuela pública, alfabetizado comunidades y formado ciudadanía. Su labor, muchas veces silenciosa, también ha sido una forma de resistencia frente a la desigualdad, la violencia y el olvido.
Cada 8 de marzo recordamos las luchas de las mujeres por la dignidad, la igualdad y los derechos. Sin embargo, pocas veces se dice con claridad que una de esas luchas también ha ocurrido en las aulas. La historia de la educación en Colombia es, en buena medida, la historia de mujeres que han tenido que luchar para educarse, para enseñar y para defender la escuela pública.
Durante buena parte del siglo XIX, a las mujeres se les negó el acceso pleno al conocimiento. La educación femenina se limitaba a lo que la sociedad consideraba “propio del hogar”: religión, costura y buenas maneras. Pensar, investigar, escribir o enseñar parecía un privilegio reservado para los hombres.
Pero algunas mujeres se atrevieron a desafiar ese orden
Una de ellas fue Soledad Acosta de Samper, quien desde el siglo XIX defendió en sus escritos el derecho de las mujeres a la educación y a la vida intelectual. Sus ideas cuestionaron un modelo de sociedad que pretendía mantener a las mujeres lejos del pensamiento y del debate público.
Décadas después, figuras como Ofelia Uribe de Acosta continuaron esa lucha, exigiendo derechos civiles y políticos para las mujeres, entre ellos el acceso a la educación y a la participación en la vida pública.
También es importante recordar a Virginia Gutiérrez de Pineda, pionera de las ciencias sociales en Colombia, quien ayudó a comprender las profundas desigualdades y transformaciones de la sociedad colombiana, aportando una mirada crítica sobre las estructuras familiares y culturales del país.
Y a Betsabé Espinal, quien encabezó en 1920 una de las primeras huelgas lideradas por mujeres trabajadoras en Colombia, demostrando que las mujeres también podían organizarse, resistir y exigir derechos.
Estas mujeres abrieron caminos. Pero la historia de la educación no se explica solo desde los nombres conocidos. También se construye desde la vida de miles de maestras anónimas que, durante décadas, han sostenido la escuela pública colombiana.
Las Escuelas Normales formaron generaciones de maestras que llevaron educación a pueblos, veredas y barrios donde antes no existía escuela. Muchas caminaron horas para llegar a sus aulas, trabajaron con escasos recursos y enfrentaron contextos sociales difíciles. Hoy las Normales siguen siendo las formadoras de maestras y maestros para preescolar y primaria que van a las zonas rurales y sectores más necesitados del país.
En un país marcado por la desigualdad y por décadas de violencia, las maestras han sido muchas veces las primeras en defender el derecho a la educación de niñas, niños y jóvenes.
Han enseñado en medio del conflicto armado. Han acompañado estudiantes desplazados por la guerra. Han intentado proteger a sus alumnos de la pobreza, de la violencia y del abandono institucional.
Pero también han enfrentado otras violencias más silenciosas
Porque ser maestra no ha significado necesariamente estar a salvo de las desigualdades que viven muchas mujeres. Aun con formación académica y con un salario, muchas docentes han tenido que enfrentar discriminación, sobrecarga laboral, violencia simbólica e incluso violencia en sus propios hogares.
A pesar de todo, siguen entrando cada día al aula. Siguen enseñando. Siguen creyendo que la educación puede abrir caminos distintos para las nuevas generaciones. Las maestras no solo transmiten conocimientos. Forman ciudadanía, enseñan a debatir, a escuchar al otro y a pensar críticamente la realidad. En ese sentido, su labor también ha sido una defensa cotidiana de la democracia.
La escuela pública colombiana no se ha sostenido únicamente por políticas educativas o decretos. Se ha sostenido, sobre todo, por el compromiso ético y humano de miles de maestras que han creído en el poder transformador de la educación. Lo digo también desde mi propia experiencia como maestra. Enseñar en Colombia es mucho más que cumplir un horario o desarrollar un programa académico. Enseñar es acompañar procesos humanos, escuchar historias difíciles y sembrar esperanza incluso en contextos complejos.
Por eso, cuando hablamos del 8 de marzo, también debemos reconocer a las mujeres que han hecho de la enseñanza una forma de resistencia. A las maestras que educan, que cuidan, que orientan y que defienden la escuela pública incluso en medio de la adversidad. Porque, aunque pocas veces se diga, la historia de la educación en Colombia también es la historia de mujeres que han luchado desde el aula por una sociedad más justa.
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