Lunes 16 de marzo de 2020: desde que se embalsamaron los días

"Hace un año que la tragedia mundial nos dejó sin abrazos y se encarceló el deseo irrefrenable de ser yo"

Por: ELIZABETH MIRANDA GUERRA
marzo 16, 2021
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Lunes 16 de marzo de 2020: desde que se embalsamaron los días
Foto: Pixabay

Un año después recuerdo que el fin de semana iniciado el viernes trece de marzo del año dos mil veinte nadie presentía nada y la vida transcurría con las capeadas angustias que por costumbre ya hacen parte del día a día. Miré el reloj y eran casi las seis de la mañana. Me serví otra taza de café molido —del que siembran los campesinos sin tierra y perseguidos, allá escondidos en la sierra—, y apoyada en las manos di un salto desadornado de la habilidad que los años juveniles deparan. Me acomodé en el mesón de la cocina, frente a la amplia ventana de vidrio empolvado, para ver pasar el río Magdalena –lo que hago diariamente—, y, más allá, inmóvil, la línea ilimitada azul intenso del mar Caribe. Tomaba cada sorbo con calma, buscando un sabor nuevo, como hacen los catadores de vino. Ya el aroma era bien conocido, aunque siempre concluyo: ni es lo mismo ni es igual, todo está trenzado por los estados emocionales. “El café se bebe despacio, sentado y pensando en algo sin pensar…”, decía mamá niña, mi abuela materna. De tan finita estampa que cualquiera al verla no pensaba que, en ese pequeño y aparente frágil cuerpo, se guardaba una mujer de fuerte carácter, temperamento decidido y una fortaleza inquebrantable.

A esa hora parecía un parto del mar: iba apareciendo con timidez la calva redondez amarilla del sol, y su resplandor marcaba una ancha sombra iluminada sobre el agua del río. Lo purificaba. La mañana se colgó muy temprano del copito de los robles morados, que, sin afán, pero acosados por la brisa, soltaban los restos de flores que servían de alfombra a los transeúntes y hacía ver a los árboles, avergonzados de su desnudez. Sobre los almendros coposos, los pericos bulleros se confundían con el color de sus hojas. Su algarabía, hasta fastidiosa, ofendía los oídos y la fuga inesperada en nutridas bandadas remecían sus ramas y asustaban a los perros callejeros; que ya se apostaban en la esquina, siguiendo el olor del celo de una perra flaca. Se miraban con rabia y se pelaban los dientes, sin decidirse a montarla.

La mañana es un hormiguero. Gente caminando rápido quién sabe pensando en qué, buses a reventar, algunos viajaban de pesca y su cabeza descansaba con un golpe fuerte en la ventana del bus, que los regresa a la realidad; el grito de los carretilleros, el ruido ensordecedor sin origen conocido que se adueña de la ciudad y marchantes de la tercera juventud, que andaban con pasos añejos y sueños sudados y resoplando el aliento agrio y cansado, eran parte del paisaje. Los estudiantes se dirigían a la escuela a paso de flojera y guachafita, para encontrar el portón cerrado; la excusa perfecta para capar la primera hora de clases. ¡Todo el mundo sabía que era viernes! Apenas, hacía un poco más de quince días, había culminado el desorden mejor organizado y más famoso de Colombia y el mundo, y, todavía quedaban ganas que no se alcanzaron a complacer en los cuatro días con sus noches del carnaval de Barranquilla. El fin de semana dio para todo.

La noche del domingo quince de marzo los noctámbulos y gozones se recogieron. También se recogió la gente que no trasnocha. Los únicos que deambulaban sin fin ni destino, era ese invisible grupo de seres humanos, que no recuerdan quiénes son, ni adónde pertenecen, perdidos en la maraña de la desesperanza y el desprecio de quienes no conocen su historia. Ellos son gente de arena. En una terraza sin piso y cerramiento improvisado con material de reciclaje, hablando para ella sola, la abuela sentenció: “Mañana es otro día”; gritando los nombres en los que se confundía, y, echando por delante a los nietos; que de los tres golpes habían visto uno, pasado el mediodía, sin equilibradas porciones ni riqueza proteica, pero les sobraba aliento para poblar con risas y ocurrencias la esquina, exprimiendo la zurrapa del tiempo.

Dormida la noche con sus atolondres, su dureza florecida de espinas, se muerde la lengua y se estira y aúllan los perros. Late el capullo y enseguida es flor. Un recién nacido quiebra la quietud y desequilibra la redondez de la tierra; tal vez, ya sabe que llegó a la guerra, como dice Silvio Rodríguez en su canción. Y así, entre silencios, plumas, estrellas, luna, cristal, beso, cumbia. Lecho, música, basura, puente, pretil, bulla, tropel, esquina, gente. Drogas, tragos, puñalada, atraco, inocencia, grito, río, cucarachas, calles,semáforos, limosneros, desaparecidos, zombis, prostitutas, pelea, ratas, negocios, concesiones, corrupción y muerte; hasta que es madrugada; en medio de las piedras lapidarias y el crujir de dientes al pie de alguna fosa.

¡Madrugada que da paso al día…! No hay nada peor para un ser humano que desconocer lo que ocurrirá mientras duerme en la noche y lo que encontrará al despertar el día.

Amaneció el lunes dieciséis de marzo. ¡Igual que el viernes trece, qué soleado día...! Qué alegre cantar de pajarillos, los que se niegan a abandonar la ciudad y se arriesgan a volar cercano a las casas y edificios. A veces se estrellan contra estos. También hacen nidos — en estos tiempos—, de bolsas plásticas y algunas pajillas que se encuentran de pura chepa en los jardines. Las aves aprendieron a mentirse inventando nidos falsos. Unos días antes de esta fecha, en los medios televisivos nacionales que transmiten noticias del cercano extranjero y del mundo, mencionaban una palabra, hasta ese momento sacada de los vocablos cotidianos, de la que mi generación y la que me sucedió nunca habíamos usado: pandemia. Introdujeron con repitencia la palabra COVID combinada con el número 19; quedando completa: COVID-19 y le llamaban el virus o coronavirus.

A mí me pareció el nombre estrafalario de un nuevo grupo musical, integrado por muchachos y muchachas, que lucen tatuajes, aretes en los labios, en las cejas, en la punta de la nariz y lengua y otras partes del cuerpo; que seguramente venía a romper moldes y a imponerse a través de la promoción mercantilista, con sus nuevas creaciones cargadas de un lenguaje abundado en plebedades, dobles sentidos que desentonan con la decencia y hieren los oídos, carentes de mensajes, por lo menos para enamorar. Conversando sobre el tema del bicho cuyo nombre, empezaba a hacer parte de trato cotidiano, con un vecino pensionado, de prominente barriga cervecera, frente extendida hasta donde empieza la columna cervical y unos flequillos de plata a lado y lado de la cabeza y que, además, tiene la fortuna disfrutar de su tiempo de asueto permanente, a punta de p (periódico, pantaloneta y pantuflas), asiduo anotador de la bolita o chance, me dijo: “voy a buscar la forma de descifrar las letras y combinarlas con el número 19, a lo mejor me saco la bolita…”. Nunca le pregunté si lo logró. También mencionaban Wuhan, una lejana población de China; país del que tenemos solo el imaginario que es exótico y pujante, de cultura milenaria llena de secretos, donde al parecer se habría originado ese virus letal. Era llamativo ver multitudes, filas, grupos e individuos, transitando por las calles y en todas partes del mundo, con tapabocas puesto; accesorio que solo veíamos en los hospitales, clínicas o puestos de salud, cubriendo nariz y boca de los médicos y enfermeras.

La escuela tenía a la muchachada aún en sus aulas y nada parecía perturbar la alebrestada ingenuidad de los niños y niñas y la frescura de los adolescentes. Nadie sospechaba, que sería el último día de “hacer lo que quiero”. Los estudiantes estaban ahí, desbordados de vida. Para eso están: para saber vivir su tiempo, que no es otra cosa que caminar con desafiante desfachatez, imperturbable irreverencia, aire casi permanente de distraídos y por naturaleza despreocupados y tomar todo en juego. En resumen, viven cada uno de sus trechos con efervescencia, el camino a los sueños es cada momento, el sueño es el camino que transitan. Si hubiesen imaginado que sería la última gozadera en gallada, ¿qué hubieran deseado, querido hacer o preguntado?, ¿qué conversación hubiesen tenido con sus compañeros de clase o sus amigos y amigas? ¿Y qué del amor y los que eran novios? ¿Qué de lo que sigue sin ti?, ¿sin mí? ¿Que si soy gay y no saben en mi casa?, ¿Cómo te voy a extrañar sin decir nada? ¿Cómo soportar tu ausencia si la escuela era nuestro punto de encuentro?, ¿volveré a ver a mí maestra, que me ayuda a comprar los uniformes y libretas?, ¿qué almorzaré ahora? Y seguramente un montón de preguntas más.

El revuelo de que el gobierno había decidido cerrar las escuelas y cerrar el territorio cundió. Ya a medio día, la escuela era nada más una infinidad de invisibles huellas sin pies y un espacio vaciado de voces, lleno de viejos pupitres sin tibieza, que no curioseaban nada. No hubo tiempo para darse la mano y apretar el abrazo. Solo tomar los vetustos bolsos, mochilas raídas, maletines y morrales o el cuaderno arrugado y partir a casa. De prisa en los tableros, se escribieron mensajes de despedida, y las promesas de amor, el remedo de una cara, alguna palabra vulgar y corazones con nombres y una flecha atravesada; una flor grande llevada por una mano de trazos torcidos y en sus pétalos una interrogación… El país se sumaba al resto del mundo dominado por el miedo.

Los maestros y maestras no tuvieron tiempo de decirle a sus alumnos: hasta la vida siempre, cuídense, pronto nos vemos, ni tampoco darse un abrazo recíproco repleto de llanto. A la carrera, rectores y rectoras, se reúnen con sus docentes, para inventar salidas a “esta cosa que llegó de repente”. Todo fue confusión, incertidumbre y angustias. ¡La ciudad, la bullera, esa loca parrandera, la alegre, la manta que no respeta pinta, la de la escuela de la bacanería y cheveridad, la del cógela suave, la del ajá y qué?, la de la universidad de la vida, la del grito de cachón, la del echeee tú eres marica, la de pintarse de amarillo o rojiblanco en eliminatorias de futbol; se arropó desde sus cuatro costados con una sábana negra y se podía tocar el dolor. Nadie salía. Todavía no entiendo, qué razones llevó a la gente a comprar masivamente papel higiénico.

Nuevas palabras entran al listado diario: cuarentena, confinamiento, aislamiento, asintomático, mascarilla, intubar, distanciamiento social, cepa y la expresión “aplanar la curva”, que solo la entienden los epidemiólogos, se puso de moda. Y la reina que hasta el momento es de mayor vigencia: prueba del COVID y por último vacuna.

Enseguida, sin dar tregua, vino la muerte, que, sin escuchar rezos o pedidos de clemencia, se metió en las casas, con su largo y torcido garabato y cara de triunfo. No ha respetado pinta. Al principio, los celulares no cesaban de repicar, con llamadas o mensajes. Todos para avisar de la muerte de un amigo, amiga, familiar, colega, compañero, compañera, vecino. Después de tantas pérdidas de vidas, hubo y hasta hoy un mutismo, que causa inquietud, porque pareciera que los lazos de amistad y compañerismo se han roto por causa de la impotencia que da, no poder llorar a tantos muertos. No acompañar a su última morada a personas que nos regalaron tantas alegrías y nos hicieron gozar la tierra. Ver sus cuerpos envueltos, como un desagradable regalo, de forma tan irrespetuosa y burda, burlando su dignidad y sin tiempo de despedidas, es traumático. Ahora, cuando escribo este relato, caigo en la cuenta, que mi celular ni el número fijo, han repicado desde hace muchos días. Así, vienen hace meses. Es raro que me llamen. Si entra una llamada, una ansiedad me recorre todo el cuerpo. Debe ser una mala noticia. Yo tampoco llamo, porque el tema es el mismo: la muerte. Parece un pacto tácito. No me llames, no llamo.

No se alcanzan a traer a la memoria todos los nombres de tantos entrañables. Comprendo realmente La Peste, la novela de Albert Camus, aunque no comprendo esta peste y sus azotes. Tiene razón Camus cuando en su narración dice: “Las pestes y las guerras generalmente llegan cuando la gente está más desprevenida, esto es, cuando nadie está pensando en ellas”.

Así estábamos todos cuando la pandemia nos llegó sin aviso. Esto ha sido terrible. Ni en las peores pesadillas me encontré con algo tan aterrador. El martes dieciséis de marzo de 2021, hace un año, que la tragedia mundial nos dejó sin abrazos, los días se embalsamaron y encarceló el deseo irrefrenable de ser yo.

* Esta es la primera entrega de Relatos de la pandemia.

** A la memoria de todos los fallecidos, en especial a la de todos los amigos y amigas, colegas y compañeros, que se marcharon sin despedirnos, sin llorarlos lo suficiente y sin acompañarlos en el tránsito hacia la última morada. Beth.

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